Para las generaciones de jóvenes bolivianos que hoy discuten sobre la modernización del Estado, la inteligencia artificial en la medicina o la digitalización de los servicios de salud, los primeros años de la década de los 80 pueden parecer una era remota, difuminada en los libros de historia. Sin embargo, en este momento crucial de reconstrucción nacional, mirar hacia atrás no es un ejercicio de nostalgia; es una necesidad urgente para entender de dónde venimos y, sobre todo, para recordar qué somos capaces de lograr cuando la política se pone al servicio de la vida.
Veníamos de 18 años de dictaduras militares. El país que recibió el gobierno de la Unidad Democrática y Popular (UDP) en 1982 estaba quebrado económicamente por la hiperinflación y fragmentado socialmente por el miedo. Las instituciones eran cascarones vacíos y el sistema de salud pública, un privilegio casi exclusivo de las áreas urbanas. En ese escenario de asfixia, surgió una de las epopeyas sanitarias más disruptivas de América Latina, liderada por un hombre que encarnó como pocos la figura del auténtico humanista: el Dr. Javier Torres Goitia Torres.
Nacido en Chuquisaca en 1922 y fallecido en La Paz en 2021 a los 99 años, la vida de Torres Goitia Torres estuvo marcada por una actividad intelectual extraordinariamente fructífera que se extendió casi un siglo. Como Ministro de Previsión Social y Salud Pública, no fue un burócrata de escritorio ni un técnico frío. Su visión de la medicina social no nació de la teoría abstracta, sino de una coherencia de vida impecable. Desde su temprano tránsito por la política estudiantil universitaria, su posterior liderazgo en las luchas gremiales médicas y su rigurosa formación profesional como pediatra, entendió que el acto médico es, fundamentalmente, un acto político y profundamente humano. Su premisa como ministro fue revolucionaria: “La salud no se mendiga, se conquista”.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Bajo su conducción, el Ministerio invirtió la lógica tradicional de la cooperación. Ya no se trataba de que la población acatara sumisamente las órdenes de los técnicos; se trataba de que el Estado y los profesionales médicos cooperaran con las organizaciones sociales —vecinales, mineras y campesinas— en la gestión de sus propios derechos. Así nacieron los Comités Populares de Salud y las Movilizaciones Populares por la Salud. Aquella juventud de los 80, junto a sus familias, se organizó en células locales de cogestión. Sin recursos económicos, pero con una densidad organizativa implacable, Bolivia logró hitos epidemiológicos históricos: se arrinconó al sarampión y a la poliomielitis, y se derrotó al bocio endémico que afectaba a más del 65% de la niñez escolarizada, mediante una fiscalización social estricta de la yodación de la sal.
La semilla institucional de las grandes reformas
Lejos de ser un experimento pasajero, la experiencia colectiva y descentralizada de 1983 se convirtió en la principal fuente de inspiración doctrinaria para las transformaciones que modernizarían el Estado boliviano una década después. La audacia de Torres Goitia Torres abrió el camino conceptual para la promulgación de la histórica Ley de Participación Popular de 1994, la gran Reforma de Salud y la creación del Nuevo Modelo Sanitario de ese mismo año, los cuales rescataron la cogestión comunitaria para municipalizar la salud pública.
Más aún, el enfoque de priorizar el binomio madre-niño sentó las bases para el diseño del Seguro Nacional de Maternidad y Niñez (SNMN), que luego evolucionaría hacia el Seguro Básico de Salud (SBS) y, finalmente, consolidaría el Seguro Universal Materno Infantil (SUMI). Este andamiaje institucional, heredero directo de las luchas de los años 80, se erigió como el primer sistema público de salud en América Latina con un esquema de financiamiento sostenible, garantizado por ley a través de la coparticipación tributaria municipal.
Toda esa acumulación de saberes, de resiliencia comunitaria y de ingeniería financiera —que demostraron que Bolivia podía combinar la rigurosidad técnica con la participación social— constituyó la verdadera columna vertebral del sistema sanitario nacional antes de la fractura y el colapso del viejo sistema político en la crisis del Golpe de octubre de 2003.
¿Por qué es vital que la juventud de hoy conozca la obra de Torres Goitia Torres?
Porque la historia no empezó ayer. Hoy que el debate público exige eficiencia institucional, la articulación de los sectores públicos y privados a nivel local, y la digitalización de los procesos administrativos de salud, debemos entender que la tecnología es solo una herramienta. El verdadero motor de la salud pública es, y siempre será, el compromiso humano, la solidez intelectual y la participación activa de la sociedad.
La experiencia de 1983-1985 nos demuestra que la reconstrucción de un país no se logra desde el aislamiento o el revanchismo, sino devolviendo el protagonismo a la gente. Recordar al Dr. Javier Torres Goitia Torres —el pensador, el dirigente, el médico humanista y el arquitecto invisible de nuestros seguros públicos institucionales— es recordar que los grandes avances de nuestra salud se cimentaron en la firmeza democrática y la audacia técnica.
En este momento crucial, Bolivia necesita una reconstrucción democrática basada en experiencias probadas; no para copiarlas mecánicamente, porque las condiciones coyunturales actuales son profundamente diferentes, sino para analizarlas, conocerlas y construir lo nuevo sobre la base sólida de lo que ya se probó y fue exitoso.
Esta experiencia de hace cuatro décadas nos demostró que el motor del verdadero cambio reside en el nivel local. La Participación Popular creada en 1994, al igual que las Movilizaciones Populares por la Salud de 1983, confirmó que la dinámica popular del desarrollo territorial posee un enorme poder transformador y sostenible.
Tan vigente es este principio que las potencias globales continúan acudiendo a él: recientemente, el nuevo Primer Ministro británico ha subrayado que el núcleo de su estrategia nacional pasa por descentralizar el poder y trasladar la fuerza del desarrollo hacia el nivel local. Múltiples Estados en el mundo comprenden hoy que la solución a los grandes problemas públicos empieza en las comunidades y los municipios.
Esta necesidad trasciende la salud. En un artículo reciente, el analista Rolando Mendoza planteaba la urgencia de buscar alternativas frente al agotamiento del “rentismo gasífero”, proponiendo enfocar esfuerzos en el turismo comunitario (en Uyuni, el Lago Titicaca, las Misiones o el Madidi) y en nuevas estrategias energéticas desde lo local. La lección de fondo es exactamente la misma: el desarrollo y la estabilidad de Bolivia se reconstruyen de abajo hacia arriba.
Esa es la lección imprescindible para los jóvenes que hoy tienen en sus manos el diseño de la Bolivia del futuro.
