El “momento Isildur”


Emilio Martínez Cardona

En la trilogía de “El Señor de los Anillos”, los lectores de Tolkien y los espectadores de Peter Jackson recordarán la referencia al ancestro de Aragorn, Isildur, rey de Gondor que tiempo atrás venció a Sauron pero que, en vez de arrojar el Anillo Único al fuego del Monte del Destino, decidió conservarlo para sus propios fines, sembrando la semilla para la tragedia de años posteriores.



Clara metáfora del poder, el Anillo Único obra transformando a sus portadores, quienes desarrollan una personalidad obsesiva, soberbia y, finalmente, autodestructiva, al ir perdiendo poco a poco sus rasgos de humanidad, al principio de manera casi imperceptible.

La parábola de Tolkien nos habla de esa capacidad del poder para absorber y subordinar hasta a los más sabios, poniéndolos al servicio de la “razón de Estado” o de cualquier lógica social que se pretenda inevitable y que sea anuladora del libre albedrío.

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En el caso de Isildur, la narrativa nos muestra al cuasi-héroe que falla en su misión, que no consiste sólo en derrotar en batalla al enemigo, sino en acabar con su fuente primaria de poder.

Quien hereda de un modo u otro un importante aparato de control político, puede tener su “momento Isildur” de tentación, acariciando la idea de preservar esa estructura bajo el errado supuesto de que podrá reorientarla hacia objetivos benévolos. Si esa tentación no es desactivada a tiempo, demasiado tarde se verá que el “Anillo Único” (que puede ser un mega-Estado, una centralización gubernamental, una frondosa burocracia o una legislación que otorgue capacidades discrecionales) acabará por devorar el alma de su nuevo portador.

La experiencia histórica universal ha refrendado una y otra vez la teoría liberal de que lo crucial es ponerle límites al poder, más que sólo cambiar a sus timoneles. En nuestro contexto, esto se traduce en la necesidad de comenzar a desmontar las maquinarias de control dirigista y de gasto público erigidas por casi dos décadas.

Con frecuencia, se repite el mantra exculpatorio de que “no se cambia en 100 días lo que se destruyó en 20 años”, pero lo cierto es que hay primeros pasos que ya podrían estar siendo dados, como en el caso del 50/50, no para aplicarlo de la noche a la mañana, pero sí para plantearle al país un plan claro, con metas porcentuales y anuales medibles (por ejemplo, que los gobiernos autonómicos manejen el 30% del presupuesto en el 2027, 40% en el 2028 y 50% en el 2029).

Recordemos que el centralismo no fue creado por el MAS (sí empeorado e hipertrofiado con un Estado elefantiásico), por lo que la tentación de conservar ese “Anillo Único” puede ser fuerte, ya que cuenta con una inercia burocrática de larga data y con una nefasta tradición de trampas, estratagemas y genuflexiones cooptadas. El desafío no es menor y pasa por superar este “momento Isildur” del nuevo gobierno democrático.