Para que las cosas cambien…

Gary Rodríguez*

GARY R ¿No siente Ud. a estas alturas de su vida un cierto hastío, con tanto conflicto que una y otra vez (de forma inmisericorde) se repite en Bolivia, algunas veces con mayor o menor intensidad, con mucha o ninguna justificación? Paros, huelgas, bloqueos, marchas, disturbios, manifestaciones y dinamitazos son modalidades cotidianas de expresión de variados estratos de la ciudadanía, reclamando cada quien por sus intereses o aspiraciones.

No importa si el reclamo de una reivindicación o derecho perjudica a otros ciudadanos o al país, aunque a veces parecería más bien que el éxito de tales iniciativas se mide por el efectivo perjuicio que se pueda realizar: “el paro fue contundente” significaría, por ejemplo, que Bolivia perdió decenas de millones de dólares por no trabajar un día.



Bajo tal razonamiento parecería también que las expresiones pacíficas y de resistencia civil practicadas en países más desarrollados no son las preferidas por estos lados, porque casi se ha “institucionalizado” el hecho de que, para ser escuchado, se debe hacer daño a alguien (insultar, agredir, bloquear, perjudicar), a algo (pintarrajear, destruir) o infringirse un daño a sí mismo (crucifixión, huelga de hambre, entierro, labios cosidos), aunque hay pocas excepciones de protestas pacíficas que funcionaron, una de ellas recientemente.

La explicación pesimista para muchos, sobre la conflictividad en el país, es que “Bolivia no termina de hacerse”, “el país es ingobernable”, “es un país inviable”, y hasta hay quienes opinan que el conflicto es intrínseco a la naturaleza misma del boliviano, y ¡se cuentan chistes atribuyéndole a Dios tal defecto! (cuando en verdad el conflicto tiene que ver con la dureza del corazón del hombre).

En todo caso, del por qué hay conflictos en el país parece no salvarse nadie; unos, por haber hecho mal las cosas en el pasado (mediato o no) y otros, porque pudiendo haberlas hecho bien, ni siquiera lo intentaron. De ahí, el célebre pensamiento de que, “Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada” (Edmund Burke).

Pero, ¿qué es lo que origina un conflicto? ¿Por qué sale la gente a las calles? ¿Qué motiva a alguien a arriesgar su salud o su vida para expresarse así? Las causas pueden ser diversas, pero no temo equivocarme cuando digo que una de las principales tiene que ver con la calidad de vida de tales personas. Nadie sale a reclamar, sabiendo que puede ser víctima de la violencia, si tiene lo suficiente para vivir dignamente. Probablemente es por eso que aparecen cada vez más movimientos de “indignados” en todo el mundo, integrados por ciudadanos que se vuelcan pacíficamente a las calles —conscientes de que pueden ser apaleados por la Policía— cansados de la mala gestión de sus gobernantes o del sistema político que complican su presente y su futuro.

En lo que hace a Bolivia, la pobreza resulta un caldo de cultivo para el conflicto, pues todos los gobiernos fracasaron en luchar contra ella. La buena intención de abatirla —si es que la tuvieron— fue insuficiente. Por eso es que en el país hubo dolor, hay dolor y habrá más dolor si no se cambia, para hacer bien las cosas. El cómo hacerlo está en discusión.

Para algunos, el fin justifica los medios. ¿Sin importar las consecuencias? De ninguna manera. ¡Sólo el amor, el perdón, la justicia y la solidaridad serán el medio idóneo para un cambio verdadero, lo que requerirá que gobernantes y gobernados amemos y obedezcamos a Dios!

*Economista y gerente general del IBCE

La Razón – La Paz