Copacabana vive de lo que no cuida. Esa es la verdad incómoda que nadie quiere poner en letras grandes mientras los turistas siguen llegando a sacarse fotos con el Titicaca de fondo, ese mismo lago que, por debajo del brillo, carga cada día con aguas servidas que siguen llegando ahí.
Durante casi una década, la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) de Copacabana ha sido anunciada con entusiasmo burocrático: proyectos, estudios, compromisos, reactivaciones, prioridades nacionales. Un desfile de promesas que, como suele ocurrir, se quedan en papeles bien redactados y conferencias de prensa. Sin embargo, la planta, aún no se termina de construir.
Una PTAR es, en términos simples, un sistema diseñado para limpiar el agua sucia antes de devolverla al medio ambiente. Pero no es magia: es un proceso en varias etapas que busca quitar lo que no debería estar ahí —basura, materia orgánica, bacterias y químicos.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Esa obra clave sigue inconclusa. Las razones no son un misterio: fallas de coordinación entre el nivel central y el municipio, y una preocupante falta de continuidad en las autoridades locales y nacionales —incluido el entonces Ministerio de Medio Ambiente y Agua—, que en su momento incorporó a Copacabana en el plan de saneamiento del lago Titicaca. Hubo anuncios, estudios y hasta un financiamiento comprometido de 42 millones de dólares con respaldo del BID. También se la declaró prioritaria por su impacto en el turismo. Pero, como tantas veces, la urgencia quedó en el discurso y la obra en pausa.
Porque aquí no se trata solo de una obra que no termina de concretarse. El problema es más profundo: la simulación de gestión pública. Se anuncia la PTAR, se la incluye en planes, se la menciona como parte de la salvación del Titicaca, pero en la práctica, el lago sigue recibiendo descargas que ningún folleto institucional puede maquillar.
El libreto se repite: el Gobierno central promete, el municipio espera, los recursos se diluyen en la maraña administrativa y el tiempo —ese gran cómplice de la ineficiencia— pasa sin que cambie lo esencial. Mientras tanto, el sistema de alcantarillado sigue siendo incompleto, precario, insuficiente. Y sin eso, cualquier planta es apenas una ilusión técnica.
Pero hay algo más incómodo todavía: la normalización del problema.
La contaminación del Titicaca ya no escandaliza como debería. Se ha vuelto paisaje. Se menciona, se lamenta, se archiva. Y Copacabana, símbolo espiritual y destino turístico, convive con esa contradicción sin que el costo político sea realmente significativo.
La PTAR de Copacabana no es solo una obra pendiente. Es un síntoma.
Jorge Tejada Mozo
Comunicador Social
