
Si tenemos dos personas que observan la misma calle desde una ventana, frente a la cuál pasan los mismos automóviles, los mismos transeúntes y se recorta el mismo paisaje, cuando se les pregunta qué han visto, las respuestas suelen ser distintas. Quizás uno recuerde a la anciana que caminaba lentamente por la vereda y el otro mencione al niño que jugaba con una pelota. O mientras el primero nos hable del cielo gris, el segundo alabe el verde césped del vecino. Ambos se enfrentaron al mismo escenario, pero cada uno construyó una experiencia perceptual diferente.
Crecimos creyendo a pies juntillas que la percepción era una especie de fotografía neutral del mundo, considerando los sentidos como ventanas transparentes a través de las cuales ingresaba la realidad. La objetividad ha sido el mantra que sostiene nuestra fé en la razón y la modernidad, a pesar de que desde hace mucho tiempo la neurociencia y algunas corrientes filosóficas han coincidido en concluir que no vemos las cosas como son, sino como somos.
Cuando un estímulo entra por nuestros sentidos no llega directamente a la conciencia. Antes atraviesa circuitos neuronales relacionados con la memoria, las emociones, las experiencias acumuladas durante toda una vida. Lo que finalmente percibimos no es únicamente el objeto que está frente a nosotros, sino también todo aquello que hemos vivido, aprendido, amado, temido y olvidado. Mucho antes de que existieran los escáneres cerebrales, el filósofo prusiano Immanuel Kant había concluido que jamás accedemos a la realidad tal como es, pues lo único que conocemos son los fenómenos, es decir, la realidad filtrada por las estructuras de nuestra mente.
La idea revolucionó la filosofía moderna porque desplazó el foco desde el exterior hacia la interioridad del observador. El conocimiento dejó de ser una simple acumulación de datos externos para convertirse en una interacción permanente entre el individuo y aquello que observa. Y más de dos siglos después, la ciencia parece darle la razón. Una cuestión que va mucho más allá de la filosofía, pues tiene consecuencias concretas para la vida cotidiana y para la forma en que nos relacionamos con los demás.
En tiempos de polarización, solemos actuar como si nuestras opiniones fueran verdades absolutas. Nos resulta difícil aceptar que detrás de una interpretación diferente puede existir simplemente una experiencia distinta de la realidad. El poeta español Ramón de Campoamor resumió esta condición humana al escribir:
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«Nada es verdad ni mentira,
todo es según el color
del cristal con que se mira.»
La psicología contemporánea habla de sesgos cognitivos, esos atajos mentales que permiten al cerebro procesar enormes cantidades de información sin agotarse. Gracias a ellos tomamos decisiones rápidas y damos sentido al mundo. Sin embargo, esos mismos mecanismos pueden conducirnos a errores pues tendemos a buscar información que confirme nuestras creencias previas. Recordamos con mayor facilidad aquello que coincide con nuestras ideas, interpretando las acciones ajenas según nuestras expectativas. En ocasiones llegamos a convencernos de que nuestras conclusiones son casi Perogrullo, cuando en realidad son apenas una interpretación posible entre muchas otras.
Daniel Kahneman, psicólogo y premio Nobel de Economía, sostiene que una de las habilidades intelectuales más valiosas que debería cultivar el ser humano consiste en aprender a cambiar de opinión. Lo que no es fácil, pues nuestro cerebro está diseñado para encontrar coherencia, no necesariamente verdad. La certeza proporciona seguridad emocional mientras la duda exige esfuerzo. Sin embargo, reconocer nuestras limitaciones perceptivas puede transformarse en una poderosa herramienta de convivencia.
Existe un concepto relativamente reciente llamado sonder, acuñado por el escritor John Koenig, que describe ese instante en que comprendemos que cada persona que nos rodea posee una vida interior tan compleja como la nuestra. Cada desconocido que pasa por la calle carga una historia propia, preocupaciones, recuerdos, pérdidas, esperanzas y proyectos que jamás conoceremos completamente. La experiencia resulta vertiginosa, pues nos hace comprender, al fin, que no somos los únicos protagonistas de la historia. Un descubrimiento que nos obliga a abandonar el centro del escenario y a reconocer la existencia de otros mundos interiores. Nos recuerda que nuestras interpretaciones no son las únicas posibles.
Pero sería un error concluir que todo es relativo o que la realidad no existe. El mundo está ahí, independiente de nosotros. Las montañas, los océanos, las leyes físicas y el paso del tiempo continúan existiendo, a pesar de la presencia del observador. Lo que cambia es como vivimos la experiencia perceptual, pues vivimos en una época que está obsesionada con las opiniones y cada vez está menos interesada en comprender los mecanismos que las producen. Quizás por eso la lección más importante que ofrecen la neurociencia y la filosofía sea de humildad intelectual. Aceptar que vemos el mundo a través de filtros no debilita nuestro pensamiento, lo fortalece, ya que nos vuelve más prudentes al juzgar, más flexibles al debatir y más capaces de escuchar.
Quizás sea primordial entender que la verdadera sabiduría no consista en creer que poseemos la verdad, sino en reconocer que apenas alcanzamos a contemplar una parte de ella. Que detrás de cada mirada existe un universo entero intentando comprender el mismo mundo.
Por Mauricio Jaime Goio.