Muere Harald de Noruega, el rey sin rival en popularidad que encarnó la Monarquía del Bienestar y las libertades


El soberano ha contado de forma casi invariable con el apoyo del 85% de sus conciudadanos desde su llegada al trono en 1991. Sólo los recientes escándalos de Mette-Marit y de su hijo Marius han dañado seriamente la imagen de la institución

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[Foto: Hola] / Harald V, rey de Noruega

El rey Harald V de Noruega, hasta ahora decano de los monarcas europeos, falleció este viernes a los 89 años, anunció el Palacio real.

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«Con profunda tristeza anunciamos que Su Majestad el rey Harald nos dejó el día de hoy. El rey Harald falleció apaciblemente en el hospital nacional (Rikshospitalet) el viernes 28 de agosto, a las 6:35 horas, escribió el Palacio en un comunicado.

La intensa vida de Harald, el tercer monarca en la historia moderna del país escandinavo desde su independencia en 1905, quedó marcada por un desgarrador acontecimiento histórico del que él seguramente no guardaría recuerdo alguno. Porque cuando el 9 de abril de 1940 las tropas alemanas del Tercer Reich invadieron Noruega, Harald apenas contaba con tres años -había nacido en Asker, actual suburbio de Oslo, el 21 de febrero de 1937-. Y, sin embargo, aquella jornada determinaría el futuro de la dinastía y sin duda de su reinado varias décadas después.

Ocupaba entonces el trono noruego su abuelo Haakon VII, quien había sido proclamado soberano por elección popular con el naciente país tras la pacífica disolución del Reino Unido de Suecia y Noruega. Y Haakon VII no titubeó ni un instante ante el avance de las botas nazis. Se jugó el pellejo al oponerse frontalmente a la invasión y rechazó de plano los planes de Berlín, como se negó a reconocer al colaboracionista Vidkun Quisling como primer ministro, el político títere que ejerció como ministro presidente aupado por las fuerzas de ocupación durante el conocido como Gobierno nacional. Haakon VII tuvo el respaldo del Ejecutivo democrático y de las principales fuerzas del Parlamento, y se improvisó a marchas forzadas un plan de evacuación para impedir que la familia real cayera en manos del ejército nazi.

El monarca y su Heredero, el futuro Olav V, pudieron escapar a Londres, donde permanecieron hasta la capitulación del régimen de Hitler, al frente del Gobierno de resistencia en el exilio. Por su parte, la madre de Harald, la entonces princesa heredera consorte Marta, logró huir la misma noche de aquel 9 de abril de 1940 a la vecina Suecia, su patria natal, llevándose consigo a sus tres pequeños hijos: las princesas Ragnhild y Astrid, y el príncipe Harald, para quien en la cortedad de su edad todo aquello debió de ser poco más que una aventura. Posteriormente, los cuatro se acomodaron en Estados Unidos, por ser un refugio más seguro, invitados por el presidente Franklin D. Roosevelt, donde pasaron el resto de la Segunda Guerra Mundial.

Harald, de joven, junto a su padre y su abuelo, el rey Haakon VII.
Harald, de joven, junto a su padre y su abuelo, el rey Haakon VII.Getty

Cuando, el 8 de mayo de 1945, la familia real al completo desembarcó en el Honnørbrygga, el Muelle de honor del puerto de Oslo, una multitud de ciudadanos les recibieron con entusiasmo, felices por la derrota de Hitler, y con el reconocimiento de la heroicidad de su dinastía y sobre todo de su firme compromiso con la democracia y las libertades, a diferencia de lo que sucedió con algunas otras familias reales que confraternizaron con el nazismo.

De ahí se estableció una comunión entre el pueblo noruego y la Monarquía, como símbolo del pluralismo, de la soberanía nacional y de los derechos individuales, que llega hasta nuestros días. Harald creció inspirado por esos principios grabados a fuego en la Corona noruega. Y, cuando le correspondió asumir el trono, no tardó en hacer gala de sus fuertes convicciones democráticas y de la importancia que tiene en nuestros días que los reyes europeos sean tanto fieles garantes de la Constitución y de la unidad nacional, como antídotos contra todo populismo extremista.

Enorme respaldo popular

Tan bien ha cumplido Harald V sus funciones como monarca parlamentario de Noruega, que a lo largo de su reinado ha mantenido casi invariables índices de popularidad cercanos al 85%, lo que le convertía no sólo en el rey con más apoyo de sus conciudadanos en todo el continente, sino también probablemente en uno de los jefes de Estado más respaldados del globo.

Harald, como se ha dicho, fue el único hijo varón de los entonces príncipes herederos Olav y Marta. Aunque cuando llegó al mundo ya habían nacido sus dos hermanas, la Ley Fundamental que regía estipulaba que sólo los varones podían acceder al trono, por lo que recibió la educación que correspondía a quien estaba llamado a reinar algún día. Hasta la invasión nazi, los primeros pasos de la criatura transcurrieron entre los apacibles muros y jardines de Skaugum, la residencia oficial de los Herederos entonces, igual que después lo sería de Haakon y Mette-Marit.

Ya de vuelta del exilio estadounidense, una vez apagados los rescoldos de la terrible segunda gran guerra, Harald, que ya contaba con ocho años, comenzó su formación en la escuela Smestad, en Oslo. Sus padres se negaron a que fuera instruido por preceptores en Palacio y, al revés, quisieron que el príncipe tuviera la educación más parecida a los chavales de su edad. Otra elección que naturalmente forjó su personalidad y que le ayudaría tanto con el tiempo a empatizar con el noruego medio. Con posterioridad, ingresó en la Escuela de Formación de Oficiales de Caballería de Noruega y completó su formación militar en la Academia Militar, ya en 1959. Tras finalizar el servicio militar obligatorio, se trasladó a Oxford para realizar estudios, entre 1960 y 1962, de ciencias sociales, historia y economía.

Harald y Sonia, en la ceremonia religiosa por su coronación, en la catedral de Trodheim, en junio de 1991.
Harald y Sonia, en la ceremonia religiosa por su coronación, en la catedral de Trodheim, en junio de 1991.Getty

La etapa universitaria le llegó ya como príncipe heredero. Porque su abuelo Haakon VII falleció en otoño de 1957, lo que situó automáticamente en el trono a su padre, Olav V. Ello supuso que el futuro rey tuviera que asumir de golpe una intensa agenda institucional, con hitos como su primera visita oficial al extranjero, en 1960. a esos Estados Unidos que tan bien le habían acogido de niño, en este caso con motivo del 50º aniversario de la Fundación AmericanoEscandinava.

A lo largo de las tres décadas que pasó como Heredero, una de las principales funciones de Harald al servicio de la Corona y de la nación fue ejercer como alto delegado comercial, facilitando en numerosos viajes extranjeros el acceso de la industria noruega al mercado internacional.

Amante del deporte y de la naturaleza

El deporte y la naturaleza fueron dos de las pasiones durante su juventud. Participó en tres Juegos Olímpicos, los de 1964, 1968 y 1972, en la especialidad de vela. Y con el tiempo presidiría la Asociación noruega de Vela y formaría parte del Comité Internacional Yacht Racing Union. Participaría en regatas nacionales e internacionales hasta que anunció su retirada de la vela de competición ya en 2022, con 85 años cumplidos. También fue uno de los impulsores de la rama noruega de WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza). La preservación medioambiental ha sido uno de los ejes de su reinado, en un tiempo en el que le ha dado tiempo a ver cómo el cambio climático está afectando tanto a la fisonomía de su país.

A finales de los años 60, Noruega, la que había sido una nación modesta cuyos principales recursos provenían del mar, descubrió sus primeros yacimientos gigantes de petróleo y gas en el Mar del Norte. El Estado constituyó el Fondo nacional de petróleo. Y, ya en los años 90, se creó el Fondo Global de Pensiones del Gobierno Noruego para ahorrar los ingresos del gas y el petróleo. Estamos hablando del fondo soberano más grande del mundo, que supera los dos billones de dólares y que, a la vez que respalda la salud de la economía nacional, invierte en proyectos multinacionales. Considerado como uno de los 10 países con mayor riqueza por habitante, Noruega presume de un envidiable modelo social en el que su familia real ejerce el liderazgo en eso que muchos analistas definen como Monarquía del Bienestar, un estadio moderno de la institución que prioriza en la agenda las iniciativas de inclusión, de labor social y de extensión de derechos de nueva generación. Si en lo político la Corona, en las 10 Monarquías parlamentarias que hay hoy en Europa, se caracteriza por ejercer como un poder moderador neutral por encima de la lucha partidista, en aras de ser percibida como útil asume las preocupaciones sociales como su principal razón de ser, en expresión del historiador Frank Prochaska. Y en ello Harald ha sido un rey especialmente comprometido, lo que explica esa alta popularidad de la que ha gozado antes señalada.

Noviazgo y boda con Sonia

No faltan supuestas relaciones ni una ristra de princesas europeas con las que en su tiempo se habría intentado emparejar al joven Harald, entre ellas Irene de GreciaTatiana Radziwill o Benedicta de Dinamarca. Y no se olvide que el Heredero con hechuras de vikingo fue al parecer el primer amor de la Reina Sofía, quien con el tiempo acabaría casándose con Juan Carlos de Borbón y convirtiéndose en la Consorte española.

Pero lo cierto es que Harald fue protagonista de una historia sentimental que también marcó impronta en la institución. Y es que, en el verano de 1959, cuando contaba con 22 años, conoció a Sonia Haraldsen, y surgió lo que ambos calificaron de «amor a primera vista». Coincidieron en un sarao gracias a un amigo común. A partir de ahí, su círculo más cercano les ayudó a mantener el noviazgo en secreto durante años. La relación, que no gustaba nada en Palacio, dado que ella era plebeya, se puso a prueba mientras él estudiaba en Oxford y ella fue convenientemente alejada por su parte a Suiza. Pero ni por esas. Ninguno de los dos estaba dispuesto a renunciar a lo que sentían. En 1964, medios británicos y noruegos publicaron una foto de Sonia y destaparon el romance. Y aquelló provocó un terremoto social y también una grave crisis en la institución. Ni el entonces rey Olav ni el Consejo de Estado lo aceptaban. «Tenía sentimientos muy encontrados, yo amaba a Sonja Haraldsen, pero también tenía mala conciencia hacia mi padre y hacia Noruega», explicaría el rey Harald con el tiempo.

El Heredero necesitaba el consentimiento del Parlamento para poder contraer matrimonio. Y siempre se ha dicho que Harald llegó a amenazar a su padre con renunciar a sus derechos dinásticos si no podía casarse con la mujer que amaba y después con permanecer soltero para siempre, lo que también hubiera acarreado problemas sucesorios. Medios como Presse-Norg advirtieron que la boda morganática sería el final de la Monarquía. «Estan en juego cosas más importantes que el corazón», se señalaba en duros editoriales.

Pero Harald y Sonia tiraron de paciencia, convencidos de que el tiempo jugaría a su favor. Y, tras ocho años de noviazgo, en 1967, el rey Olav empezó a hablar con el Gobierno encabezado por el primer ministro Per Borten sobre el asunto y aceptó conocer a la joven. Finalmente, el Parlamento y el Ejecutivo optaron por dejar que la decisión recayera exclusivamente en el monarca, y éste dio finalmente su brazo a torcer. La boda se celebró en agosto de 1968 en la Catedral de Oslo. Harald se convirtió en el primer príncipe heredero de una de las grandes Monarquías europeas en protagonizar un matrimonio morganático, allanando el camino a tantos otros que vendrían después, como su mismo hijo Haakon, Felipe de Borbón en España, Federico en Dinamarca, y un largo etcétera, hasta haberse convertido aquella anómala excepción en la regla.

En 1971 nació la primera hija de la pareja real, la princesa Marta Luisa, y dos años después, Haakon. La sucesión quedó así asegurada.

Harald, junto a su mujer, la reina Sonia, saluda desde el Palacio Real.
Harald, junto a su mujer, la reina Sonia, saluda desde el Palacio Real.Getty

En junio de 1990, el delicado estado de salud del rey Olav llevó a que Harald fuera nombrado regente. Unos meses más tarde, en enero, el anciano monarca falleció. Su hijo juró la Constitución ante el Parlamento el 21 de enero de 1991, siendo proclamado en ese acto nuevo soberano de Noruega.

Modernización de la Corona

En sus primeros años de reinado, Harald acometió profundas reformas de modernización y racionalización en una Monarquía con unos usos y costumbres ya de por sí mucho más modestos que otras como la sueca o la británica. Y la institución gozó de una notable estabilidad y supo sortear bien los escándalos hasta el polémico anuncio en 2001 del enlace del príncipe heredero Haakon con Mette-Marit Tjessem Høiby, una joven de origen modesto y madre soltera de un niño de cuatro años, Marius. La prensa describió a la que iba a convertirse en nueva princesa como una mujer con un «pasado turbulento», que ella misma calificó de «salvaje» y del que confesó estar «arrepentida». También generaría algunos problemas a la Corona la otra hija de los reyes, la princesa Marta Luisa, primero por su matrimonio con el excéntrico escritor Ari Behn, y sobre todo después por sus negocios privados junto a su nueva pareja, el chamán Durek Verrett, incompatibles con lo que representa la dinastía, lo que llevó a Harald a apartar a su hija de las funciones de representación de la Monarquía.

Todos ellos asuntos, sin embargo, que palidecen con los escándalos más recientes que han sumido a la institución en su mayor crisis desde la independencia noruega. Por un lado, la detención y reciente condena del hijo de soltera de la princesa heredera consorte, Marius, declarado culpable culpable de delitos tan graves como violación, maltrato a una ex novia, lesiones corporales graves y amenazas. Y, por otro, el caso que ha destrozado por completo la imagen de la propia Mette-Marit, su profunda amistad con el empresario pedófilo Jeffrey Epstein, asunto que a ojos de la mayoría de los noruegos la convierte en alguien nada idóneo para convertirse en reina.

El monarca junto a su hijo y Heredero, Haakon.
El monarca junto a su hijo y Heredero, Haakon.Getty

«Me atengo a lo que he dicho siempre, he hecho un juramento al Parlamento y dura toda la vida», declaró Harald en 2024 para dejar claro que jamás abdicaría, saliendo al paso del debate propiciado por otras renuncias como la que había protagonizado la reina Margarita II de Dinamarca. No han faltado nunca expertos que atribuían la firme decisión del rey en el abismo que representaba para la Corona que él hubiera dado un paso al lado en el momento reputacional más delicado. De hecho, los noruegos han seguido manteniendo su pleno respaldo al anciano monarca, sin importarles que sus problemas de salud de los últimos años le impidieran asumir con todo el vigor sus responsabilidades.

«Un gran hombre» con auctoritas

Seguramente lo que más orgullo debía de causarle es que, más allá de haberse visto respaldado siempre como rey, entre los noruegos está muy extendida otra convicción aún más importante, la de que era «un gran hombre».

Se ganó muy pronto eso tan importante para todo monarca parlamentario que es la auctoritas. Uno de sus más memorables discursos, de 2016, sirvieron para constatar hasta qué punto la Monarquía mantiene vigente la capacidad para erigirse en pegamento y símbolo nacional. Y es que, tras agrios debates y sucesos de carácter xenófobo en el país nórdico, pronuncio la alocución más aplaudida de su reinado, todo un canto a la tolerancia que volvía a poner a la Corona en la vanguardia de la protección a las minorías y el respeto racial, religioso o sexual: «Los noruegos somos gente del norte, del centro y del sur del país. Pero noruegos somos también los que han emigrado aquí desde Afganistán, Pakistán y Polonia, desde Suecia, Somalia y Siria. Los noruegos creemos en Dios, en Alá, en todo y en nada. Hay noruegos a quienes les gusta el fútbol y noruegos a quienes les gusta el balonmano. Pero hay muchos que prefieren quedarse sentados en el sofá. Noruega somos chicos que aman a chicos, chicas que aman a chicas y chicos y chicas que se aman. En otras palabras, Noruega eres tú. Noruega somos nosotros. A pesar de todas las diferencias, somos un solo pueblo».

Harald, en tándem con una reina excepcional como ha sido Sonia, ha sido la auténtica clave de bóveda de una Monarquía obligada a mudar de piel. Por eso su muerte no deja sólo un vacío en el país que le identifica con la mejor etapa de la historia de los noruegos, sino que coloca a la Corona ante un escenario demasiado incierto.