La abuela y el viejo caserón

manfred-2Manfredo KempffNo sé cuándo mi abuelo Virgilio mandaría construir el caserón de la calle Arenales, pero ahí nacieron por lo menos una buena parte de sus diez hijos y de los nietos que tuvo con mi abuela Rogelia Montero Aguilera. Una vez que enviudó mi abuelita todavía joven, pasado el tiempo de duelo que se respetaba sagradamente, casó con mi otro abuelo, el «taita» Mariano Justiniano Ruíz, con quien tuvo dos hijos más. Nada menos que una docena alumbró esta hermosa señora, bella y robusta, que en un día como hoy cumpliría mucho más de 100 años de alegría y sacrifico, aunque jamás de soledad. ¿Cómo podría padecer soledad una mujer con doce hijos y con un montón de nietos que la amaban? ¿Qué soledad podía tener una matrona que todos los días recibía en su mesa a tantos vástagos y que a la hora del cafecito su comedor se atestaba, además, con los nietos, ávidos de tortillas, cuñapés, masaco y pan de arroz?Pues de ese viejo taperón es muy poco lo que puedo recordar porque, con la modernidad que traen los nuevos tiempos, tumbaron sus horcones callejeros, arrasaron con su primer patio enladrillado lleno de plantas, de hormas de barro para recibir aguaceros, de un aljibe central, y desaparecieron las tejas viejas pobladas de pitajayas rojas, musgo, y de chupacotos correteando por las paredes. A la entrada había un recibo abierto y amplio, en forma circular, con hamacas siempre tendidas y con tordos que paseaban libres, utilizadas por los mayores para refrescarse con guarapos de caña.  Y al fondo estaba el tercer patio con un naranjo que recuerdo bien, donde había gallinas, puerquitos a veces, y unos cientos de conejitos cuis. Con el paso del tiempo, esos cuis que a la abuela no le servían para nada, acabé robándomelos para venderlos a una cholita pionera que hacía «conejo estirado» para sus paisanos, por allá por el hospital San Juan de Dios. El motivo era convertir los cuis en cerveza, que en el fondo yo consideraba sólo un pecado venial.Mi abuelita Rogelia pasó tempos buenos y de sacrificio a lo largo de su vida, siempre con el ánimo que da la templanza de espíritu. Con diez hijos a cuestas y casada con el «taita» Mariano, no podía irse a las pampas de Mojos a criar ganado. Ordeñar al alba, hacer queso, mantequilla, majablanco, mermeladas, cocinar, lavar, no era poca cosa. A cargo de sus hijas mayores – mi madre Justita y mi tía Anita – quedaron los más jóvenes de la larga estirpe de los Suárez Montero. Una familia de bellas mujeres y de hombres corajudos.Yo no sé cómo sería mi abuelo Virgilio porque cuando nací hacía años que él había muerto. Pero a mi abuela sí que la conocí bien. La conocí muy bien porque viví con ella, aunque no tanto como otros de sus nietos traviesos y pícaros que la visitaban diariamente cuando yo ya estaba lejos del pueblo. Pero a mi abuela que nació casi con el siglo XX, le encantaba comer bien, le fascinaba la tronadera de la banda, el son nativo de la tamborita, gozaba con las guitarras de Los Panchos, y le ardían los pies por bailar. Tampoco mi abuelita  le hacía ascos a tomarse un clericó en una fiesta ni a fumarse un pucho de vez en cuando. Cerca de sus noventa era una mujer llena de picardía y ganas de vivir, ocurrente y picante en sus respuestas, infinitamente cariñosa aunque jamás zalamera, con una inteligencia natural que en dos palabras acertaba sobre algo en que nosotros demorábamos para hacerlo. Y tenía un orgullo enorme por su familia, por su pasado, orgullo del  bueno, no el de los comediantes.La vieja tapera de la calle Arenales, generosa y grande,  a cuadra y media de la iglesia de San Francisco, transformada por el paso del tiempo, fue el refugio de esta señora única que disfrutaba de su hamaca, de donde poco se movía en sus últimos años, donde gozó y sufrió. Ahí lloró a sus hijos Mario y Rogelita y ya no pudo llorar a Justita y Mosito porque partió antes. Y ahí compartieron con ella alegremente el tujuré, el somó, la gelatina de pata, Anita, Lorgio, Marina, Irma, Walter, Neneco, Marianito y Osvaldo el Chuúbi.