La arrogancia de Evo

- Opinión

Edson Sombra

SOMBRA Si se confirma la información divulgada por el periódico Valor de que Bolivia negó el salvoconducto al senador de oposición Roger Pinto Molina, que se refugió en la embajada brasileña en La Paz hace 53 días y después recibió asilo político, la presidenta Dilma Rousseff estará frente a un problema diplomático no menos espinoso, en el plano bilateral, que el provocado por su decisión de considerar una “ruptura del orden democrático” al impeachment del presidente paraguayo Fernando Lugo y de promover la suspensión de su país del Mercosur…

La diferencia es que, en el caso boliviano, la posición de Brasil es inatacable. De un lado, porque es coherente con la antigua tradición de Itamaratí, compartida ampliamente en América Latina, de dar abrigo a figuras públicas en situación de riesgo en los respectivos países, cualquiera que sean sus posiciones políticas o ideológicas. De otro lado, porque las imputaciones hechas al asilado –que detenta un cargo electivo, en el ejercicio de su mandato- configuran un caso patente de persecución política.

Es práctica recurrente de los regímenes alineados con el autócrata venezolano Hugo Chávez, como el de Evo Morales en Bolivia o el de Rafael Correa en Ecuador, fabricar contra sus desafectos denuncias de crímenes comunes para dar un barniz de legalidad a las represalias por sus actitudes políticamente inconvenientes.

La intimidación del senador Pinto Molina se tradujo en más de 20 acciones judiciales, instauradas, no por casualidad, después de que él apuntó a miembros del gobierno de La Paz por presunta corrupción y vínculos con el narcotráfico. Acto seguido, el senador resolvió golpear las puertas de la representación brasileña.

Lo que enfureció especialmente a Morales fue la iniciativa de Pinto Molina de entregarle al gobierno un informe policial que implica al colaborador más próximo del presidente, Juan Ramón Quintana, quien ejerce en el Palacio Quemado un cargo equivalente al de ministro-jefe de la Casa Civil de Planalto. Según los documentos citados por la revista Veja, en noviembre de 2010, cuando dirigía la agencia boliviana para el desarrollo regional, Quintana fue visto entrando en la casa del brasileño Maximiliano Dorado Munhoz Filho, en Santa Cruz de la Sierra. Lo acompañaba la ex miss Bolivia Jéssica Jordan, también ocupante de un cargo público.

Maximiliano, o Max, como es llamado, se había fugado años antes de la prisión en Rondonia donde cumplía pena por tráfico de cocaína. Se instaló -cómodamente, se podría decir- en la Bolivia del líder cocalero Evo Morales. Veinte minutos después de que Max les abriera las puertas, Quintana y Jéssica salieron cargando dos maletas. Pasados dos meses, el anfitrión fue recapturado y transferido a una prisión de máxima seguridad en Paraná. No se sabe qué contenían las maletas. Tampoco se sabe si Morales, personalmente, tiene parte en el narcotráfico. Pero la saña con que embistió contra Pinto Molina autoriza toda suerte de hipótesis.

Ahora, la negativa del bolivariano a permitir que el senador deje en seguridad la embajada brasileña para venir a Brasil representa una provocación nacida de la arrogancia. Morales fue mal acostumbrado por la pasividad del entonces presidente Lula durante la ocupación de una refinería de Petrobras por fuerzas del ejército boliviano, en mayo de 2006, poco después de la nacionalización del sector del petróleo y gas en Bolivia. Morales puede pensar que Dilma Rousseff aceptará con la misma mansedumbre de su antecesor el nuevo acto inamistoso contra Brasil. Si acepta será una sorpresa, y no sólo por una cuestión de estilo, temperamento o sentido del agravio.

Descartada, por impensable, la anulación del asilo a Pinto Molina, sería un vejamen para el gobierno brasileño, en este comienzo del siglo XXI, tolerar que se reproduzca la situación humillante vivida por Colombia entre 1949 y 1954. Durante esos cinco años permaneció asilado en su embajada en Lima el legendario pensador y político peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), perseguido por el entonces dictador Manuel Odría. Sólo después de presiones internacionales, en las que participó nada menos que el físico Albert Einstein, Odría autorizó a Haya a salir del país.

Estadão.com – Brasil

Traducción: eju

Link a la nota original