En los últimos días, se han acumulado hechos que no pueden pasar desapercibidos. Uno de los principales aliados del Gobierno ha roto públicamente con el Presidente, denunciando corrupción e ineficiencia. La economía continúa transmitiendo señales de incertidumbre. Persisten las dificultades para garantizar el abastecimiento de combustibles, con el riesgo de afectar la producción nacional de alimentos. Nuevos escándalos golpean la confianza ciudadana. Evo Morales aparece en el Chapare conversando amenamente con efectivos policiales mientras sobre él pesa un mandamiento de aprehensión, proyectando la imagen de un Estado cuya autoridad continúa siendo desafiada. Y, en un foro público, se llegó al extremo de solicitar al Ministro de Economía una copia del programa de gobierno.
Esos hechos, vistos en conjunto, conducen a una pregunta: ¿Hacia dónde vamos?
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El resultado electoral fue un mandato mayoritario para dejar atrás la forma de ejercer el poder que marcó al país durante dos décadas. No se trataba únicamente de cambiar de Presidente. Se esperaba un cambio en la manera de gobernar, en la transparencia, en la fortaleza de las instituciones, en la eficiencia de la gestión y en la capacidad de ofrecer un horizonte claro.
Por eso, las declaraciones de Samuel Doria Medina no pueden tomarse como un simple episodio político. Cuando uno de los principales aliados del Gobierno afirma que se aleja por razones éticas y denuncia corrupción e ineficiencia, la respuesta no debería limitarse a administrar la crisis. Debería llevar a una profunda reflexión sobre el rumbo que se está siguiendo.
Cuando, en un foro público, el economista y figura política, Jaime Dunn llegó a solicitar al Ministro de Economía una copia del programa de gobierno, deja de ser una simple pregunta. Se convierte en un síntoma. Revela una inquietud sobre la dirección que está tomando el país.
Los gobernantes pueden equivocarse. Todos lo hacen. Lo que distingue a unos de otros es su capacidad para escuchar las señales de la realidad y corregir el rumbo antes de que la pérdida de confianza se vuelva irreversible.
Y esa responsabilidad adquiere hoy una dimensión aún mayor.
Mientras el Gobierno enfrenta estos desafíos, el masismo continúa buscando capitalizar cada error, cada frustración y cada desencanto para reconstruir una alternativa de poder. El mayor riesgo no es únicamente el desgaste de un gobierno. Es que la decepción termine debilitando el mandato de cambio que los ciudadanos expresaron en las urnas.
Los gobiernos tienen derecho a discrepar de sus críticos. Lo que no deben hacer es asumir que toda crítica proviene de la mala fe o de una oposición irreductible. Cuando las advertencias vienen de antiguos aliados, de sectores independientes, de analistas serios, de ciudadanos comunes e incluso de personas que apoyaron el cambio, lo prudente no es descalificarlas; es preguntarse qué parte de ellas merece ser escuchada.
El peor enemigo de un gobernante no suele ser la oposición, sino el autoengaño.
Es el rodearse únicamente de quienes confirman que todo marcha bien. Es creer que cada cuestionamiento responde a una conspiración y no a una preocupación legítima. Es cerrar los oídos cuando la realidad comienza a decir algo distinto de lo que le dicen quienes lo adulan.
Porque llega un momento en que los gobiernos ya no pierden contacto con la oposición. Pierden contacto con la sociedad. Y cuando eso ocurre, las decisiones dejan de responder a la realidad para reflejar únicamente la percepción que el propio poder tiene de sí mismo.
El destino colectivo que hoy se juega es demasiado importante para ponerlo en riesgo por la vanidad de creer que todo está bien o por la tentación de considerar que toda voz crítica proviene, inevitablemente, de un adversario político.
Cada vez resulta más evidente que existe una desazón creciente en amplios sectores de la sociedad. Ignorarla no hará que desaparezca. Escucharla, comprenderla y actuar en consecuencia puede ser la mejor manera de recuperar la confianza ciudadana, antes de que el mandato de cambio termine consumiéndose entre la frustración y el desencanto.
El verdadero fracaso de un gobierno no comienza cuando recibe críticas. Comienza cuando deja de escucharlas.
