Gabriel Chávez C.
Atenas, Roma, Bizancio, París: no más allá de sus grandezas y miserias, sino por ellas mismas, fueron alguna vez puntos de convergencia de todos los caminos, ombligos del mandala, capitales de un mundo. Hoy, revestidas de una pátina de historia, de muchas historias allí vividas y escanciadas, sólo perduran céntricas en el deseo y la memoria.
Entre modelos Ford T y esos bailes que sólo imaginamos en escala de grises, la ciudad a orillas del Hudson tomó su relevo hace apenas un siglo. Y allí, en la isla de Manhattan “de rostro soberbio y un millón de pies”, un oscuro papelista, Whitman, hinchó el tórax, saludó al mundo y se cantó a sí mismo: gesto inaugural de un reinado citadino que hasta sedujo a Maiacowski, Martí y Lorca, enamorado cada cual de su porción de Itaca.
Maiacowski, que al llegar a New York había extraído del bolsillo de sus enormes pantalones el pasaporte soviético -esa “bomba”, ese “erizo”, esa “navaja afilada”-, al poco tiempo declaraba estupefacto: “Miro el puente de Brooklyn como mira un tren por primera vez un esquimal. (…) Tan sólo con este puente, el arqueólogo de los siglos futuros podría reconstruir los días actuales”.
“Aquí estuvo Vladimiro Maiacowski”: eso quiso el ruso que quedara escrito e impreso como testimonio de su paso por la Ciudad Nueva. No había podido resistir al adormecedor embrujo de la respiración del monstruo, a su canción de cuna que también le cambió la voz a Lorca, que la hizo por una vez estentórea, fuerte, lacerada, y le procreó un libro, Poeta en Nueva York, lleno de olor a puerto.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Medio siglo después, Enrique Lihn recibiría en esas calles una iluminación adversa: si los poetas que lo precedieron creyeron sentirse ciudadanos del mundo al tocar New York, Lihn se supo abrumado por su provincianismo y confesó increíble: “Nunca salí del horroroso Chile (…) Nunca salí de nada.”
Más tarde apuntaría, menos entusiasmado, que “Manhattan en sí misma carece de realidad”, que “aquí también en un cierto sentido / no pasa nada”. Pero al titular el libro de esa época de viajes, lo llamó A partir de Manhattan, poniendo una piedra miliaria, un año cero, en su obra poética.
New York, New York: el de la canción inevitable, el París y el Bizancio en celuloide. Jamás Atenas ni Roma, es cierto; si acaso, Babilonia: así lo quieren ahora los exégetas de cierto célebre profeta con apellido de catedral francesa.
Hace diez años herida en sus vértices, en sus dos torres/antenas tendidas al mundo como símbolo y como signo y desplomadas luego, entre sangre y polvo y emanaciones tóxicas, dejando un vacío ominosamente difícil de colmar, la New York mítica que proyectó la 20th Century Fox parece ir quedando definitivamente confundida en la memoria con ese siglo ya muerto, siendo de algún modo su emblema. ¿A qué ciudad habremos de cantarle los hijos e hijas del siglo XXI -“como mira un tren por primera vez un esquimal”- si la N.Y. de Whitman, Maiacowski, Martí y Lorca (y por supuesto Scorsese, Woody Allen y tantos otros film makers) ahora va convirtiéndose de a poco en un entonces?
Página Siete – La Paz