La Rioja alavesa, una región situada al norte de España conocida por sus viñedos y bodegas, es probablemente uno de los mejores ‘laboratorios funerarios’ del Neolítico. Así lo atestigua un trabajo publicado en la revista PLOS One por científicos de la Universidad del País Vasco y de la Universidad de Oxford. Su estudio indica que es posible rastrear la diferenciación social de las poblaciones de la época a través de la medición de isótopos del nitrógeno y del carbono.

La zona alberga por toda la Sierra de Cantabriadiferentes yacimientos donde se depositaban cadáveres hace miles de años. Los investigadores analizaron los enterramientos de dólmenes como El Sotillo, Alto de la Huesera, Chabola de la Hechicera y Longar y las cuevas de Las Yurdinas II, Los Husos I y Peña Larga. Algunos estudios anteriores sobre las prácticas funerarias en Europa occidental durante el Neolítico ya habían confirmado que existían variaciones en la localización y en la realización de los enterramientos. La incógnita era saber a qué se debían estas diferencias.

Para comprender el significado de las sepulturas neolíticas, el equipo de Teresa Fernández Crespo y de Rick Schulting llevó a cabo un análisis isotópico del colágeno óseo de los 116 individuos que reposan allí desde el Neolítico final (3500-2900 a.C.) El objetivo, según explica la investigadora española a Hipertextual, era “interpretar el significado de las diferentes prácticas funerarias que ocurren durante el Neolítico final, básicamente la presencia de cuevas y de estructuras megalíticas en las mismas regiones durante el mismo espacio temporal”. Sus resultados aportan las primeras evidencias de las diferentes formas de vida de nuestros ancestros, miles de años después de su muerte.

Una región singular en Europa

“Hicimos análisis de isótopos estables de carbono y nitrógeno sobre colágeno óseo para saber si podían existir diferencias en las dietas entre las personas enterradas en las cuevas y en las estructuras megalíticas”, sostiene Fernández Crespo al otro lado del teléfono. Su investigación ha mostrado valores de carbono y nitrógeno consistentes con un ecosistema C3, relacionado con las plantas típicas de sistemas mediterráneos, según lo esperado. Además, los resultados apuntan que la dieta de los individuos que habitaron en la actual Rioja alavesa estaría basada “en el consumo de cereales, seguramente trigo y cebada, que son los más comunes utilizados durante la Prehistoria ibérica, y de animales domésticos principalmente”.

El artículo publicado en PLOS One sugiere “un uso compartimentalizado del paisaje entre aquellos que vivían y enterraban a sus muertos en las cuevas y en los dólmenes en una región muy pequeña”, donde la distancia media que separa los diferentes yacimientos no supera los diez kilómetros. “La significación, o si quieres la dimensión más sociocultural del hallazgo, actualmente se basaría en dos hipótesis. Por un lado, podrían reflejar el uso diferenciado de un complejo paisaje por distintas comunidades, que a su vez practicarían diferentes rituales funerarios y seguirían distintas economías de subsistencia debido a la explotación de diferentes áreas, bien la montaña o la del valle”, comenta Fernández Crespo.

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Cueva de Peña Larga. Crédito de la imagen: Teresa Fernández Crespo.

Por otro lado, la segunda hipótesis apoya que “estas mismas diferencias emergieran en el seno de una comunidad, en tal caso sería el resultado de una especialización económica, por ejemplo una mayor dedicación al pastoreo en la sierra y a la agricultura en el valle o diferencias socioeconómicas que se plasmarían en el acceso diferencial a las tierras que nosotros entendemos más fértiles, las del valle, o a determinados alimentos”. En este último caso, las distintas prácticas funerarias se relacionarían con un diferente estatus social o económico de los individuos allí enterrados en pleno Neolítico. Según explica a Hipertextual, el reto ahora es decantarse por una hipótesis u otra, un objetivo para el que desarrollarán en el futuro investigaciones adicionales, como el análisis de estroncio y de oxígeno para valorar los patrones de movilidad de estas poblaciones y análisis de carbono y nitrógeno sobre dentina, para así rastrear la dieta en la infancia y determinar cuándo comienzan las diferencias isotópicas observadas.

“Los dientes, al contrario que el hueso, no se remodelan

con el paso del tiempo, sino que guardan la señal isotópica de cuando se formaron”, dice Fernández Crespo. Así podrían ver si dichas diferencias isotópicas se originan en la infancia, “en cuyo caso sería más probable que estuviéramos ante dos poblaciones diferentes o surgen a determinada edad, por ejemplo en la adolescencia. Entonces probablemente nos encontremos ante diferencias surgidas en el seno de una misma población cuando una persona adquiere el estatus que va a tener ya de por vida”, puntualiza. A juicio de la investigadora, la importancia de este paraje español se debe a que es “un entorno muy pequeño, y con unas dataciones que se solapan claramente en el tiempo, ocurren los dos tipos sepulturales”. Las extraordinarias características del entorno convierten a la actual Rioja alavesa en “una región bastante singular dentro del panorama europeo”, concluye Fernández Crespo.

Fuente: https://hipertextual.com