Síntomas de un cáncer distinto


Por: Juan Javier Torres Goitia

Estoy consciente de que, siendo un cristiano de fe, juzgar al prójimo va en contra de los proverbios y de la sabiduría que nos inculcó Jesús: “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas a ver la viga que está en tu propio ojo?”, relata el Santo Libro. Si bien esta regla nos permite vivir en armonía y con la confianza de que el juicio final vendrá de nuestro Creador, hoy necesito darme licencia para romper esta sabia norma de vida.



La existencia de Evo Morales es un cáncer maligno en esta era de la República de Bolivia; una enfermedad que amenaza con matarla. Este cáncer se alimenta de recursos provenientes de los rincones más oscuros de la sociedad: la adicción a una sustancia consumida en círculos sociales opuestos a los de donde origina la materia prima. Discotecas, bares, playas, yates, bodas y oficinas en las metrópolis y destinos turísticos más extravagantes del mundo son los escenarios donde el frenético consumo de cocaína alimenta las arcas de la máquina criminal que comanda Morales.

La dicotomía de esta situación es aún más acentuada cuando se piensa en las víctimas: la gente que más sufre por la metástasis de este cáncer. Manipulados con financiamiento procedente de Morales para mantener sus tentáculos sobre la maquinaria narcótica en la que se ha convertido el Chapare, estas personas carecen de noción sobre el tipo de vida que llevan los consumidores del producto más codiciado de su autoproclamado líder. ¿Qué sabe un poncho rojo sobre los clubes en Ibiza, las discotecas del “Lower East Side” de Nueva York, o las fiestas en yates en la costa de Amalfi y las islas griegas? ¿Qué saben los dirigentes de la COB sobre la vida nocturna de Miami Beach o Tulum? Quizás lo sepan, pero no tengo dudas de que la gran mayoría de los consumidores de este producto no tienen el más mínimo conocimiento del sendero de lágrimas y sangre que dejó el gramo de cocaína que consumen mientras mojan sus labios con un delicioso champagne.

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El peonaje de las personas más vulnerables del país —disfrazadas bajo el nombre de “pueblo”, “compañeros” o “hermanos” en sus ya trillados discursos— para mantener un imperio del terror es lo que pone en evidencia la carencia absoluta de decencia, respeto y humildad en Morales. Las personas de fe deberíamos rezar por la salvación de su alma, ya que en vida esta parece estar podrida. No me cabe duda de que Evo Morales carece de cualquier práctica espiritual; no veo posible que alguien con un alma tan corrompida haya dejado espacio en su oscuro corazón para la hermosa humildad que conlleva tener fe en un ser superior. Quizás el tormento de vivir con tanta carroña por dentro sea el castigo divino que la carga, un calvario interno que quienes observamos su odio desde afuera no logramos ver. No sé si es ateo, agnóstico o simplemente un esclavo de su adicción al poder, pero la ausencia de conciencia espiritual es evidente. Sería justicia poética que, cuando llegue su muerte, sus restos alimenten a un árbol con el cual se impriman textos de fe y espiritualidad.

El conjunto de crímenes cometidos por este cáncer humano tiene lugar en lo más oscuro de la historia patria. El ya absurdo uso del “pueblo” y del indigenismo en sus discursos, carentes de elocuencia o estructura gramatical, deja un sinfín de huecos en sus argumentos. Claro está que, para liderar el crimen organizado de su régimen, pretender que exista sentido común, lógica, verdad o simple elocuencia resulta incongruente. Bolivia necesita hoy una precisa y fulminante quimioterapia para detener la metástasis de Morales.

El escrutinio al actual gobierno es un deber y obligación de todos los ciudadanos. Debemos cuestionar la administración pública dentro de un marco legal y a través de instituciones que se adhieran al “libro de reglas” que rige al país mediante la hoy mermada Constitución Política del Estado. Lo que representa Morales sale de todo marco legal, constitucional o lógico, y debe ser tratado como tal. Este criminal debería haber perdido hace muchos años la libertad de tener una plataforma para difundir sus mentiras e incongruencias. Sus múltiples acusaciones por abusos a menores de edad y sus violaciones al Estado boliviano tienen que ser penadas con el peso entero de la ley, y su libertad para sembrar odio y manipulaciones debe ser cortada.

Escobar, Guzmán y muchos otros cabezas de carteles cayeron. Si la actual administración del Estado no puede terminar con el aparato criminal de Morales, cabe cuestionar: ¿existe complicidad? Solo el tiempo lo dirá. Pero lo que está claro es que el sufrido ciudadano boliviano se está quedando sin tiempo y sin esperanza ante una estrangulación completa proveniente del lugar más oscuro de su historia: el cáncer de Morales.

Juan Javier Torres Goitia es boliviano, ingeniero civil profesional y reside en los Estados Unidos.