Productores sin mercado, mesas sin pollo: La lección de complementariedad que dejaron los bloqueos


Lo que ocurrió en los mercados alteños y paceños no fue una casualidad, sino el síntoma visible del colapso de una cadena productiva profundamente interconectada.
Durante los conflictos, este alimento desapareció de los mercados. / Foto: La Voz de Tarija.


Fuente: Visión 360

Durante los 51 días de bloqueos, el silencio en los mercados populares de El Alto y La Paz fue tan agobiante como la desesperación en las granjas del oriente y los valles. Las carreteras, venas palpitantes que conectan al país, se convirtieron en barreras infranqueables de piedra y asfalto.

Detrás de los discursos políticos y las demandas sectoriales, la escasez de un alimento tan cotidiano como el pollo dejó al descubierto una verdad que ninguna consigna pudo ocultar: Bolivia funciona como un solo tejido productivo. El trabajo de quienes crían las aves en el oriente sostiene las mesas del occidente y, al mismo tiempo, el consumo de millones de familias mantiene viva esa producción. Cuando el diálogo se rompe, no solo se bloquean las carreteras; también se interrumpe esa cadena de interdependencia que termina castigando, sobre todo, a los hogares más vulnerables.



El drama en los mostradores vacíos y la reinvención forzada

En las calles de los 14 distritos de la ciudad El Alto, el pollo a la broaster no es solamente un plato popular: es una institución alimentaria. Patricia Mamani lo sabe bien. Como vendedora de este asequible platillo, explica por qué su consumo masivo es el pilar de su economía: «El pollo es muy rico, es fácil de cocinar y es fácil de comer también. Además es más rápido de vender, la gente así nomás rapidito se lo lleva a la casa», confía la mujer de pollera desde su broastería en la calle 132 de Villa Dolores D.

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Durante la festividad por la Virgen del Carmen, que se celebra cada 16 de Julio, las calles del Distrito 1 y 6 particularmente, se coparon con centenares de vendedoras de pollos a la broaster, mientras que los miles de fraternos degustaban un pollo al horno después de bailar en la mayor fiesta folklórica de El Alto.

Sin embargo, durante casi dos meses, el paro apagó las freidoras y vació los frigoríficos de los proveedores en la Ceja y otros sectores de ambas ciudades. En ese oscuro periodo, Mamani tuvo que cerrar temporalmente su negocio cuando la especulación hizo que un pollo entero llegara a costar hasta 160 bolivianos. Un plato que normalmente se vende a 15 bolivianos debía venderse en 20 o 25 bolivianos, y el negocio se volvió inviable.

Esta angustia es compartida por Miriam Martínez, vendedora de pollos en la zona 12 de Octubre, quien tuvo que enviar a algunos de empleados de vacación: «No había venta, no había producto, no había nada. Llegaba el pollito, pero ¡uh, a qué precio! Daba miedo y daba pena vender».

Por su parte, Wendy Condori, otra comercializadora de pollos en la Ceja, lamentó cómo la crisis reavivó también tensiones raciales innecesarias: «La discriminación, se ha hecho más fuerte y se habló de collas y cambas, yo considero que no debería ser así. Somos parte de un solo país, de un mismo pueblo», ratifica la vendedora detrás de una vitrina donde comercializa pollos Sofía que llegan desde Santa Cruz. Ella también tuvo que dar vacaciones a parte de su personal, porque ya no había pollos que comercializar.

El hambre de ciudades hermanas

Lo que ocurrió en los mercados alteños y paceños no fue una casualidad, sino el síntoma visible del colapso de una cadena productiva profundamente interconectada. La tesis académica: «Estudio de Mercado para el posicionamiento de la carne de pollo orgánico en los distritos 1 y 6 (Ceja de El Alto)», de Maura Condori Parisaca, de la Universidad Pública de El Alto, confirma que la capital alteña es el mercado de consumo de carne de pollo más grande, dinámico y estratégico de la región occidental.

Por eso cuando las vías se cerraron, las cifras del vacío fueron abrumadoras para el occidente y el oriente del país: el consumo diario en La Paz y El Alto va desde los 230 mil hasta los 270 mil pollos por día, según datos de la Asociación Nacional de Avicultores y la Asociación de Avicultores de Santa Cruz. De pronto, más de 1,8 millones de platos quedaron sin su principal ingrediente.

Los puentes aéreos y los puestos de venta que instaló la Empresa de Apoyo a la Producción de Alimentos (Emapa) no abastecieron con la gran demanda que supera el millón y medio de pollos semanales en ambas ciudades. La magnitud de este mercado quedó en evidencia en el análisis de las máximas autoridades; el presidente Rodrigo Paz reconoció en los últimos días esta dependencia estructural mutua al señalar: «Los alteños habían sido grandes comedores de pollo… Cuando hubo el bloqueo, El Alto y La Paz se quedaron sin pollo… resulta que la ciudad que más pollo come en Sudamérica es El Alto. La lección de los 53 días es que nunca más nos volvemos a bloquear, porque nos quedamos sin pollo… Y si no producimos, no hay platita».

En Bolivia, según datos oficiales de la Asociación de Avicultores de Santa Cruz (ADA), el consumo per cápita anual es de 48 kg de carne de pollo por persona y 210 huevos por habitante.

La tragedia al otro lado del bloqueo

Mientras en el altiplano se contaban las monedas para adquirir un pollo hasta en 120 bolivianos, en Santa Cruz y Cochabamba los productores veían morir su capital. El sector avícola representa el 4,1% del PIB Nacional (2.083 millones de dólares) y sostiene 60.000 empleos directos y 180.000 indirectos.

Los bloqueos asfixiaron a las aves en sus galpones. Enzo Landívar, presidente de la Asociación de Avicultores de Santa Cruz (ADA), narra la catástrofe que dejó a miles al borde de la quiebra: «La última vez que comenzamos a contar con los de Cochabamba, ellos tuvieron que eliminar 1.100.000 pollitos bebés que no pudieron sacar de las granjas al mercado. Eso hizo que el monto de las pérdidas sobrepase de los 800 millones estimados a los 1.000 millones de bolivianos». El dato corresponde a las primeras semanas del bloqueo en mayo.

La paradoja para los productores fue devastadora.»Tener al pollo en granja costó mucho más de lo normal y el precio fue mucho menos de lo normal. El mercado no valora, ni premia el tamaño del pollo», explica Landívar. En Cochabamba, se acabó el alimento para las aves y fallecieron miles de pollitos bebés.

Omar Castro, presidente de la Asociación Nacional de Avicultores (ANA) recuerda que en su desesperación algunos productores cochabambinos contrataron camiones para llegar a La Paz y El Alto por caminos alternos. Una arriesgada misión, porque algunos vehículos se volcaron con pollos y huevos.

Una familia que se necesita para sobrevivir

Y en momentos en que la soberanía alimentaria estaba en riesgo, la narrativa del separatismo impulsada por intereses políticos se desmoronó por el peso de la realidad económica.

Patricia Mamani, la mujer alteña de pollera y vendedora de pollos a la broaster, resume esta interdependencia desde su modesta pensión en El Alto: «Como dependemos del pollo de Santa Cruz, ellos también dependen de nosotros que somos sus compradores, sus consumidores».

Esta hermandad por necesidad es respaldada también por los líderes productivos. Omar Castro, presidente de la Asociación Nacional de Avicultores (ANA), señala: «Nosotros somos conscientes de que más del 50% de la producción avícola desde Santa Cruz llega a los mercados de La Paz y El Alto. Los necesitamos así como ellos nos necesitan. Es una relación permanente».

Pero, no solo fueron afectados los productores avícolas. Jorge Méndez, presidente de la asociación de productores de porcinos (ADEPOR) revela que redujeron sus envíos mensuales a La Paz de 30.000 cabezas de cerdo a apenas 14.000: «La polarización y el separatismo es el peor negocio para los cruceños… Si nosotros nos separamos, ¿a quién le vamos a vender? El que te compra es tu patrón, porque es el que te trae la plata», sentencia el empresario cruceño.

Mamani, la mujer alteña de pollera, cree que al presidente Rodrigo Paz, le faltó «humildad», para consolidar el diálogo con los sectores movilizados. «Debería de ser más humilde, porque gracias a la gente campesina ha entrado él».

Cuando finalmente las piedras fueron retiradas de las carreteras, tras el acuerdo entre el Gobierno y la Central Obrera Boliviana (COB), no solo volvió a circular el transporte. También quedó al descubierto una lección que el conflicto hizo visible: ningún productor puede sostenerse sin quien compra sus alimentos y ninguna ciudad puede alimentarse sin quienes los producen. La crisis del pollo demostró que Bolivia funciona como un solo ecosistema donde cada eslabón depende del otro y donde no hay espacio para el color de la piel, la identidad y la visión política.

Del agricultor que cultiva el maíz al avicultor que cría las aves, del transportista que recorre cientos de kilómetros a la mujer que sirve un pollo a la broaster en la Ceja, Villa Dolores o la 12 de Octubre, todos forman parte de una misma cadena. Los bloqueos intentaron dividir ese recorrido, pero terminaron recordando una verdad mucho más simple: los bolivianos pueden pensar distinto, vivir en regiones distintas o defender intereses distintos, pero todos terminan encontrándose alrededor de una misma mesa.