Malas noticias para el país y lo grave es que –como dicen los periodistas– se trata de una noticia en desarrollo que podría ser peor, dependiendo de cómo el Gobierno encare la delicada situación económica, política y social que azota al país por culpa de unos cuantos incapaces.
El reciente Reporte de inflación y política monetaria del Banco Central de Bolivia (BCB) ha informado que el Producto Interno Bruto (PIB) podría caer un 3,6 % este año, y que a junio habría bajado ya un 3,34 %, confirmando lo anticipado por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional meses atrás, que el descenso superaría el 3 %.
Triste noticia porque una caída de la actividad económica implica una menor producción de bienes y servicios, baja del consumo familiar, menos inversión privada, menores ventas, cierre de empresas y negocios; descenso de la recaudación tributaria, despidos de personal, menos contrataciones, reducción de salarios, mayor informalidad, más pobreza y deterioro del bienestar, especialmente cuando el BCB proyecta una inflación del 9,22 % para 2026.
Bolivia sufriría así un tercer año de recesión, algo muy grave, pues la caída del PIB en 3,6 % se da comparando a un mal año como el 2025, cuando también decreció 1,58 %, esto ante el 2024, cuando también cayó 1,12%. De ahí que una torta cada vez más chica se reparte entre una población cada vez más grande…
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Para el BCB, la principal causa de esta debacle fueron los bloqueos de más de 50 días, a lo que se sumó la escasez de combustibles y dólares. Si bien destaca que la minería registró un crecimiento positivo, que la agricultura, ganadería, silvicultura y pesca también, gracias a la cosecha anterior, por los bloqueos, los productores fueron afectados en su liquidez, además, por la falta de insumos para la campaña de siembra.
Ahora, si bien ciertas actividades del sector servicios tuvieron un desempeño positivo, la construcción fue de las más golpeadas por los bloqueos y la menor inversión pública.
El transporte, las comunicaciones, el comercio y la industria manufacturera decrecieron, tanto por los bloqueos como por la falta de combustibles, llegando a parar fábricas, dada la ausencia de materias primas. Las actividades financieras, seguros e inmobiliarias, alojamiento y servicios de comidas y bebidas, y actividades comunales y sociales sufrieron también.
Hay que añadir a ello –como en su momento informara el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE)– la caída del volumen tanto de las exportaciones como de las importaciones, atribuible principalmente a los bloqueadores y subsidiariamente a la carencia de combustibles y dólares, algo que redundó en un menor ingreso de divisas y el encarecimiento de los productos importados.
Y aunque se espera un repunte de las exportaciones desde julio con la salida de productos que no pudieron hacerlo durante los bloqueos, las perspectivas no son alentadoras pues el consumo podría seguir cayendo por la pérdida de empleos e ingresos, así como por la baja de la inversión si no mejora la seguridad jurídica.
Pero hay algo más doloroso en el Reporte del BCB: a junio de 2026, la población ocupada cayó en más de 200.000 personas y la población inactiva subió casi en otras 200.000, a lo que se suma el aumento de la subocupación, la subutilización laboral y la precarización del empleo, algo que se viene dando por el aumento de la informalidad desde el inicio de la crisis de Balanza de Pagos.
Según el BCB, en junio de 2026 la población ocupada en el sector informal del área urbana era de 3,2 millones de personas. En 2025 un total de 5,4 millones de personas estaban por debajo de la línea de pobreza –casi un millón más que en 2024– esto por la inflación que el pasado año superó el 20 %. El problema es que podría subir a 5,7 millones si se dispara la inflación, afectando a quienes dedican la mayor parte de su gasto a comprar alimentos.
Consumada esta tercera caída consecutiva del PIB, cabe preguntarnos ¿qué futuro estamos construyendo para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos?
Tenemos territorio, recursos naturales, tierras productivas, bosques, agua, biodiversidad, minerales, hidrocarburos, posibilidades de energía renovable y turismo, así como empresarios y trabajadores que producen hasta en condiciones adversas, pero no transformamos todo ese potencial en millones de empleos dignos para combatir la pobreza en Bolivia.
Pareciera que hay quienes desean lo contrario. Mientras los bloqueadores de siempre, los torpes políticos y las malévolas ONG sigan oponiéndose a ello, seguiremos repartiendo una torta cada vez más pequeña entre una población más grande…
¡Bolivia no puede seguir sufriendo así! Precisamos crear riqueza y construir dignidad. Aún estamos a tiempo, pero el tiempo se está acabando. Si Dios nos dio un país rico en recursos y posibilidades de desarrollo ¿podemos cometer el pecado de convertir esa bendición en pobreza, solo por la falta de visión, unidad y decisión? ¡No, mil veces, no!
Gary Rodríguez es economista y magíster en comercio exterior.
