El MAS destruyó la República


 

Bolivia, quizás nunca será el país de antes, donde indígenas y no indígenas, convivíamos en relativa calma, y no pocas veces, en fraternidad y con un horizonte en común. Borrachos y atolondrados, los masistas de ayer y los de hoy, destilan un odio y racismo visceral con el único y exclusivo afán de retomar el poder político. Pese a lo anterior, tengo aún esperanzas de que todo cambie.



Cuando fui niño criado en la zona de Miraflores de La Paz, recuerdo que tuve muchos amigos indígenas en la zona de las Alasitas, muy cercana a mi hogar. Jugué al fútbol, futbolín y otras cosas, con gente de toda clase y etnia. Y tuve muchos amigos aymaras, quechuas, mestizos, blancos, extranjeros, etc. Aunque siendo niño, joven y luego adulto, estos temas étnicos nunca cobraron atención entre mis amistades, porque en nuestra ingenuidad quizás intuíamos que todos venimos del mismo tronco. Y esto es científicamente incontrastable: todos venimos, ciertamente, de los primeros homínidos que habitaron primero en África. Incluso la Iglesia Católica Romana no se opone a esto.

Pese a estas circunstancias, es cierto que siempre hubo gente malintencionada en todos los bandos: recuerdo, por ejemplo, que siendo infante robaron mi pelota en la calle – lo recuerdo casi como un trauma – y que un muchacho asiático que era mucho más alto que yo, me desafió a los puñetes.

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El país de hoy es distinto. No solamente porque en mi caso sea lejano – son dieciséis años que vivo fuera de Bolivia – sino porque precisamente se llegó a un punto de racismo exacerbado por grupos de facinerosos y malvivientes que debe ser cortado de raíz, y cuyo alimento de vida es vituperar, infamar, coaccionar, y ejecutar acciones violentas inclusive en contra de ciudades enteras.

El gobierno tiene un deber insoslayable: poner freno en seco a toda acción racista o discurso de odio.

Cuando critiqué hondamente la constitución boliviana de 2009, lo hice conocedor de que un grupo hegemónico asumía el mando de la nación, valiéndose de absurdos artificios y simbología ajena a la que siempre tuvimos desde la infancia. Mis primeros recuerdos de la “crispada” política boliviana, sin embargo, datan del año 1985, cuando Paz Estenssoro asumió como presidente. Los mineros protestaron por la nueva política económica implementada, pero años más tarde el país tuvo una estabilización macroeconómica y una relativa paz social.

No imagino lo que habrán vivido mis coterráneos de La Paz tantos años de zozobra durante mi ausencia, y especialmente, estos últimos treinta días. Una pesadilla es poco. Un infierno quizás.

Todo lo anterior, me lleva a replantear el problema de raíz: es la falta de educación en valores cívicos y republicanos lo que hace falta para enderezar el horizonte. Pero también una voluntad política por dar a conocer de qué forma se quebró nuestra República, la convivencia social, y los responsables del descalabro de corte fascista, y en otros casos, estalinista. En otras palabras, no vale sólo hablar de autoritarismo del MAS, sino de poner en la memoria histórica de la nación boliviana, quiénes ejecutaron tales acciones autoritarias, cómo se ejecutó este modelo autoritario, y finalmente, reparar el daño ocasionado.

Mauricio Ochoa Urioste

El autor es abogado.