Por qué es importante que un presidente de EE UU acuda a la cena de corresponsales

 

Trump será el primero en boicotearla desde que se creó en 1924

Desde que se creó en 1921 todos los presidentes de Estados Unidos han acudido a la célebre Cena de Corresponsales de la Casa Blanca. Todos, desde Calvin Coolidge, han aceptado someterse de buen grado a un poco de escarnio público para demostrar que hasta en la política es bueno gozar de una buena cintura y piel gruesa. Todos, menos Donald Trump, que está decidido a acabar hasta con la forma de hacer bromas en Washington.

En esa cena anual hemos visto a Bill Clinton reconocer entre risas que nunca se acostumbraría a estar apartado del poder; a George W. Bush admitir que algunos de sus pensamientos no son muy sofisticados, y a Ronald Reagan bromear con su avanzada edad. Ha sido un espacio libre de tensiones, donde el poder ejecutivo y la prensa dejan de lado cualquier tensión.

Esto ha sido hasta ahora. A Trump, que es de por sí bromista, no le gustan las bromas sobre él. El presidente no ve a la prensa como un ente independiente, con la sacrosanta misión de fiscalizar al Gobierno para prevenir abusos de poder. Para Trump la prensa es, simple y burdamente, “el partido de la oposición”, porque cualquier información poco halagüeña para la Casa Blanca es para él oposición política.

Debe tener mal recuerdo Trump de cuando Obama, en esa misma cena en 2011, le humilló ante toda la nación. El magnate estaba entre el público y jugaba con la idea de presentarse a las elecciones. Entre otras bromas, Obama proyectó la foto de una versión chabacana y dorada de la Casa Blanca, y dijo: “Así es como la dejaría Donald si fuera presidente”.

Obama ganó en 2012, pero muchos analistas norteamericanos creen que aquella fue la noche en que Trump, poco acostumbrado a que se burlaran de él a la cara, decidió presentarse a las primarias. Hoy es presidente.

Se pueden contar con los dedos de la mano las ocasiones en que un presidente no ha acudido a esta cena: por el fallecimiento del entonces expresidente William H. Taft en 1930; por la entrada de EE UU en la Segunda Guerra Mundial en 1942; por la creciente tensión con la URSS en 1951, y por el fallido intento de asesinato a Ronald Reagan en 1981.

Añadan a esa lista que Trump cree que la prensa es injusta con él porque usa fuentes anónimas. Y lo denuncia un hombre que en los años 80 llamaba a los tabloides neoyorquinos fingiendo acentos extranjeros para intentar difundir su versión en hechos tan poco trascendentes como su divorcio de Marla Maples o la marcha de sus negocios inmobiliarios.

La prensa, sin embargo, tiene alternativas. Alec Baldwin lo haría bien. Sus imitaciones del presidente han catapultado al éxito las audiencias del programa satírico Saturday Night Live. Tan realista es su Trump que acabó no hace mucho como foto en una información sobre la política de la Casa Blanca hacia Israel en un diario de la República Dominicana.

En 2006, Bush hijo apareció junto a un doble, el actor Steve Bridges. Mientras el presidente real hablaba de sus posiciones políticas, el doble revelaba en un aparte cómico sus verdaderos pensamientos: “En lugar de estar en la cama tengo que fingir que me gusta estar aquí. La prensa siempre se mete conmigo. Siempre me ridiculizan porque no hacen ninguna edición sobre las cosas que suelo decir”.

Aquello era en 2006, con un presidente muy polémico, con varios escándalos y dos guerras a sus espaldas, que se intentó redimir con su campechanía y una admirable capacidad de reírse de sí mismo. El problema para el Partido Republicano y para Trump es que si él y Baldwin aparecieran en el mismo escenario, las diferencias entre imitador e imitado no serían apenas perceptibles. Y eso es algo que debería hacer reflexionar a quienes están apoyándole desde el Capitolio.

Fuente: elpais.com

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