Todos hemos asistido a esta escena. Durante un almuerzo familiar o en un grupo de WhatsApp, alguien pregunta por qué subió el dólar, cómo funciona la inteligencia artificial o cuál es el tratamiento adecuado para una enfermedad. Y entonces ocurre el milagro contemporáneo: en menos de treinta segundos aparecen un economista, dos abogados constitucionalistas, tres epidemiólogos, un estratega militar, un experto en geopolítica y un entrenador de la selección nacional. Nadie duda. Nadie pregunta. Nadie admite no saber.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Internet logró una hazaña extraordinaria: puso casi todo el conocimiento humano al alcance de cualquier persona con un teléfono celular. El problema comenzó cuando confundimos el acceso a la información con la posesión del conocimiento. Como si leer tres publicaciones, ver un video de dos minutos o pedirle un resumen a ChatGPT alcanzara para dominar un tema.
Suele ocurrir al revés: cuanto más conoce alguien una disciplina, más consciente es de todo lo que ignora. Los científicos viven rodeados de incertidumbres. Los buenos médicos saben que dos pacientes nunca son exactamente iguales. Los historiadores desconfían de las explicaciones demasiado simples.
Quienes apenas rozan un asunto, en cambio, suelen expresar las mayores certezas. La psicología ha estudiado ese espejismo: quienes dominan poco una materia pueden sobrestimar su capacidad, entre otras razones porque todavía no poseen las herramientas necesarias para reconocer sus propios errores.
Hace veinticinco siglos, Sócrates convirtió el reconocimiento de la propia ignorancia en una forma de sabiduría. La idea llegó hasta nosotros resumida en una frase que todavía incomoda: “Solo sé que no sé nada”. Reconocer los límites del propio conocimiento no era ignorancia, sino inteligencia. El primer paso para aprender consiste en aceptar lo que todavía no sabemos.
Si Sócrates apareciera hoy en un debate televisivo, lo acusarían de tibio. Le reprocharían falta de convicciones. Algún panelista sentenciaría: “Hay que animarse a decir las cosas”. La duda perdió prestigio y la seguridad con que se afirma algo terminó por importar más que su veracidad.
Cuando nadie acepta la posibilidad de equivocarse, la conversación se convierte en competencia. Antes, al menos, fingíamos discutir para entender. Ahora discutimos abiertamente para ganar.
No escuchamos para descubrir si el otro tiene un argumento mejor, sino para encontrar el error que nos permita derrotarlo. Esperamos nuestro turno para responder, no para comprender. Cambiar de opinión dejó de verse como un signo de honestidad intelectual y empezó a parecerse a una derrota.
Muchas de las grandes ideas de la humanidad nacieron de alguien dispuesto a aceptar que podía equivocarse. La ciencia avanza corrigiendo errores. La filosofía, desconfiando de las respuestas definitivas. Incluso las relaciones personales mejoran cuando alguien tiene el coraje de decir: “Tenías razón. No lo había pensado de esa manera”.
Hoy cualquiera se siente autorizado a explicar el mundo. Lo verdaderamente raro es encontrar a alguien capaz de decir: “No lo sé”. Más raro todavía: “Me equivoqué”.
Alfonso Cortez
Comunicador Social
