La historia muestra que la relación bilateral ha atravesado ciclos de acercamiento y ruptura.

Fuente: La Razón
La relación entre Bolivia y Chile atraviesa un momento de acercamiento que, sin dejar de lado su compleja historia, busca sostenerse en un principio básico: la reconstrucción de la confianza mutua. Así lo reflejan tanto las recientes señales diplomáticas como las lecturas más críticas sobre el proceso.
El punto de inflexión reciente lo marcó el encuentro entre el canciller de Bolivia, Fernando Aramayo, y su homólogo chileno, Francisco Pérez Mackenna, quienes se reunieron en el paso fronterizo Chungará–Tambo Quemado e iniciaron una agenda de trabajo que busca reactivar la relación política, económica y técnica.
En entrevista con La Razón, el cónsul de Chile en Bolivia, Fernando Velasco, destacó que el último encuentro entre cancilleres significó un cambio drástico tras años de escaso contacto político de alto nivel.
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“Un canciller de Chile no venía a Bolivia desde hace mucho tiempo, tenemos registro casi desde el año 2010”, afirmó. La reunión, realizada incluso con un gesto simbólico de traslado terrestre, abrió una agenda concreta que apunta a resultados inmediatos.
La visita del canciller chileno a Bolivia no solo rompió un largo periodo sin presencia de ese nivel, sino que abrió expectativas en ambos gobiernos. El propio Aramayo calificó este hecho como un hito histórico.
El encuentro permitió delinear una agenda concreta que aborda una gama de temas, entre ellos, seguridad, migración, comercio, conectividad, energía y cooperación tecnológica. Según Aramayo, la amplitud de temas refleja “una voluntad completamente amplia para trabajar temáticas variadas”, lo que evidencia un cambio en el tono del vínculo.
Desde la mirada chilena, el énfasis también se sitúa en el futuro. Pérez Mackenna sostuvo que ambos países deben “seguir avanzando, mirando al futuro e impulsar nuestras relaciones con fuerza pensando en el interés de nuestros pueblos”.
El acercamiento no se limita al plano técnico. En el ámbito político, se registraron señales claras de distensión y apertura.
El 11 de marzo, el presidente Rodrigo Paz asistió a la posesión del presidente chileno, José Antonio Kast, en Santiago, un gesto que no pasaba desapercibido en una relación históricamente marcada por la distancia protocolar. A esto se suman contactos posteriores entre ambos mandatarios en escenarios internacionales y expresiones públicas de interés mutuo por fortalecer el vínculo.
Al respecto, Velasco afirmó que se tratan de “pequeños” gestos que van construyendo o, más bien, reconstruyendo la relación.
“Estamos en un proceso de reconstrucción de confianza mutua (…). En la medida en que más vayamos tejiendo una relación que nos vincula, vamos a tener mayores conexiones”, añadió.
El cónsul aseguró que el nuevo ciclo bilateral no se plantea en términos abstractos, sino que ambos gobiernos avanzan en medidas específicas.
Pues, hace pocos días, se acordó la firma de un convenio de servicios aéreos para mejorar la conectividad, la modernización del acuerdo de complementación económica y la reactivación de mecanismos políticos paralizados desde 2010. También se fijaron fechas para el comité de fronteras y reuniones técnicas en materia consular y migratoria.
En el plano humano, la relación también tiene un componente importante, ya que más de 200.000 bolivianos residen en Chile. Velasco explicó que la implementación de la visa Mercosur gratuita facilitó la regularización migratoria y fortaleció la integración laboral. Este flujo también impacta en la economía boliviana a través de remesas.
En seguridad, ambos países intensificaron la cooperación frente al crimen transnacional. Operativos conjuntos entre fuerzas policiales permitieron la incautación de vehículos robados y drogas en la zona fronteriza.
Sin embargo, el acercamiento actual no puede entenderse sin el peso de la historia. Bolivia y Chile establecieron relaciones diplomáticas tras su independencia en el siglo XIX, pero la convivencia temprana estuvo atravesada por disputas territoriales.
Los tratados de 1866 y 1874 intentaron regular la relación, pero las tensiones derivaron en la Guerra del Pacífico (1879-1884), conflicto que redefinió el equilibrio regional y marcó profundamente y el vínculo entre ambos países.
Durante el siglo XX, la relación transitó entre acercamientos puntuales y rupturas. En 1978 se rompieron relaciones diplomáticas a nivel de embajadores, situación que se mantiene hasta hoy. A inicios del siglo XXI, la llamada agenda de los 13 puntos abrió un proceso de diálogo amplio, pero este se interrumpió y dio paso a nuevos años de distanciamiento.
El propio canciller Aramayo reconoció que, pese al momento actual, el restablecimiento pleno “todavía va a tomar tiempo”, lo cual refleja la complejidad acumulada en décadas desde la independencia de ambos países.
Mientras la diplomacia apuesta por una agenda pragmática centrada en resultados concretos, el análisis independiente introduce matices.
La analista internacional Angélica Coca Ramos, en diálogo con La Razón, sostiene que este acercamiento responde más a una coyuntura que a un cambio estructural. En su criterio, Bolivia enfrenta una relación asimétrica frente a Chile, especialmente en comercio y logística.
Pues, el país atraviesa por una profunda crisis económica, producto del agotamiento de gas natural, escasa diversificación económica, alta inflación y una caída en las reservas internacionales.
También, advirtió que el concepto de confianza tiene un componente operativo, vinculado al control fronterizo y la criminalidad, más que a una relación equilibrada en términos económicos.
Tras la asunción de Kast a la Presidencia, Chile ha iniciado la construcción de zanjas de tres metros de profundidad y obstáculos físicos en su frontera norte con Bolivia y Perú como parte del «Plan Escudo Fronterizo».
Al respecto, Velasco explicó que dicho plan responde a una estrategia de seguridad para reforzar el control en la frontera, especialmente frente a la migración irregular y delitos transnacionales. Precisó que no se limita a la construcción de zanjas, sino que consiste en el uso de tecnología, como drones, y un mayor control operativo.
“La idea es dificultar el contrabando, el robo de vehículos y otros delitos, pero también facilitar que los ciudadanos bolivianos ingresen por pasos habilitados. Vemos una amplia disposición de ambos gobiernos para trabajar juntos en temas como trata de personas, migración irregular y tráfico de drogas en una frontera de más de 800 kilómetros”, afirmó.
Además, indicó que se abrió un canal técnico de información con Bolivia tras una reunión con el canciller Aramayo, con el objetivo de garantizar coordinación bilateral y asegurar que estas acciones no afecten los acuerdos vigentes.
Y es que el Tratado de 1904 entre Bolivia y Chile reconoce y garantiza a perpetuidad el más amplio e irrestricto derecho de libre tránsito comercial por territorio chileno hacia los puertos del Pacífico para mercancías bolivianas.
Pese a las diferencias de interpretación, el momento actual marca un cambio respecto a años anteriores. Bolivia y Chile vuelven a hablar, a coordinar y a construir una agenda común.
La historia muestra que la relación bilateral ha atravesado ciclos de acercamiento y ruptura. Este nuevo intento se apoya en la confianza como punto de partida, pero su consolidación dependerá de la capacidad de ambos países para traducir los gestos políticos en resultados sostenibles.
En palabras del propio proceso diplomático en marcha, no se trata solo de reencontrarse, sino de sostener ese vínculo en el tiempo.