El periodismo es para construir no destruir.
Para informar no para mentir. Nunca las mentiras deben ser noticias.
Para denunciar no para ser portavoces del poder.
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Para apostar por la democracia y los derechos humanos.
Para investigar los hechos de corrupción que arrastramos desde hace desde la fundación de la República, no para ser condescendientes con los corruptos.
El periodismo en Bolivia viene enfrentando grandes demonios internos y externos que lo han conducido a niveles de crisis de credibilidad y de malestar de la ciudadanía, la misma que en las redes sociales se expresa duramente contra ciertos periodistas que han hecho de la noticia un medio para ganar dinero, audiencias y fama, además de convertir el hecho noticioso en circo, espectáculo explotando el morbo y las intimidades de las personas.
Ojo que lo que vienen haciendo los llamados influencers, a nombre del periodismo, no lo es, sino que contaminan el noble oficio periodístico. Esta pandemia es universal: la acción intensa de los influencers que solo tienen el objetivo de conseguir más like para generarse sus ingresos económicos, siendo su objetivo central, sin importarle lo más mínimo los contenidos que difunden.
Muy bien lo retrata la gran escritora y periodista mexicana, Elena Poniatowska, que nos alertó que “la información que encontramos en el Facebook, TikTok, Instagram, YouTube, está abarrotada de influencers, quienes acaparan espacios para deshumanizar en cierta manera un oficio tan noble, que significa no sólo describir lo que les sucede a otros, sino informarlo, denunciarlo y transmitir de la manera más ética, profesional y eficaz”.
Una plaga que está recorriendo el mundo, las pantallas, los aparatos celulares haciendo uso del derecho a la libertad de expresión, pero que muchas veces se extralimitan cometiendo errores y delitos contra la dignidad y la vida de las personas.
La libertad de expresión, es un derecho humano fundamental, pero que la misma no es carta blanca para usarla como un instrumento que busque destruir a las personas, denigrar y defenestrar alegremente a quien denuncie o piense diferente al otro.
En Bolivia la libre expresión goza de tanta libertad que a nadie se lo sanciona o procesa por usarla como su instrumento personal de venganza, de odio, de ganancias económicas.
Cada día el ciudadano en el maravilloso aparato del celular recibe más de 1.000 noticias, de las cuales el 90% son falsas, manipuladas, construidas o mentiras. Lamentablemente, gran parte de esa ciudadanía en el primer impacto cree en esas informaciones y eso va recorriendo a los grupos de amigos, familiares, conocidos, sociales, dando por hecho de esa noticia falsa.
Eso lo hemos vivido en los 50 días de bloqueos ilegales y violentos que los bolivianos sufrimos: un acoso digital de discursos del odio racial, de incertidumbres sobre muertos, heridos, etc.
Y en esta dialéctica cada grupo bloqueador y el poder se apropiaron de sus verdades y querían que ellas prevalezcan, no admitiendo el rol que tiene la prensa en tiempos de conflictos, quienes tuvieron y tienen sus ejércitos de guerreros digitales que se encargan de crear un ambiente de tensión y de sospechas frente a la realidad.
Precisamente frente a este pandemonio de las tecnologías, que la escritora española Irene Vallejos, plantea que “ante los vaticinios tecnológicos, cabe elegir entre la resignación o la rebeldía. No queremos el guion minucioso en nuestra vida, sino un cuaderno con espacios en blanco. El futuro no prescribe: se escribe”, el periodismo debe afrontar los retos y los riesgos bajo consignas claras, como la más esencial: no perder la credibilidad.
Precisamente frente a ese universo que nos regalan las redes sociales el periodismo debe tomar en cuenta algo esencial y que siempre está en juego que a la vez es un tesoro irrenunciable, y que no puede ni debe ser contaminado: la credibilidad, la misma que se la gana y se la practica en el ejercicio diario de este oficio.
El periodismo responsable, ético y que construye tiene varios adversarios o peligros que debe ir superando en su permanente ejercicio: las redes sociales y sus tentáculos; los periodistas que son cínicos y que exponen a sus entrevistados a niveles tan bajos; el poder político que siempre busca silenciar, censurar o cooptar a periodistas; el descontento de sectores sociales que creen que la prensa está vendida o comprada y otros.
Por todo ello, el oficio periodístico tiene enormes potencialidades de seguir fortaleciéndose, tal como lo vienen haciendo, varios medios de prensa, plataformas de prensa y periodistas, quienes han visto una oportunidad para abrir senderos de la noticia y de la investigación periodística.
Ante estos peligros, retomamos el mensaje de Poniatowska, pidiéndole al periodista que “tiene que jugársela, tiene que estar dispuesto a dar la vida por lo que ve, siente y lo que recibe de los demás”.
El periodismo en Bolivia, así como en el resto del mundo, siempre será una piedra en el zapato y generará malestares en los poderes políticos, económicos, corporativos o tendrá mala fama pública, que es inducida. Este oficio no es nada fácil, ni se mece en la hamaca de la tranquilidad.
Por ello ante cada riesgo, cada peligro, cada noticia falsa o manipulada, el periodismo ahí estará o debe estar firme y creíble.
Un editorial del periódico mexicano En la Esquina publicado en 1963 nos refresca la memoria: “Cuando el periodista ataca, se suele pensar que busca la paga; cuando aplaude, se dice que ya lo consiguió: y si ni aplaude ni censura, el agua tibia lo hará perderse en el anonimato… Pero es menester pensar que en nuestro país, en trance de desarrollo, necesita de un periodismo capacitado en lo técnico y noble en su orientación. Ese periodismo que han de ejercer los jóvenes que nos reemplacen tendrá, además, la tarea de limpiar la estafeta que nuestra generación les entregue y devolver al oficio sus originales funciones al servicio de las mejores causas de la ciudad, del país, del mundo en que vivimos”.
Hernán Cabrera M.
