La historia se inicia el año 1959, cuando Fidel Castro toma el poder en la isla de Cuba, después de combatir a la dictadura del general Fulgencio Batista por cerca de cuatro años, mediante una guerra de guerrillas que se estableció en las montañas de la Sierra Maestra, como foco principal de esa resistencia armada.
Desde un inicio, su inclinación antinorteamericana y su inocultable adherencia a la Unión Soviética que subsidiaba sus veleidades comunistoides y aventuras de un foquismo guerrillero en toda la región, marcaron el triste destino de ese lance.
Las múltiples, como extravagantes aventuras armadas promovidas, por esa triste y quijotesca ilusión de una utópica liberación antiimperialista, pronto cundió en la codiciada Venezuela, cuando un 23 de enero de 1959 Rómulo Betancourt, en su condición de presidente electo, sostuvo una reunión con Fidel Castro, quien venía al país a propósito de la celebración del día en que cayó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. En dicha reunión Castro le pidió un préstamo y le propuso un acuerdo en el que Venezuela vendiera petróleo a Cuba a precio preferencial, propuesta que Betancourt negó rotundamente y esa fue razón suficiente para que en 1961, Fidel Castro empezara a financiar grupos subversivos en Venezuela.
En noviembre de 1961 Venezuela y Cuba rompieron relaciones diplomáticas oficialmente. por este motivo, Betancourt respaldó la propuesta estadounidense, en una reunión de la OEA en Costa Rica, de expulsar a Cuba de ese organismo. Este cometido se logró, pero su propio canciller Ignacio Arcaya se negó a obedecer y se abstuvo en la votación final, por lo que fue destituido. En vísperas de las elecciones generales de 1963, el gobierno venezolano capturó un cargamento de armas con destino a las guerrillas del Estado Falcón, dejado por los cubanos.
Luego de la ruptura de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Venezuela, se generó una serie de protestas llevadas a cabo por simpatizantes del gobierno cubano en diversas ciudades de Venezuela, Los izquierdistas venezolanos, y especialmente los comunistas, llegaron a la conclusión, no muy diferente a la de los oficiales que conspiraron contra Betancourt, de que la «revolución» de 1958 había sido secuestrada en su momento más popular y efervescente y que debían intentar repetir la revolución cubana en Venezuela. Betancourt puso a su Ministro del Interior, Carlos Andrés Pérez a cargo de la represión de los subversivos, quien desempeñó un papel clave y decisivo en la temprana respuesta y en la definitiva derrota del movimiento guerrillero cubano.
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Ante la recurrencia de tantos fracasos infligidos, Fidel Castro, encaprichado en su irracional quimera y lejos de renunciar a ese absurdo foquismo, persistió en su afán de exportar su revolución, recibiendo las más cruentas derrotas, tanto en el África, como en Bolivia, donde culminó su desastrosa tarea guerrillera con la muerte del Che Guevara.
Tras la caída del Muro de Berlín y consiguiente derrumbe del comunismo en la ex Unión Soviética, fue inminente la orfandad económica que amenazaba a la isla de Cuba, razón por la cual Fidel Castro decidió sustituir el apoyo que recibía del Bloque Oriental, por el de una transnacional latinoamericana y, cambiando radicalmente su estrategia, creó el Foro de Sao Paulo, con la complicidad de Luiz Inazio Lula da Silva, a la sazón, jefe del Partido de los Trabajadores del Brasil (PT), organización que contaba con una nutrida bancada parlamentaria. Entretanto, esa nueva organización criminal duró lo que duró Fidel y a esta hora los latinoamericanos hemos cambiado en 180º la zurdopatía que nos gobernaba desde hace más de un cuarto de siglo, quedando sólo el Brasil, que esperamos este próximo domingo confirme la derrota de Lula y el Fin de la Utopía Castrista.
Álvaro Riveros Tejada
