Un médico nazi analizó en 1940 los tatuajes de los prisioneros del campo de concentración de Buchenwald


En aquel campo de concentración, a tan solo ocho kilómetros de Weimar (Alemania), había alguien que sí podía verse su rostro en un espejo y que además estaba obsesionado con la piel de los demás. Era Erich Wagner, uno de los médicos de Buchenwald. Había nacido en 1912 en Chomutov, una pequeña ciudad de mineros del carbón en la actual República Checa. Y, con 28 años, Wagner firmó la que es, posiblemente, la tesis doctoral más perversa de la historia.
El 6 de septiembre de 1939, el médico ingresó como jefe de asalto en las Waffen-SS, el brazo armado del Partido Nazi. Cinco días antes, había comenzado la Segunda Guerra Mundial, con la invasión alemana de Polonia. En el campo de concentración de Buchenwald ya había unos 10.000 judíos desde la Noche de los cristales rotos, el 9 de noviembre de 1938, cuando un estallido de violencia contra los hebreos acabó con miles de ellos detenidos por toda la Alemania nazi. En su estreno como médico del campo, Wagner aplicó la inyección letal a un grupo de gitanos que sufría una leve enfermedad contagiosa, según consta en los documentos del memorial de Buchenwald. Y en 1940 comenzó su gran obra: una tesis doctoral titulada Sobre el tema del tatuaje.
Una empresa estadounidense de coleccionismo de material nazi, USM Books, con sede en Rapid City (Dakota del Sur), pone ahora a la venta por 995 dólares (835 euros) un ejemplar original de aquel macabro trabajo. La tesis, de 51 páginas ilustradas con 30 imágenes, analiza los tatuajes de 800 personas según su “raza y nacionalidad”, su educación y su “pasado criminal”. Contiene fotografías de prisioneros desnudos en Buchenwald, de pie y con la mirada perdida, mostrando sus tatuajes de mujeres sin ropa, dibujos de penes, soldados a caballo e iconos de la época, como el ya entonces célebre Mickey Mouse, creado por Walt Disney en 1928.Tras la liberación de Buchenwald, el 11 de abril de 1945, uno de los prisioneros supervivientes, el ingeniero químico austriaco Gustav Wegerer, recordaría: “El doctor Wagner, médico de las SS, trabajó en una tesis doctoral sobre los tatuajes. Sorprendentemente, todos los prisioneros a los que ordenó acudir a su consulta murieron. Y sus tatuajes fueron arrancados. No es arriesgado asumir que fueron liquidados por él en el edificio del hospital”.Cuando Semprún salió vivo de Buchenwald y empezó a hablar con un joven oficial francés del ejército aliado, arrancó su relato por algo desconcertante: las sesiones de cine organizadas por los mandos de las SS los domingos por la tarde. En un barracón al lado de la enfermería de Wagner, los presos veían comedias musicales de cine mudo, contaba Semprún como resumen de sus dos años en el infierno, sin mencionar los cadáveres que salían por la chimenea. El militar francés no entendía nada. «Cualquiera podría haberle narrado el crematorio, los muertos por agotamiento, los ahorcamientos públicos, la agonía de los judíos en el Campo Pequeño, la afición de Ilse Koch por los tatuajes en la piel de los deportados», rememoraba satisfecho Semprún.
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