La versión más peligrosa de un empático


 

 



Ronald Palacios Castrillo.M.D.,PhD.

 

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Por qué la verdadera madurez emocional comienza cuando la amabilidad deja de ser una estrategia de supervivencia y el yo oculto finalmente despierta

¿Alguna vez se han preguntado por qué algunos empáticos se vuelven progresivamente más difíciles de comprender para los demás a medida que maduran? Ya no intentan explicarse en exceso, ya no persiguen cada conexión para mantenerla viva y ya no se presentan de inmediato cada vez que alguien los necesita, como solían hacerlo.

Curiosamente, en lugar de volverse más fríos o distantes, parecen atraer a las personas a través de algo difícil de nombrar. Esa atracción no proviene de ser llamativos ni de intentar demostrar su valía. Parece surgir de algo mucho más profundo, sólido y estable en su interior. Carl Jung sostenía que el verdadero crecimiento no ocurre cuando las personas se limitan a comprender el mundo exterior, sino cuando adquieren el coraje suficiente para descender a las profundidades de su propio inconsciente.

Y para los empáticos, quizá este sea el viaje más infrecuente de todos: la etapa Sophia. Una etapa en la que la mayoría de las personas retroceden antes de alcanzarla verdaderamente.

Recorreremos sutiles, pero profundamente poderosas transformaciones psicológicas para descubrir por qué la versión más peligrosa de un empático nunca ha sido aquella que siente con mayor intensidad, sino aquella que finalmente ha aprendido a sostenerse con firmeza en su propio mundo interior.

Existe una verdad muy silenciosa sobre los empáticos que la mayoría de las personas nunca advierte. Precisamente aquello que los hace fáciles de amar es, con frecuencia, lo mismo que los lleva poco a poco a perderse a sí mismos. Los empáticos poseen la capacidad de sentir las emociones ajenas con tal profundidad que, en ocasiones, no solo comprenden el dolor de otra persona, sino que lo absorben como si fuera propio.

Y antes de que un empático pueda alcanzar la etapa Sophia —etapa que Carl Jung podría describir como la transición de la persona al estado de integridad interior—, casi siempre debe atravesar una máscara muy hermosa: la máscara del empático bondadoso.

Desde muy temprana edad, muchos empáticos aprenden a observar las emociones de los demás con mayor rapidez que las propias. Perciben cambios de tono, frialdad en la mirada o tensión en el ambiente familiar. Y como sienten con tanta intensidad, rápidamente descubren que la paz a su alrededor depende en gran medida de cómo reaccionen.

Si se vuelven un poco más silenciosos, la tensión disminuye. Si aprenden a ceder, los demás se muestran más felices. Y si se convierten en el niño comprensivo, reciben más amor.

Al principio, se trata simplemente de una respuesta adaptativa al entorno. Sin embargo, con el tiempo, esa adaptación se convierte gradualmente en una identidad.

Los empáticos no solo actúan con amabilidad; comienzan a sentir que deben ser siempre amables.

Son elogiados por escuchar bien y cuidar de los demás. Los adultos los describen como maduros para su edad, mientras que los amigos acuden constantemente a ellos en busca de consuelo. Poco a poco, empiezan a vincular su autoestima a su capacidad para hacer que los demás se sientan bien en su presencia.

Carl Jung denominó a esto persona: la máscara social que las personas construyen para ser aceptadas por la sociedad. La persona no es del todo falsa, pues suele originarse como un mecanismo de defensa necesario para sobrevivir en las relaciones. El problema surge cuando alguien olvida progresivamente dónde termina la máscara y dónde comienza el verdadero yo.

Para los empáticos, el mayor peligro no radica en fingir amabilidad, sino en habitar ese rol durante tanto tiempo que ya no saben qué sienten realmente.

Una espectadora llamada Mina compartió que, durante muchos años, casi nunca discutía con nadie. Sus amigos siempre la veían como la persona más gentil del grupo. En cada desacuerdo, era la primera en ceder. Si alguien la lastimaba, buscaba razones para comprenderlo en lugar de expresar sus propios sentimientos.

Ella creía que eso era madurez.

Sin embargo, un día, sentada sola después de una conversación aparentemente ordinaria, tuvo una revelación inquietante: ya no sabía qué le producía verdadera felicidad o incomodidad. Había pasado tanto tiempo ajustándose a los demás que su mundo interior se había convertido en una habitación a la que ella misma rara vez entraba.

Esto es lo que suele ocurrir cuando la amabilidad deja de nacer de la libertad interior y comienza a estar impulsada por el miedo. No se atreven a decir «no» por temor a parecer egoístas, ni a expresar ira porque, de manera inconsciente, asocian la ira con convertirse en una mala persona.

Emociones profundamente humanas como la decepción, la frustración, la resistencia o la necesidad de ser priorizados son relegadas lentamente a las capas más profundas del inconsciente, simplemente porque los empáticos aprendieron que solo serían amados si permanecían fáciles y agradables para todos los que los rodean.

«El privilegio de una vida es llegar a ser quien verdaderamente eres».

 

No obstante, paradójicamente, muchos empáticos dedican la mayor parte de su existencia a convertirse en alguien más fácil de aceptar para los demás, en lugar de llegar a ser ellos mismos.

Se asemejan a un jardín constantemente podado hasta la perfección para satisfacer la mirada de todos los que lo contemplan. No se permite que ninguna rama crezca torcida, ninguna hoja se marchite y todo debe permanecer gentil, armonioso y bello.

Pero cuanto más se esfuerzan por mantener ese jardín perfecto, más se alejan de su ser más natural.

Y esa es precisamente la razón por la que la etapa Sophia se convierte en un lugar al que la mayoría de los empáticos nunca llegan.

Porque antes de que un empático pueda alcanzar la verdadera integridad, debe encontrar el coraje para reconocer que no toda amabilidad proviene del amor.

A veces, lo que parece compasión se construye sobre un miedo mucho más profundo: el temor a que, si dejan de ser la persona comprensiva, la complaciente, aquella que siempre hace sentir cómodos a los demás, nadie permanezca para amarlos.

Finalmente, llega un momento en que esa máscara ya no posee la fuerza suficiente para mantener todo estable.

No porque el empático se vuelva repentinamente frío o cambie, sino porque, después de tantos años intentando mantener la armonía para todos, comienza a sentir dentro de sí algo que se repite de forma demasiado familiar como para seguir ignorándolo.

Y quizá sea aquí donde verdaderamente se abre el camino hacia la etapa Sophia.

Por lo general, este momento no llega en tiempos de paz. Suele iniciarse con un acontecimiento lo suficientemente doloroso como para generar las primeras grietas en la persona con la que el empático ha convivido durante tanto tiempo.

Quizá se trate de una relación a la que entregó todo y que terminó en decepción.

Quizá sea la sensación de ser abandonado por las mismas personas a las que siempre acompañó.

O a veces comienza en una noche cualquiera, cuando de pronto se dan cuenta de que están demasiado exhaustos para seguir reaccionando de la misma manera de siempre.

Lo que hace importante este momento no es el dolor en sí, sino la claridad que comienza a emerger bajo ese dolor.

Por primera vez, el empático ya no percibe estas experiencias como accidentes emocionales aislados. Empieza a comprender que, aunque los rostros cambien, los patrones relacionales resultan extrañamente familiares.

Siempre son ellos quienes escuchan más de lo que son escuchados. Siempre intentan comprender a los demás antes de comprenderse a sí mismos. Siempre permanecen más tiempo del necesario, esperando que con un poco más de paciencia las cosas finalmente cambien.

«Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, este dirigirá tu vida y lo llamarás destino».

Y para muchos empáticos, esta es la primera vez que esas palabras se vuelven aterradoramente reales.