La Casa de la Moneda


 

Todas las mañanas camino al colegio Franciscano, solía pasar por la Casa de la Moneda, una puerta metálica siempre abierta mostrando un patio con adoquines de piedra, un corredor en su segundo piso y en la parte central ”el mascarón de la Moneda” un rostro quéchua en cerámica mostrando al indio Huallpa descubridor de la plata del Cerro Rico a pocos kilómetros de la Villa Imperial.



Las mamás solían asustar a sus pequeños con el mascarón. Lo vamos a llamar para que te lleve si te portas mal. Los niños sentían por esa imagen miedo y curiosidad y poco a poco se enteraban de la historia de Huallpa, del Cerro de la Plata, de Potosí y de Bolivia.

Personalmente me tomó varios años y ya fuera de Potosí, comprender la importancia de ese caserón, famoso mundialmente porque dentro se conservan todavía las grandes prensas donde España acuñó las monedas de plata rosicler que como Valor de cambio revolucionó el universo de transacciones comerciales y le dio un cariz diferente al intercambio financiero. Las monedas potosinas se expandieron por todo el mundo empezando por Iberia, se convirtieron en el respaldo metálico de todo tipo de transacciones y con ellas España alcanzó a pagar viejas deudas a Italia, Alemania, Inglaterra, Bélgica y Holanda. El brillo argentado de aquel dinero dio la vuelta al mundo y llegó inclusive a China y Rusia que utilizaron ”los enclaves diplomáticos de Philipinas” donde tenía lugar un activo intercambio, a pesar de las limitaciones que el Reino Unido les tenía impuestas ya que no podían transportar  mercancías físicamente ni siquiera navegar por América Latina.

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No extraña por ello que un potosino estudioso, culto, acucioso, hubiese concebido y logrado plasmar la idea de convertir a la Casa de la Moneda en un museo vivo del pasado colonial de Potosí, de su extraordinaria riqueza, del portento que significó el metal salido de sus entrañas y que había refenomizado el rol de la Villa en el nacimiento de la industria minera, fuente de prosperidad y grandeza de los ”Barones del estaño Hochschild, Patiño y Aramayo” erigidos en los regentes de la República nacida en agosto de 1825. Surge así la señera personalidad de Armando Alba, líder cívico, embajador, ministro de Estado, fundador y mantenedor del Museo que dirigió personalmente cooperado en su administración por Augusto Torres Delgadillo que ofreció sus servicios contables y planificadores para que la Fundación pudiese prosperar sin tropiezos hasta el final de los días de don Armando que combinó sus desvelos con la escritura y la actividad pública.

Resulta un acierto destacar esta obra que irradia bolivianidad y potosinismo por todo el orbe.