Carta Democrática: décimo aniversario


Marcelo Ostria Trigo

MarceloOstriaTrigo_thumb1 Hace unos días, en la ciudad de Valparaíso (Chile), se recordó el décimo aniversario de la firma de la Carta Democrática Interamericana (CDI). Hubo discursos exaltando el notable conjunto de principios de la democracia que contiene el celebrado texto, junto a una porfiada insistencia en exhibir la efectividad de los mecanismos establecidos para evitar y enfrentar los intentos de golpes de Estado y, por supuesto, los casos en que los gobiernos, una vez elegidos por los ciudadanos, se apartan de la institucionalidad democrática.

“La Carta Democrática trasciende la idea de democracia electoral e incorpora no solo el origen democrático del poder, sino también su ejercicio. Democracia no solo significa ser elegido democráticamente, sino también gobernar democráticamente y con respeto de los derechos de todos”. Cierto; bien dicho. No habría nada que agregar si no fuera que quien lo dijo es el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), que se desentendió de las conductas dictatoriales que prevalecieron –y que aún prevalecen– en ciertos países, y volcó la vista ante evidentes casos de violaciones de las libertades democráticas y de los derechos ciudadanos.



Pero si de incongruencias se trata, hay otra notoria: el apoyo militante del secretario general de la OEA en favor del levantamiento de la exclusión de la Cuba castrista del sistema interamericano, sin tomar en cuenta que la Carta reconoce, como elementos esenciales de la democracia, “la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas y la separación e independencia de los poderes públicos” (art. 2). Además se afirma que “el fortalecimiento de los partidos y de otras organizaciones políticas es prioritario para la democracia” y que un componente fundamental de la democracia es “…la libertad de expresión y de prensa” (art. 4).

La CDI que ahora exalta el secretario general de la OEA lo obligaba a refrenar sus impulsos, pero pudo más alguna tendencia oculta. En verdad, en Cuba, no hay –y no habrá mientras dure la dictadura castrista– un régimen plural de partidos ni separación de los poderes del Estado, ni libertad de expresión y de prensa ni vigencia de los derechos humanos.

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Se dirá que la CDI fue puesta en funcionamiento en el caso de Honduras. Pero no se dice que el presidente ‘Mel’ Zelaya, inspirado en el régimen ‘bolivariano’ de Hugo Chávez, intentó forzar el cambio de la Constitución hondureña para hacerse reelegir y eternizarse en el poder. Entonces debió actuar la Secretaría General, alertando a los países miembros de la OEA sobre este apresto antidemocrático. Si se hubiera puesto en funcionamiento el mecanismo de la Carta, quizá no se habría tenido que lamentar un cambio de Gobierno por la fuerza.

Cuando se aprobó la CDI la situación de la democracia en el hemisferio había mejorado. Incluso el régimen venezolano de Hugo Chávez la respaldó. Pero, ¿es posible, ahora, afirmar que en toda América se acepta la pluralidad de partidos políticos, la libertad de expresión y de prensa y la separación de los poderes del Estado? No. El panorama ha cambiado y los valores y principios democráticos no están vigentes en varios países. Los populistas están empeñados en sojuzgar y en eternizarse en el poder.

¿Mejorar los mecanismos de la Carta? Sí. Para cumplirla sin exclusiones, sin actitudes sectarias, sin intereses espurios.