
Mientras escribo estas líneas, Bolivia vuelve a sonar como una radio mal sintonizada: bloqueos, amenazas de guerra civil, pedidos de renuncia, incertidumbre económica, discursos cruzados y una estática de fondo que no nos deja escuchar con claridad hacia dónde vamos.
Desde Sucupira (Santa Cruz de la Sierra), tan lejos y tan cerca de los sobresaltos nacionales, abrimos el celular cada mañana con una mezcla de curiosidad y temor, como quien espera el parte médico de un paciente delicado.
En estas condiciones, pensar en un Mundial de Fútbol puede sonar casi frívolo. Un lujo emocional. Un recreo en medio del incendio. Y, sin embargo, quizás por eso mismo lo necesitamos.
Sospecho que este Mundial nos caerá como las lluvias en plena temporada de quemas en Sucupira: no llegarán a apagar las llamas, pero ayudarán a contenerlas. Nos regalarán unas semanas de tregua para fingir que el mundo no está ardiendo por todos lados.
En medio de tanta incertidumbre, tendremos un mes para distraernos con esta pasión inútil que mueve multitudes. Y no será un Mundial cualquiera: será también el Mundial de los adioses, la última función de varias leyendas que durante décadas ocuparon el centro del escenario futbolero.
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Durante un mes discutiremos alineaciones con más pasión que programas de gobierno, sufriremos por selecciones ajenas y volveremos a experimentar ese fenómeno extraño que convierte a millones de personas en técnicos, estadísticos y adivinos de ocasión.
Este Mundial de Fútbol no será solamente el primero con 48 selecciones, ni el más gigantesco, ni el que se jugará en tres países. Tendrá también un ingrediente melancólico: será la despedida mundialista de Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Luka Modrić, Neymar (si supera su lesión) y otros tótems de una generación que nos acompañó durante más de veinte años. Para ellos, el silbato inicial también anunciará el comienzo del adiós.
Los vimos aparecer cuando todavía comprábamos diarios deportivos de papel y discutíamos goles en lugar de algoritmos. Los vimos ganar, perder, lesionarse, reinventarse y envejecer. De algún modo absurdo, ellos también fueron marcando el paso de nuestros propios años.
Quizás por eso este Mundial no trate solamente de quién levantará la copa. Tal vez trate de despedir una época.
Mientras tanto, del otro lado del túnel, ya asoman los herederos. Los muchachos que crecieron viendo videos de esas leyendas en YouTube y que ahora intentarán quitarles el escenario. Como ocurre en la vida, nadie entrega la posta voluntariamente: hay que arrebatársela.
Y en esta inesperada neutralidad que nos impone nuestra condición de espectadores —porque Bolivia, fiel a sus tradiciones, volverá a mirar el torneo por televisión— confieso que espero con cierta ansiedad el debut de Tim Payne.
Sí, Tim Payne. No Mbappé. No Bellingham. No Vinicius. Tim Payne. El hombre que hace dos semanas era un perfecto desconocido y que ahora carga sobre sus hombros la responsabilidad emocional de medio internet.
En una época donde los algoritmos fabrican celebridades antes que los clubes, millones de personas decidieron adoptar como héroe mundialista a Tim Payne, un lateral neozelandés que hasta hace una semana tenía menos seguidores que la pollería de mi barrio.
Un influencer argentino lo declaró “el futbolista menos conocido del Mundial” y las redes hicieron el resto: en cuestión de días pasó del anonimato oceánico a convertirse en una especie de santo patrono de los neutrales, acumulando millones de seguidores, memes y canciones.
Su estreno será nada menos que frente a Irán, el 15 de junio, en Los Ángeles: un partido que, además, viene cargado de tensiones políticas, problemas de visados, cambios de sede y una atmósfera surrealista.
No sé cuánto durará la Payne-manía. Tal vez noventa minutos. Tal vez tres partidos. Tal vez desaparezca apenas ruede la pelota y aparezcan los verdaderos protagonistas. Pero mientras tanto, resulta reconfortante apoyar una causa absurda: sentarse frente al televisor y esperar que un lateral neozelandés, convertido accidentalmente en celebridad global, sobreviva al debut sin que internet lo jubile antes del entretiempo.
Quizás ahí también haya una metáfora de esta época: mientras las viejas leyendas se despiden y los futuros Balones de Oro se preparan para ocupar la escena, el primer fenómeno global del Mundial terminó siendo un defensor neozelandés que nadie conocía. El fútbol sigue produciendo héroes inesperados; la diferencia es que ahora también los fabrica internet.
Y a veces, para convertirse en leyenda, ya no hace falta meter un gol en la final: alcanza con tener 4.715 seguidores y la suerte de cruzarse con un creador de contenidos atrevido.
Por Alfonso Cortez / Desde mi barbecho. Comunicador social.