Sin llegar al extremo de hurgar en el “Temor y temblor” del Soren Kierkegaard que alguna vez leyera en mis años mozos, en el palio de incertidumbre rayano en tembladera que vive el país antes de las elecciones de diciembre 2009, que contrapuntean a la polvorienta sequía y al calentamiento global volviendo tórrido al otrora templado valle en que vivo, quería alejarme de temas que pudieran censurar noveles comisarios políticos de la prensa, o subir la presión arterial de los que temen perder su pega, o provocar agresiones de gamberros oficialistas.
Inspiración no me falta. Cada vez que leo la prensa mi musa teje telarañas primorosas de frases ocurrentes con palabras certeras. Ejemplo, el suplemento sabatino del New York Times. Apropiado título, “Afectados por una época sombría”, enfoca las consecuencias psicológicas del desempleo de los padres en los hijos. En nuestra parte del mundo, seguro estoy de los efectos perniciosos del abandono de los hijos por padres migrantes. ¿Qué relación hay entre el incremento de la criminalidad juvenil y el desempleo que llevó a los progenitores lejos del proyecto inconcluso de personas que son los vástagos?
Otro artículo: “Ahora, mexicanos envían remesas al Norte”, documenta el fenómeno de que en vez de recibir remesas de familiares que están de ilegales en el país más rico del mundo, con la crisis algunas familias pobres reúnen lo que pueden para ayudar a sus seres queridos sin empleo en Estados Unidos. Me hizo especular sobre la relación entre el narcotráfico y las comunidades migrantes, digamos, en Argentina. Si la “democratización” del negocio de la cocaína vincula a clanes familiares que cultivan coca en Chapare y fabrican pichicata en el Valle Alto, ¿qué los separa de completar la cadena con el eslabón de su comercio a través de algún familiar o conocido en Buenos Aires?
Pero un noticiero televisivo disparó el tema de hoy. Mostraba uno de recurrentes rituales públicos en la democracia de plazuela en que nos tiene el partido de gobierno, con música andina y baile triunfalista de por medio, que hacía hincapié en la autonomía que brindará el nuevo salvador de la patria, máximo líder de los cocaleros, Presidente de la república (o debo decir, del Estado Plurinacional de Bolivia) y candidato en campaña al mismo tiempo.
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Días antes mi amigo Juan Carlos Urenda me había enviado dos de sus libros. El uno, “El sueño imperturbable”, trata sobre el largo proceso autonómico que ganara una importante batalla en la aprobación de los estatutos autonómicos de Beni, Pando, Santa Cruz y Tarija. Obligó al partido de gobierno a incluir un régimen de autonomías departamentales, municipales e indígenas en la nueva Constitución, una desde ya deslegitimada por su concepción y parición.
Una estructura autonómica de apariencia vanguardista entre las naciones unitarias del continente, se desnaturalizó por la distribución desigual de competencias constitucionales, que es “absolutamente desproporcionada a favor del Nivel Central del Estado”, y “conduce a la anulación del modelo autonómico y a la consolidación de un Estado centralista en extremo”. Inteligencia propositiva la de Urenda, plantea el desafío de “modificar la relación de competencias del régimen de autonomías de la Constitución vigente”.
El régimen de Evo Morales evoca al símil de gorriones que roban la casa a laboriosos horneros, al apropiarse la bandera de la autonomía para disfrazar su carácter centralista. Es obvio el contrasentido entre un gobierno de hegemonía centralista, y un proceso autonómico en pos de progresar llevando los recursos financieros y la gestión administrativa a las regiones. No es lo mismo la autonomía departamental, que la inefectiva autonomía étnica y cantonalista del dividir para reinar de este gobierno.
Me impactó la segunda obra de Juan Carlos Urenda, “El Estado catoblepas”, rebuscamiento que ahuyenta al lector hasta que se relaciona su estudio didáctico sobre la Constitución de La Calancha, con el catoblepas, un mítico animal –cruce de búfalo negro con cabeza de cerdo colgando cerca del suelo- que se devora a sí mismo.
La Carta Magna que raya la cancha del destino de Bolivia, “contiene en sí el germen de su propia inviabilidad, expresada en cinco grandes contradicciones: (i) el principio de igualdad vulnerado por el racismo expreso que impregna su texto; (ii) el sistema democrático erosionado por el control social tipo fascista; (iii) el régimen de autonomías departamentales anulado por un sistema competencial torpemente centralizado; (iv) el desarrollo económico limitado por la tendencia al estatismo comunitarista y un régimen de inversiones sobre recursos naturales absolutamente desalentador; (v) la justicia como función esencial del Estado, que tiene en la justicia comunitaria el germen de un mar de injusticias”. Asuman esas verdades los electores de una clase media a veces complaciente, a la que pertenecen los otrora satanizados matones unionistas que han volcado la gorra, ¿o es simple cuestión de talegazos y oportunismo en todos?
Confieso que el miedo y la incertidumbre también me atenazan. Es cuestión de tiempo que el remedo boliviano de Hugo Chávez cope los medios de comunicación, haciendo engañoso y estresante el devenir de la libertad de expresión. Entonces publicaré un par de antologías y terminaré al fin una novela que me atormenta, me consuelo. Pero a días de reafirmar mi vejez con el inicio del segundo lustro de mi sexta década, reafirmo mi convicción de que el grillo muere cantando. Y me conforta la voz de Mercedes Sosa con las bellas estrofas de Violeta Parra: “y este canto mío, que es el mismo canto, y el canto de todos que es mi propio canto”. Recomiendo leer a Juan Carlos Urenda para no perder el norte en la brújula de la libertad.