TARIJA, EL PAÍS.- “Gracias a Dios me tocó uno así. Juntos pasaremos todas las adversidades. Gracias por entenderme, protegerme y cuidarme”, este fue el mensaje que Olga Solano le escribió a su marido el pasado 20 de agosto. Al día siguiente su marido, el mismo al que Olga le agradecía su protección y su amor, la arrolló con su automóvil dejándole al borde de la muerte.Olga, de 25 años, inició la relación con su pareja en la promoción. El año pasado formalizó matrimonio y aparentemente, según explica su amiga de infancia Gissel Sargenti, hasta el día del suceso, llevaba una convivencia feliz con su marido. “Siempre estuvo muy enamorada de él, pero apasionadamente, y le dedicó su vida. Se dedicó a formar un hogar, a consolidar una estructura familiar y siempre se la vio muy enamorada. Trabajaban juntos, tenían mucha cercanía”, cuenta su amiga quien destaca el carácter vital y perseverante de la joven.Sin embargo, en la madrugada del 21 de agosto, Olga se enteró de que su esposo se encontraba en su camioneta con otra mujer y decidió seguirle con un taxi. Al bajar del vehículo, Olga se dirigió hacia el automóvil de su marido y éste la embistió 20 metros, causándole graves heridas en la cabeza y en el cuerpo que la dejaron en estado crítico. Olga pasó una semana luchando entre la vida y la muerte, pero lamentablemente diez minutos antes de la media noche del viernes pasado, la joven finalmente se apagó.“Tenía una traumatismo muy grande. De hecho, un edema cerebral, masivo, con isquemia e infarto cerebral en varias zonas de tejido cerebral. Politraumatismo, con fractura doble de tibia y peroné”, dijo el director del Hospital Regional San Juan de Dios, Roberto Marqués.Con el cese de las funciones vitales se apagaron también el futuro, los proyectos, y los sueños que Olga tenía por delante. Su fallecimiento deja un profundo dolor en su familia y en todos aquellos que la conocieron, y ahonda en la herida de la sociedad boliviana que contempla impotente como la violencia machista mina cruelmente la vida de sus mujeres.Pero además del dolor por su pérdida, la familia de Olga tiene que afrontar ahora los gastos hospitalarios. “Lamentablemente ni el Servicio Universal Salud Autónomo de Tarija (Susat) ni Seguro Obligatorio contra Accidentes de Tránsito (Soat) pueden cubrir gastos por el diagnóstico. Supuestamente el agresor tiene que pagar pero como está en Morros Blancos no ha puesto un peso”, explicaba un amiga de Olga, quien en la tarde de ayer se encontraba recaudando fondos para ayudar a la familia.El atropello de Olga, no es un caso aislado, sin ir más lejos, dos días antes de lo ocurrido con Olga, Andrea Aramayo, de 26 años e hija de la periodista Helen Álvarez, moría en La Paz después de que su ex pareja William Kushner la atropellará a la salida de una discoteca.Ambos casos han puesto de actualidad en los medios de comunicación la violencia de género y los feminicidios. Sin embargo, el feminicidio es el último y el más grave de los golpes que miles de hombres en todo el país propinan con impunidad, y en muchas con la complicidad del silencio de los vecinos y de toda la sociedad, día tras día a sus mujeres.Solamente en Tarija, la Fuerza Especial Lucha Contra la Violencia (FLCV) ha recibido esta semana más de 50 denuncias por violencia machista, en lo que va de año la cifra supera las 2.000 denuncias.“En lo que va de año tenemos más de 2.000 denuncias. De estas denuncias la mayoría de los casos corresponden a la comisión del presunto delito de violencia domestica en sus tres subtipos: violencia física, psicológica o sexual. Otro restante corresponde a delitos de agresión sexual a mujeres, niños, niñas y adolescentes, tanto de violaciones como abusos sexual. Tenemos también 15 denuncias de tentativa de feminicidio”, indica la directora de la FELCV, Marcela Vargas.Las cifras son todavía más escalofriantes si se tiene en cuenta que muchas de las mujeres no se atreven a denunciar por miedo a las represalias de sus agresores. “Todavía trabajamos con cifras negras en lo que es la violencia familiar. Es un tema sumamente delicado. La población tiene que meterse en la cabeza que la violencia familiar no es un delito común, no es lo mismo que a uno le roben un celular en la calle. Es un delito que lo comete una persona que está íntimamente relacionada con la víctima, entonces esas personas sufren una suerte de agresiones durante años”, destaca.Más violenciaJanet (nombre ficticio) es una de las miles de mujeres que han sufrido durante años los golpes, insultos, menosprecios y ataques de su pareja. A pesar de su juventud-tiene 23 años-, ha soportado durante cinco años la violencia desmedida y continuada de su novio pero nunca llegó a formalizar la denuncia contra su agresor.Conoció a su novio, hoy ex pareja, a los 18 años cuando se encontraba cursando el segundo año de Universidad. “Al principio era una relación normal como cualquier otra, hasta el segundo mes que hemos empezado a salir. Todo empezó con una tomada con sus amigos, en esa tomada estaba uno de sus primos y le comentó, a modo de cumplido: estás saliendo con una chica linda tienes que cuidarla. Al salir de la fiesta, él estaba enojado y en la puerta de la casa, lo recuerdo como si fuera ayer, me agarró del cabello y me dijo: Eres una puta. Porque tiene que decir mi primo que eres linda y te tengo que cuidar. De ahí me agarro del cuello. Subimos al cuarto y siguió la discusión y los agarrones”, recuerda.Esa noche, Janet lloró toda la noche y al día siguiente le dijo a su novio que si iban a continuar así, no quería seguir. Él lloró arrepentido excusándose en que iba borracho y le prometió que no se volvería a repetir. Sin embargo, como suele ocurrir en estos casos, los golpes y los ataques de celos continuaron.“Era muy celoso, no me dejaba salir. Ninguna de mis amigas le caía porque, según él, eran una mala influencia. Entonces no salía, me quedaba en casa porque en ese momento pensaba que lo hacía porque me quería. Eso me llevó a perder muchas amistades. En la calle salíamos y me decía: ¿A quién estás mirando? ¿Por qué estas mirando? ¿Quién es ese?”, rememora.En esos momentos, Janet se decía que nunca más iba a aguantar eso y que la relación debía terminar. Luego, tras los lloros y falsas promesas de su novio, volvía de nuevo a perdonarle y a volver a encerrarse en el círculo de la violencia.Los agarrones de pelo-en varias ocasiones el agresor le arrancó mechones enteros- dieron paso a los puñetazos y patadas. Un día patadas en la espalda, otro la nariz partida, al otro le tuvieron que intervenir la oreja. Sus amigos y su familia, le decían que lo dejara pero ella, a pesar de las golpizas, seguía enamorada de él.Los golpes, como es habitual en los casos de violencia de género, iban acompañados de agresiones psicológicas. “Me decía que nadie me iba a querer como él y yo me veía mal y me lo creía”, cuenta.Durante los cinco años que duró la relación Janet tuvo dos abortos. El primero voluntario, aunque forzado por la falta de apoyo de su pareja, y el segundo fortuito. “Sangraba mucho y fui al médico. Tras las ecografías me dijeron que estaba embarazada pero que se trataba de un embarazo ectópico. El bebé se estaba gestando en las trompas de Falopio por lo que tenía que ser operada”.Janet llamó a su novio, que en esos momentos se encontraba viviendo en la provincia Gran Chaco, para decirle lo que había sucedido y que la iban a operar. A pesar de las insistencias y de las continuas llamadas, minutos antes incluso de entrar a quirófano, su novio no se presentó en el hospital.Janet le perdonó y continúo la relación hasta que finalmente hace menos de un año decidió acabar la relación. Nunca llegó a denunciarle. Hoy, dice, se encuentra feliz y viviendo la vida que no pudo disfrutar durante la época de universitaria. “Salgo con mis amigas, hay algunos chicos que me pretenden. Estoy viviendo lo que no viví”, destaca.Como la ex pareja de Janet, muchos maltratadores quedan impunes debido a que el desgaste emocional de sus víctimas, producto de las agresiones, les impide presentar una denuncia.Obstáculos“Habida cuenta de que existen mujeres que viven y conviven con el agresor se crea el círculo de la violencia. Es por eso que las mujeres que no vienen a denunciar. No es porque sean cuerudas, no es porque sean masoquistas, no es porque les encante que las agredan, sino porque no pueden romper el círculo de la violencia. Han perdido la posibilidad porque ellas tienen lo que se llama el síndrome de indefensión aprendida. Están tan desvalorizadas que tienen una autoestima tan pobre que eso es lo que les impide que puedan denunciar”, subraya la directora de la FELCV.Además, tanto el sistema de protección como el sistema judicial presentan muchas carencias que desaniman a las mujeres a denunciar.En marzo de 2013 se aprobó la Ley 348 que dio un paso cualitativo en cuanto al aumento de derechos de las víctimas y a su protección. Sin embargo, el sistema judicial se encuentra colapsado y no hay los recursos humanos suficientes para atender y proteger a las víctimas tal y como establece la ley.“La ley es dura en el papel y suave en su aplicación. No hay justicia, hay leyes pero no hay justicia y los agresores se ríen. Me orino en las medidas cautelares. Me dijo. Las medidas son tan mínimas que los tipos se ríen por eso sigue habiendo feminicidios y violencia.”, señala Marcela, de 48 años víctima de violencia de género, en las puerta del Juzgado de Sentencias.Para Patricia Paputsakis, secretaria Mujer y Familia de la alcaldía de Cercado (creada en esta gestión), opina que a pesar de los avances de la legislación en materia de protección a la mujer todavía falta mucho por hacer.“Estos esfuerzos todavía no son suficientes. Hace falta mucho por hacer fortaleciendo los tribunales de justicia porque estos no cuentan con un equipo multidisciplinario como establece la ley. Las fiscalías tampoco cuentan con un equipo de profesionales que puedan atender los casos de violencia. Quedan muchos problemas por resolver pero estamos tratando de hacer el acompañamiento que la ley nos manda”, apunta.Sin embargo, Paputsakis considera que además de la protección se debe incidir en la prevención, tanto desde el ámbito familiar como desde los espacios públicos y privados.“Si no se realiza la prevención vamos a seguir llenando las cárceles de agresores pero no se va dar solución al verdadero problema que es la cultura de la violencia está arraigada en la sociedad debemos cambiar esa cultura de la violencia por una cultura”, sentencia.El viernes murió Olga pero si no se actúa de forma inmediata, la violencia machista seguirá cobrándose más muertes.