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Estado confesional andino

José Gramunt

gramunt A don Evo y a quienes organizan los cultos faraónicos de proclamación de guía espiritual de los pueblos originarios, y más tarde montan un escenario melodramático y descolonizador, en donde se combinan ritos de nueva creación con pretensiones de precolombinos, con bodas colectivas de 355 contrayentes, además de una representación de la historia colonial falseada, los obispos no les resultan muy simpáticos, a pesar de que, más de una vez recibió la protección de la Iglesia en momentos turbulentos. Tampoco le resulta simpática la Central Obrera Boliviana. Pero ésta es la idea que don Evo tiene de ejercer el poder sobre todo lo que se mueve.

Sin necesidad de ser experto en campañas electorales, pero sí lo suficientemente viejo para intuir que éstas y otras pataditas que don Evo y alguno de los suyos propinan a los obispos o a los sacerdotes se traducirá en tantos votos que pierda el MAS, multiplicados por el número de ciudadanos que se confiesan católicos y otros a quienes les desagradan los tragacuras. Esto no significa que los católicos desestimen las viejas tradiciones ancestrales, aunque no crean en su valor religioso.

Lo que irrita a gente que actúa por razón y no por consigna del “gran hermano” es que, una vez que la Constitución de la Glorieta fue promulgada y el Estado declarado laico, nos vengan ahora con ceremoniales seudoreligiosos elaborados en las sacristías cósmicas altoperuanas. Cualquier ciudadano común sabe que un Estado laico es el que no profesa ni privilegia a ninguna confesión religiosa, pero que tampoco arrincona a una para exaltar a otra. El laico es la diferencia en lo que corresponde al Estado y lo que pertenece a la Iglesia. Lo chocante que se repite en el Estado plurinacional. Laico es que su Presidente y sus monaguillos se empeñan en lo que llaman descolonizarnos. Pero que no vengan luego a recolonizarnos, embutiéndonos en nuestros usos y costumbres parodias religiosas fabricadas al gusto del Estado confesional andino.

Pues bien y en vista de los silencios de tantos devotos de San Nicómedes ni Bebedes, patronos de las chicherías, (perdón por la media irreverencia) me acojo a las valientes palabras del cardenal Julio Terrazas sobre el proclamar la fe que profesamos o el encerrarla en el cuarto de los trastos viejos. El insigne prelado, en su homilía predicada el pasado domingo en la catedral de Cochabamba, nos recordaba que la misión de la Iglesia es precisamente: “salir a evangelizar, escuchar, aprender y anunciar el verdadero mensaje”. Pero, al mismo tiempo, recordaba, “sería triste una Iglesia que, teniendo la palabra, prefiera los silencios; una Iglesia que teniendo que hablar con valentía prefiera ocultarse en sus templos y en sus casas”. No, no desea el Cardenal —ni el que esto escribe— que las autoridades públicas hagan la apariencia de ser fieles creyentes, si no lo son. Que se queden en sus despachos trabajando por la justicia y el bien común, que construyan puentes, carreteras y hospitales, que multipliquen las actividades productivas multiplicadoras de puestos de trabajo. Y que velen por la honradez de sus funcionarios y por la seguridad ciudadana. Ignoro el contenido del documento episcopal que los obispos emitirán al terminar su asamblea anual en Cochabamba. Pero estoy seguro que no me desmentirán.

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ANF

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