Del mito a la realidad: el bien y el mal enfrentados

“Dicen los sabios de Eressëa que todos los Quendi que cayeron en manos de Melkor, antes de la caída de Utumno, fueron puestos en prisión y por las lentas artes de la crueldad, corrompidos y esclavizados” (“El Silmarillion” – J.R.R. Tolkien 1977). El Orco u Orcus, era, en la mitología romana, uno de los demonios del inframundo, el responsable de castigar a quienes incumplían sus promesas. Equiparado con Plutón, quien para los romanos era rey y señor del inframundo, guardián de las almas que en él habitan; también comparado con el temible Hades de la mitología griega.

El Orco alcanzó gran popularidad a partir de la publicación del “best seller” “El Señor de los Anillos”, donde el prolífico escritor J.R.R. Tolkien los describe como una raza de monstruos que tienen origen en el “Legendarium”. En la zaga, se crea el término “Uruk-hai” (proveniente de la ficticia lengua negra o lengua del mal), traducido literalmente como <<pueblo orco>>. Es cierto que la palabra orco en la actualidad se traduce dentro del ámbito de la fantasía como una criatura maloliente perteneciente a una raza humanoide (Diccionario de Oxford), aunque para el inglés antiguo significaba “feroz criatura de mar”. Para el latín guarda un significado más relacionado con el infierno o inframundo.

Posiblemente, Tolkien haya tenido cierta influencia de la mitología etrusca o griega, donde la figura del orco está más relacionada con sus divinidades. “Orcus”, dios etrusco del inframundo, fue probablemente el que sirvió de inspiración para los romanos con el “Dis Pater”, siendo análogo a otros dioses helenos encargados de castigar el perjurio. En el libro, fallan al juramento de servir a Gondor, por lo que Isildur los maldijo y los condenó a vagar como espíritus en las Montañas Blancas.



En relación con el mal, los orcos son seres corrompidos y que el sólo hecho de existir presupone una ofensa para otros seres de la Tierra Media. Por el contrario, los “Elfos” son la encarnación de la belleza idílica, la luz radiante del bien. A este respecto, el autor decía: “Con respecto de El Señor de los Anillos, no puedo pretender tener conocimientos teológicos suficientes como para decir si la idea que tengo de los Orcos es herética o no. No me siento obligado a que mi historia se ajuste a la teología cristiana formalizada, aunque en realidad mi intención era que resultara conforme al pensamiento y la creencia cristiana, lo cual se explica en cierto sitio, Libro Sexto, pag. 249, 529, donde Frodo afirma que los Orcos no son originalmente malvados. Supongo que creemos que en todas las clases, especies y razas humanas hay los que nos parecen, tanto individual como colectivamente, irredimibles”.

El autor reafirma la idea de que no existen los seres completamente malvados, dejando entrever claros ejemplos en el “legendarium” como ser el caso de Morgoth, que será conocido como Melkor; Sauron, quien en otra era fue llamado Tar-Marion, ambos, seres estéticamente hermosos y buenos por naturaleza, guardaban su esencia divina que con el tiempo fue corrompida, llegando a crear versiones degradadas y repulsivas que fueron materializadas en el “Uruk-hai”.

El Señor de los Anillos, resulta ser un claro maniqueísmo, una lucha de contrarios en representación del bien y el mal, ambientada en la Tierra Media. Un mundo de fantasía en la que los orcos sirven al Señor Oscuro, quien es la personificación de la maldad en el mundo. Es evidente –al menos en gran parte del “legendarium”– que la obra no se concentra en argumentar hechos relacionados con el Poder y el Dominio, mostrando, de forma brillante, un trabajo que pone las luces sobre la vida y muerte, el deseo de lograr la inmortalidad.

Sauron logra por diferentes medios corromper a los “númeróneanos”, prometiéndoles vida eterna si sirven a Morgoth, creando recelo contra los elfos, quienes, sin ser inmortales, no experimentan desgaste ni envejecimiento biológico. La concepción de la vida, la muerte y la inmortalidad, son los argumentos que sustentan la obra.

El “legendarium” es sin lugar a dudas la representación mayúscula de la genialidad literaria, es el resultado de largos años de dedicación y de experiencias de un hombre, que ha contado con el apoyo de uno de sus hijos (Christopher Tolkien), para filosofar y profundizar una búsqueda que terminaría por proporcionarle una esencia única e incomparable a su trabajo. La gran incógnita de la obra, seguirán siendo los orcos, al ser los que menos hablan durante la zaga, no puede conocerse lo que piensan, cuáles son sus propósitos, porque actúan como lo hacen, dedicándose a representar únicamente a la vileza, la corrupción y los peores aspectos de su raza.

Para finalizar y con la esperanza de que el lector saque sus propias conclusiones, comparto el texto de una carta que J.R.R. Tolkien remitiese a su hijo, explicándole algunos detalles del trabajo que desarrollaban: “Espero que antes de no mucho puedas disponer de más tiempo libre en el África genuina. Lejos de los <<sirvientes menores de Mordor>>. Sí, creo que los orcos son una creación tan real como la que más en la literatura “realista”: tus vigorosas palabras describen bien la tribu; sólo en la vida real están en ambos bandos, claro está. Pues lo “novelesco” se desarrolla a partir de la “alegoría”, y sus guerras derivan aún de la “batalla interior” de la alegoría en la que el bien está en un bando y varios modos de maldad en el otro. En la vida real (exterior) los hombres están en ambos bandos: lo cual significa una colorida alianza de orcos, bestias, demonios, hombres sencillos, naturalmente honestos y ángeles”.

Carlos Manuel Ledezma Valdez
Escritor. Investigador. Divulgador Histórico.