“Yo, el Supremo”

 

El título de esta excepcional novela de Augusto Roa Bastos, publicada en 1974, y que narra la historia política del dictador paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia, es quizá la frase que mejor resume la degeneración que afecta a los políticos cuando alcanzan un grado relevante de poder y orientan sus acciones y decisiones por un ego desmedido.



Entendido –en términos sicológicos– como la identidad individual y la percepción que cada persona tiene de sí misma en relación con el mundo que lo rodea, el ego es una forma de autovaloración positiva o negativa creada por el sujeto, y normalmente se aplica a la creencia que lo posiciona por encima de los demás.

En el contexto político, es decir, en el ejercicio del poder, el ego adquiere una relevancia aún mayor, ya que su dimensión puede influir significativamente en las decisiones, acciones y juicios de los líderes y los gobernantes. Más allá de los casos de megalomanía que se han presentado en personajes como Mussolini, Gadafi, Duvalier, Amin o Trujillo, el ego político se suele manifestar en comportamientos como el narcisismo, la falta de empatía, la inflexibilidad, el abuso, la soberbia y la arrogancia, que son formas distorsionadas de valores positivos como la autoconfianza, la determinación, la seguridad, la motivación o la audacia, necesarios para que un líder obtenga la confianza, el respeto y el apoyo de la ciudadanía.

El ego desmedido y sin control de un gobernante, puede generar una serie de problemas y conflictos, tanto a nivel social como institucional, debido a que lo impulsa a considerar a las normas jurídicas y éticas como escollos innecesarios, y a las instituciones como mecanismos obsoletos que se interponen en su propia visión sobre lo que se debe hacer.

Además, el ego disminuye la capacidad de los políticos para trabajar en coordinación y colaboración con otras personas, lo que ocasiona rivalidades y conflictos internos, dificultando la cohesión y la unidad necesarias para lograr avances en materia de políticas públicas.  En situación de autoridad se rodeará siempre de colaboradores complacientes, mediocres y timoratos, que no dudarán en exaltar sus ideas e incluso proponer homenajes, nombramientos o distinciones inmerecidas al líder, para granjearse su beneplácito.

La autopercepción de superioridad de un político ególatra coloca siempre el debate en términos de amigo – enemigo, es decir que una opinión distinta o peor aún, una crítica, conducirá a la descalificación y la sanción, mientras que la adulación o el aplauso comedido, serán vistos por este como aprobación y fortalecimiento de sus propuestas, aunque carezcan de racionalidad o de utilidad. Para un político emergente, el ego puede ser catastrófico y propiciar su fracaso, especialmente si cree que la efímera popularidad que lo encumbró tempranamente se mantendrá intacta y, en lugar de entender que empezó su carrera, asume que ya alcanzó la meta.

El líder egocéntrico concentra en sí mismo el trabajo y el poder; desconfía y desautoriza a sus colaboradores; piensa que lo sabe todo; es incapaz de recibir consejos u opiniones de personas ajenas a su círculo de aduladores; ve a sus rivales como enemigos; vive desconectado de la realidad; es incapaz de reconocer sus errores y; está convencido de que haber ganado una elección le ha otorgado no solo la autoridad y la legitimidad sino la capacidad para resolver por si mismo todos los problemas de los ciudadanos.

En términos de gestión, el ego puede tener consecuencias muy negativas en la eficacia y la eficiencia públicas, ya que genera decisiones impulsadas por motivaciones egoístas y no por la necesidad de la gente. Un ego excesivo impide admitir errores y aprender de experiencias pasadas. La falta de autocrítica y la resistencia al cambio pueden llevar a la perpetuación de políticas fallidas o ineficaces, lo que puede tener consecuencias negativas a largo plazo para la sociedad.

En el ámbito de la economía, esto puede resultar devastador, especialmente en aquellas situaciones de crisis que precisan de mucha responsabilidad y racionalidad, y donde la soberbia y la autosuficiencia impiden entender y atender las sugerencias de quienes tienen el conocimiento y la experiencia que puede ayudar a enfrentar las situaciones de emergencia.

El ego desmedido de un líder no se manifiesta cuando no tiene poder, por eso es muy difícil detectarlo a tiempo.  De ahí que una sociedad democrática necesita siempre de equilibrios políticos y de instituciones sólidas capaces de controlar la fuerza destructiva de gobernantes que se dejan llevar por una percepción sobredimensionada de sus capacidades y prerrogativas.  Un ego grande y descontrolado puede ser el camino más expedito al fracaso y al desastre.

Ronald Nostas Ardaya

Industrial y expresidente de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia