El MAS tiene que demostrar que ya no es sólo el instrumento de los indígenas, de los cocaleros y del occidente. Su reto es ser integrador.
“Hemos ganado en Bolivia”, decía Hugo Chávez el domingo, atribuyéndose la abultada victoria conseguida por el MAS. Y no es para menos, conociendo el soporte económico que le ha brindado el régimen venezolano a la campaña para la reelección de Evo Morales.
Además de los ya conocidos, el nuevo triunfo de Evo Morales tendrá muchos más padres que los que tuvo el 2005. El MAS ya no será el mismo a partir del domingo y no debe serlo, pues corre el riesgo de sumirse en un laberinto como ha ocurrido con los grandes partidos políticos en América Latina, sumidos en la fragmentación y las peleas internas.
En el MAS de hoy, por ejemplo, parece desencajada la figura de un ministro como Juan Ramón Quintana y él mismo lo reconoce cuando afirma que ya cumplió un ciclo dentro del Gobierno y que evaluará si continúa o no en el período 2010-2015. En efecto, el presidente Morales tendrá que evaluar también si es conveniente seguir ofreciendo la imagen de un régimen autoritario, ahora que ha conquistado un buen segmento de las clases medias y que ha conseguido tener interlocución con algunos sectores empresariales, gracias a un discurso suave y conciliador.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Uno de los desafíos del MAS es deshacerse de corazas como el indigenismo a ultranza que lo ha llevado a generar otra forma de exclusión y un nuevo sistema de privilegios. ¿Podrá el oficialismo ponerle límites a los cocaleros y a todos aquellos movimientos sociales que ahora deben admitir la posibilidad de un Gobierno más integrador? Esa tarea será muy difícil en un país donde la política es sinónimo de prebenda y que la participación en política equivale a cuota, privilegio y ventajas. El oficialismo tiene que admitir también –porque él mismo lo ha promovido así–, que las nuevas adhesiones no tienen nada que ver con la ideología.
El MAS tiene que demostrar que ya no es sólo el instrumento de los cocaleros, de los indígenas, de los collas, del occidente, de los pobres, de los originarios y de los campesinos. Su avance hacia el oriente, hacia la clase media, los profesionales, los cambas y los empresarios, lo obliga a adoptar una nueva conducta, otra actitud y también otros métodos. El problema va a ser la reacción de las bases tradicionales, esas que ya respingaron con el ingreso de una petrolera al norte paceño, las que invaden las minas, las que quieren tomar tierras en el oriente boliviano, en fin, las que han estado usando a este gobierno para cobrárselas.
El Gobierno asegura haber derrotado la polarización en el país, cosa que resulta ser una verdad a medias. De todas formas, el MAS tiene en sus filas una concentración mucho más heterogénea que el 2005 y no vaya a ser que las eternas contradicciones bolivianas se trasladen al interior del partido.
El reto más importante del MAS es construir un nuevo Estado, que podrá tener todos los nombres y enunciados posibles que forman parte del folclorismo jurídico de moda, pero no por ello debe dejar de buscar la consolidación institucional, la estabilidad y la credibilidad, que conduzcan al fomento de la actividad económica, a la atracción de inversiones y el respeto a la propiedad privada como bases del desarrollo.