Sin debate, sin ideas, sin propuestas ni ideología, la campaña luce miserable, con forajidos y el transfugio como las vedettes de la política.
La oposición ha perdido las esperanzas de conseguir el debate con el presidente/candidato Evo Morales, quien, además de evadir la discusión de su programa de gobierno ha conseguido llevar a sus oponentes a su terreno, donde rebatir, cuestionar o contrastar resulta excesivamente peligroso y contraproducente.
En el arranque, esta campaña ya pintaba para la vergüenza, desde que el MAS anunció que una de las principales fuentes de ingresos para hacer proselitismo iba a ser la coca ilegal del Chapare, lo que equivale a decir que gran parte de esos fondos vienen del narcotráfico. Si bien los opositores hablan de los peligros del desborde de las drogas en el país, ninguno se atreve a plantear aspectos de fondo sobre la coca. Se notan devaneos y ciertos temores a abordar el verdadero peligro que representa para el país el crecimiento ilimitado de los cultivos de coca.
Algo parecido ocurre con la vergonzosa repartija de dinero en los colegios a los niños de primaria, dizque para reducir la de-serción escolar. Este acto proselitista duro y puro del Gobierno no ha merecido el tratamiento correspondiente, no para cuestionar el verdadero sentido del bono Juancito Pinto, que debería ser entregado en forma de libros, cuadernos, vestimenta o de alguna manera que incentive no sólo la asistencia a clases sino también el rendimiento escolar, sino para censurar el hecho descarado de entregar dinero en efectivo para “que lo gasten como deseen”, tal como les dijo el vicepresidente García Linera a un grupo de estudiantes. Nadie se atreve a discutir la sostenibilidad de los bonos y menos su efecto como paliativo de los pésimos indicadores sociales que aún se mantienen en Bolivia tras cuatro años de populismo. Por el contrario, se escuchan propuestas que hacen pensar que esta enfermedad llamada “bonitis” seguirá inalterable.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
El MAS arrasa con su proselitismo barato de barrabravas y guardaespaldas a los que les dan palestra y micrófono minutos después de haber cambiado de bando. Puro fachada, ausencia de propuestas y la ideología lejos de los discursos. Ni hablar de los “grandes principios”, que se los esconde para no caerle mal a los potenciales votantes que se pretende conquistar. Así, una candidata a senadora por el oficialismo no se atreve a mostrar la wiphala en Santa Cruz porque dice que no le conviene. Es la degradación más infame que se está produciendo de la política y lamentablemente, la oposición se deja llevar por la corriente o, en todo caso, se queda pasmada, sin capacidad de reacción.
El oficialismo matiza campaña típica de “milagrero” de plazuela con extravagancias como el dichoso satélite, la supuesta industrialización del litio y el lanzamiento de una planta de cobre, proyectos que no merecen más que desconfianza, tomando en cuenta el desastre al que ha llevado el Gobierno la industria del gas. Es curioso, pero ni siquiera la más tradicional de las ofertas electorales del pasado –el empleo-, forma parte consistente de las plataformas electorales que están hoy en campaña. No hay quién le hable al país de manera sincera y realista y esa es una costosa factura que tendrá que pagar la democracia boliviana.