El niño, la guerra y los refugiados


ECHALARAgustín Echalar AscarrunzLa imagen del niño yaciente en una playa turca no nos trae novedad alguna: la guerra, cualquier guerra, es cruel, algunas lo son, o lo fueron, más brutales que otras. Los niños son los más indefensos. Cuando uno ve a un niño víctima de la guerra, si es un ser humano normal, se le frunce el corazón, en parte porque así estamos construidos, no sólo los seres humanos, sino los mamíferos en general. Los niños nos enternecen, sacan lo mejor de nosotros. Los niños nos inspiran no sólo compasión, sino el deseo de protegerlos. Ese es un gran truco de la naturaleza: los que más cuidado y ternura precisan, también son los que de sólo verlos inspiran esa ternura y ese deseo de protegerlos.Las informaciones sobre la guerra, sobre los enormes problemas en Medio Oriente, el drama de los refugiados es información que estuvo siempre a la mano de quien quisiera enterarse, no sólo gracias a los periódicos del mundo, a los que se tiene acceso gracias a Internet, sino también gracias a las noticias que aparecen en la televisión. De hecho, la preocupación por el Asia, en general, y por el  mundo árabe, en particular, es para cadenas como la BBC, e inclusive para la CNN, mucho mayor a la que  tienen por Latinoamérica.Repito, el niño y todo lo que él significa no es ninguna novedad para quienes se han estremecido ante esa durísima escena, obscena en el verdadero sentido de la palabra. El mundo está conmovido y muchos se preguntan por el camino que llevó a la humanidad a esa situación. Hay quienes, en las redes sociales, hablan de una profunda decadencia, producto de la indiferencia de Occidente. Hay otros que le echan la culpa al  capitalismo, saltando en forma carambolesca la responsabilidad de los principales actores de la guerra y el desastre humanitario en Siria.Si alguien cree que la brutal escena es producto de un capricho europeo o de una mezquindad del Viejo Continente que no quiere compartir su bienestar con pueblos que, dicho sea de paso, en un pasado cercano fueron colonizados por éste, está viendo sólo una parte de la historia y una pequeñísima parte del problema, y difícilmente podrá aportar para encontrar una verdadera solución.Lo dramático es que más allá de proteger un bienestar de los países ricos, una inmigración más fácil, menos burocrática, menos restrictiva, sólo empeorará el problema. El problema está en que trasladarse a un país rico, empezar una nueva vida en un país rico, es simplemente demasiado atractivo. No quiero, por respeto al dolor del padre que ha quedado huérfano de hijos, especular sobre el riesgo de subirse en una embarcación tan precaria, y hacerlo de noche, pero pienso en los padres de niños guatemaltecos que envían a sus hijos solos hacia la frontera norteamericana, porque hay un resquicio que hace que ese sea el camino para una migración al mundo deseado.Si las fronteras fueran absolutamente permeables, la avalancha hacia los países más ricos del planeta podría ser casi apocalíptica y es difícil imaginar que pudiera ser económicamente sostenible. Es ahí donde el drama del niño en la playa se vuelve aún más duro. No, no se trata de un acto de mezquindad de las potencias ricas. No, no es algo que se puede solucionar con un par de normas más flexibles; es una tragedia digna el mar Egeo, una tragedia griega. Naturalmente, cruzarse de brazos tampoco es una opción.Me pregunto si el Estado Plurinacional tendrá la compasión y bonhomía para ofrecer asilo a algunos miles de refugiados, y me pregunto, también, si esa oferta sería tomada a bien o si sería rechazadaY mientras tanto, el corazón se nos sigue arrugando ante una imagen que difícilmente podrá ser olvidada.Los Tiempos – Cochabamba