
En el mundo, la violencia es una experiencia humana profunda y destructiva que va mucho más allá de una cifra o porcentaje y, se manifiesta de forma alarmante principalmente a través de guerras, agresiones en sus diferentes categorías, violaciones, violencia intrafamiliar, conflictos socio políticos, violencia de género, entre otros más.
La violencia y el abuso no son expresión o signo de fuerza, sino un reflejo del miedo, la inseguridad y la falta de dominio propio. Cuando alguien agrede, ataca a otra persona es porque la percibe indefensa, es porque su propia mente está desequilibrada, enferma, actuando por instintos básicos y una total falta de empatía.
Es el resultado de una mente desorganizada y demente, que no ha tomado responsabilidad por su propia experiencia interna. Para el abusador, agredir es «lo mejor que sabe hacer» según su bajo nivel de consciencia. Busca ejercer poder sobre el débil porque es su manera de intentar sentirse grandes o seguros, aunque sea de forma ilusoria.
Al no entender la vida como algo para elevar a los demás, opera bajo la ilusión de que el mundo funciona derrotando o desacreditando al prójimo y aprovechándose de quienes percibe vulnerables, esto implica tener una mente enferma.
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Reaccionar una violencia con otra violencia, no va a engendrar un tipo adecuado de sociedad.
La agresividad impulsada por la envidia es una consecuencia directa de la comparación constante y de un profundo sentimiento de insuficiencia interna. El complejo de superioridad (y el de inferioridad) son las dos caras de la misma moneda: el ego. No es más que una ilusión mental creada por compararse constantemente con los demás. surge fundamentalmente de la trampa de la comparación social y de juzgarse a uno mismo basándose en estándares externos. No es un defecto de naturaleza esencial, sino una construcción psicológica limitante.
En ese sentido, para no envenenar la propia vida con el resentimiento, es menester alejarse de dicha toxicidad.
A ello, sumar que el conflicto humano surge cuando nos aferramos a la idea de ser alguien o algo que el pensamiento ha fabricado (egolatrías, títulos, roles sociales, vínculos, contactos, creencias), alejándonos de nuestra realidad presente. Percibir la realidad con claridad, permite eliminar las falsas creencias.
Quién eres no está determinado por las opiniones de otras personas o, por la presencia de otras personas y tampoco por la fisicalidad o fisicidad (no está limitado al aspecto físico). Pero cuando eso, en la práctica, no ocurre en una persona, implica que ella está viviendo absurdamente una falsa identificación.
Es aquella falsa identificación, la que conlleva al sufrimiento, porque se empieza a luchar constantemente por ser algo distinto a lo que realmente somos. Cuando basamos nuestra identidad en la acumulación de experiencias pasadas o en proyecciones futuras, creamos una división entre el hecho (lo que eres) y la imagen (lo que crees o deseas ser). Esta contradicción constante es la fuente directa del desgaste y sufrimiento, por ende, se está en un estado alucinatorio, porque se vive atrapado en una construcción mental. Al identificarnos con objetos, ideas o roles ilusorios, el cerebro opera bajo identidades falsas o imaginadas en proyección del pasado (buscando seguridad, en lo que imagina, en lo que conoce, en base a lo que vivió antes, invirtiendo demasiado tiempo únicamente en la fisicidad de la vida, en sus límites físicos).
En lugar de observar la vida y a nosotros mismos tal cual somos, nos relacionamos con el mundo a través de un velo de conceptos inventados y/o impuestos, lo que nos impide percibir la realidad con claridad. Y en una versión más enferma (trastornada), es basar la identidad en un complejo de insuficiencia, donde perversamente buscará sentirse mejor a través del dominio de los demás (el querer poseer, la idea del poder de poseer, convirtiendo a otro ser humano, en un objeto, mercancía o negocio, pretendiendo subyugarlo, creando de esta manera, un mundo más enfermo).
Al comprender la totalidad de lo que somos en el presente, la mente deja de buscar seguridad en identidades falsas, alcanzando un estado de paz y claridad.
Con todo ello, no basta con crear leyes, decretos, firmas de acuerdos, o intentar frenar el conflicto afuera, por cuanto es indispensable calmar los fuegos internos. La única solución duradera es transformar la consciencia individual para que el ser humano deje de basar su identidad en el dominio de los demás. Es decir, es mediante la inversión de tiempo en la transformación del ser humano individual, es personal, no es algo instantáneo.
El mundo no mejorará, tan solo por salir a protestar por algunos días, meses o años. La transformación individual es crucial, para tener seres humanos conscientes e inclusivos (no limitados exclusivamente a su propia fisicidad, es menester invertir más allá de eso, incluyendo, conectando sin cálculos ni manipulación), caso contrario, siempre algo peor vendrá, pues no se acaba enjaulando o aniquilando al otro, eso es, pura reacción, no es solución.
Ciro Añez Núñez