Mauricio tiene 27 años, no es alto ni bajo, de hecho tiene una estatura promedio, que rodea los 1,70 metros. Lleva puestos un short y una musculosa, pues el calor en la ciudad de Tarija llega a los 35 grados centígrados.Atento y alegre, como la mayoría de los jóvenes, cumple por un momento la función de anfitrión en el hogar “La Colmena”; sin embargo, ante todo pronóstico, es uno más del grupo de personas que luchan contra el alcoholismo en la “Chura Tarija”.No nació en esta tierra pero llegó hace tres años de La Paz, dispuesto a morir bebiendo. Afortunadamente para él su vida tomó otro rumbo y está casi dos años sin beber una gota de alcohol.“Yo soy un enfermo alcohólico. He venido al igual que todos buscando ayuda, pues llega un punto en la vida en el que esta situación del consumo de alcohol ya no se puede manejar”, afirma y añade que le ha costado mucho entender eso y llegar a pedir ayuda, porque antes de venir acá tuve otro tipo de experiencias que le trajeron mucho dolor.El origenPese a haber tenido una familia prácticamente normal, con un padre, una madre y cinco hermanas, Mauricio nunca estuvo plenamente feliz, debido a que creció con ciertos complejos y traumas en su vida, mismos que a medida que crecía lo destrozaban.“Esto del alcoholismo es un tema muy complejo y amplio. Nos vamos formando desde muy pequeños, pues crecemos con ciertas actitudes heredadas que vamos adquiriendo. Entonces se puede decir que las circunstancias y mi vivencia han hecho que yo busque un refugio en el alcohol”, dice al aclarar que está consciente que los problemas que él tuvo no causaron el mismo efecto en otras personas.Recuerda que sus padres bebían ocasionalmente y resalta que ellos no eran alcohólicos; sin embargo asegura que el verlos tomar cuando él era un niño, hizo que le despertara un deseo y una curiosidad de saber qué se siente tomar.“Recuerdo que la primera vez que tomé fue después de un farra de mi papá con sus amigos y la familia. Yo veía los residuos de la cerveza y los puse en un vaso, me los tome como soda y no me acuerdo más. Eso fue a mis 8 ó 9 años”, revela.Lo que más le gustó de esa experiencia fue la sensación de poder, de tranquilidad, de seguridad y de sentirse diferente. Sin embargo, tuvieron que pasar muchos más años para que comience a beber regularmente.De hecho, asegura que cuando era niño sentía repudio por la bebida, ya que veía en casa cómo su padre se descontrolaba, actuaba en ocasiones de manera irracional y hasta ejercía violencia psicológica y física contra su madre.Sin embargo, cuando cursaba segundo medio su padre falleció. Como era el único hombre del hogar se vio inclinado a no mostrar debilidad, pero tampoco sentía tristeza ya que tenía presente en el recuerdo cómo trataba su papá a su madre.Lo que sí, cuando falleció su padre él se sentía libre e inquieto, tanto que perdió el año y comenzó a asistir a fiestas y eventos sociales. Ahí, de manera ocasional ya bebía, pues era el ingrediente que necesitaba para sentirse diferente y perder el temor de hablar con alguna chicaReconoce que ese fue el inicio de su enfermedad pues, de ahí en adelante, la cantidad de veces que tomaba, la frecuencia y el tiempo que lo hacía empezaron a prolongarse cuando ingresó a la universidad.AlcohólicoMauricio recuerda que uno de sus anhelos de niño era ser militar; sin embargo no pudo cumplir su sueño y al terminar la secundaria ingresó a la universidad para estudiar la carrera de Psicomotricidad, Salud y Deportes, misma que sólo llegó a cursar hasta su segundo año, debido a sus problemas con el alcohol.“Primero eran los fines de semana, después era cualquier día normal, un lunes, un martes y bueno, no me importaban muchas cosas. Así que dejé la carrera porque me faltaba mucho y ya no podía aprobar el semestre”, relata.Tras su abandono a los estudios empezó a trabajar como taxista conduciendo el auto de su madre. Le gustaba hacerlo en horas de la madrugada porque era el horario oportuno para poder beber.Sin embargo, esa actividad pudo realizarla sólo por un tiempo, puesto que un día en el que se recogía después de una noche de trabajo y juerga, en la subida a la ciudad de El Alto, atropelló a un niño de 12 años.“A mí me quitaron la licencia de manera indefinida por conducir en estado de ebriedad y por atropellar a un niño. Me detuvieron y si el caso no se arreglaba yo tenía que ir a San Pedro (cárcel). Gracias a Dios mi familia pudo llegar a un acuerdo con el afectado, se hizo la intervención que se tenía que hacer y después de eso pude salir”, cuenta.Pero esa no fue la única mala experiencia que tuvo, de hecho, le pasaron una infinidad de situaciones complejas a él y a su familia.Otra de sus anécdotas fue cuando se recogía de una “farra” con un amigo, en la ciudad de El Alto y se dirigían a la ciudad de La Paz. Era también de madrugada y habían agarrado un trufi para bajar a la ciudad, se habían quedado dormidos y cuando les cobraron el pasaje ellos no atinaban a responder.Mauricio recibió de repente un golpe en el rostro y vio cómo los empezaron a golpear. Él pudo salir del vehículo pero su amigo seguía adentro, así que en el afán de ayudarlo agarró una piedra y la tiró, rompiendo el vidrio de la parte trasera del vehículo.Eso bastó para que el chofer y sus amigos se bajen del motorizado y le den una golpiza tal, que prácticamente lo dejó inconsciente. Su cuerpo fue echado a una quebrada, su cabeza golpeó en una piedra, se abrió y sangraba a montones, su brazo se había roto y sólo una señora y un señor atinaron a levantarlo y subirlo a un taxi para que se aleje del lugar.Empero, la experiencia que más le tocó fue el darse cuenta que algo andaba mal y que necesitaba ayuda. Esto sucedió una semana antes de navidad. Él empezó a beber durante cinco días continuos. Se le había cerrado la garganta un día antes de las fiestas de fin de año, por lo que ese día paró con la bebida. Molesto con su problema de salud empezó a tomar pastillas en el afán de curarse.“Recuerdo que el 24, en la Noche Buena, mi familia estaba cocinando un pavo y un rato de esos, después de tomar mucha agua para que se me pase el dolor, sentí deseos de vomitar y vi que empezaba a salir una flema de sangre, pero después salía más y más sangre, tanto que llené casi medio balde. Mi familia se asustó y me llevaron de emergencia a la clínica, donde me hicieron una endoscopía y según los doctores, un milagro me salvó”, dice.Asegura que esa experiencia fue una de las más amargas, pues arruinó la Navidad a su familia. Así que al salir de la clínica se prometió que no iba a beber más. Pero no pudo cumplir lo prometido y dos semanas después de eso, por motivo de sus cumpleaños, volvió a tomar junto a sus amigos durante otros tres días consecutivos.Aquella acción decepcionó tanto a su familia y a él que cuando se recuperó de la farra reconoció que tenía problemas con el alcohol y que si debía morir bebiendo, lo iba a hacer pero lejos de su familia para que no sufra. Les comunicó su decisión y aunque no estaban ellos de acuerdo, al final la aceptaron.En Tarija, su salvaciónDespués de decidir salir de La Paz para irse a Tarija, sin conocer a nadie en esta ciudad, su hermana lo puso en contacto con un amigo para que le ayude a establecerse. Sin embargo, como aquella persona no sabía nada de su estado y problemas con el alcohol, cuando Mauricio llegó salieron a comer, tomaron un par de vinos que después se prolongaron hasta por casi una semana.Sin dinero y sin hogar, el amigo de su hermana lo alojó durante casi un mes hasta que Mauricio pudo juntar dinero para alquilarse un cuarto. Para eso, trabajó de guardia de seguridad y hasta de albañil, pero como no podía con su problema, la dueña del cuarto en el que se alojaba finalmente le pidió que desaloje el lugar.Su madre, enterada de la situación, llegó hasta Tarija para ayudar a su hijo. Ella no conocía la ciudad, pero cuando arribó, agarró un taxi que casualmente era el mismo que lo había dejado a Mauricio en un karaoke, por lo que lo llevó al lugar exacto donde él se encontraba.Madre e hijo se reencontraron, dialogaron y después fueron juntos a buscar ayuda al Instituto de Prevención, Tratamiento, Rehabilitación e Investigación de Drogodependencias y Salud Mental (Intraid). Ahí le pidieron a Mauricio que antes de ser internado, realice un tratamiento, el cual no estuvo de acuerdo en seguir.Tras esto, le sugirieron visitar el hogar de la comunidad de San Mateo, donde fue recibido, estuvo cinco meses, pensó que se había curado y cuando salió por su propia voluntad del lugar, recayó. Aquella fue la gota que rebasó el vaso, debido a que al ver eso, Mauricio dijo que no podía seguir así y volvió a “La Colmena” a pedir ayuda nuevamente.Desde ese entonces (2014), Mauricio lleva casi dos años sin tomar una gota de alcohol y está feliz de haber logrado esto. Atribuye todo eso a la obra y gracia de Dios y está seguro que si no hubiera tomado la decisión de venir a Tarija, aquello nunca habría ocurrido.EL PAÍS EN / TARIJA / ARTURO FERNÁNDEZ C.