El fracaso del empadronamiento en el exterior se explica por la indiferencia que sienten los bolivianos hacia un Estado que los ignora.
El MAS ni siquiera pagó el convite que organizó en Madrid para conquistar el voto de los bolivianos que residen allí. Ese pequeño detalle, de casi 20 mil euros que los tuvo que pagar un ayuntamiento vecino de la capital española, refleja la forma cómo trata el Estado nacional a los millones de compatriotas que se ven obligados a dejar el país para buscar trabajo en el exterior. No puede resultar extraño entonces, el estrepitoso fracaso que ha tenido el empadronamiento en los países donde vive la mayor cantidad de ciudadanos bolivianos.
El oficialismo daba por descontada una avalancha de bolivianos interesados en votar (y votar por Evo Morales, por supuesto) en las elecciones de diciembre, tomando en cuenta que sólo en Buenos Aires hay por lo menos un millón de personas nacidas en Bolivia. Era una ventaja que había que aprovechar y por eso se insistió tanto en el voto en el exterior y la soberbia del MAS llegó al extremo de demandar hasta último momento la ampliación de los límites que se habían establecido por ley. Resultado: pese a los grandes esfuerzos desplegados, la Corte Nacional Electoral no ha llegado ni siquiera a acercarse a los 211 mil inscritos que se habían previsto.
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La explicación de este fenómeno está, primero que nada, en la realidad de Bolivia, uno de los países más expulsores del continente. La pobreza, la falta de trabajo, la ausencia de oportunidades y de un horizonte esperanzador, ha obligado a muchos a empeñar todo, comprar un pasaje y marcharse a aquellos países donde, por lo menos, existe la chance de trabajar, a veces en condiciones muy precarias, tal como se ha podido comprobar en numerosas ocasiones en Buenos Aires o San Pablo. Los que observan desde afuera estos hechos, a veces se preguntan de qué huyen los bolivianos y qué puede ser peor que permanecer más de doce horas en talleres de confecciones donde reciben trato de esclavos. No hay otra respuesta más que el hambre y lamentablemente eso no ha cambiado en los últimos años. Y sólo hay que ver que los flujos migratorios no han cambiado en algunos casos y en otros, donde se han producido restricciones , el número de solicitudes para emigrar sigue siendo alto.
Por las investigaciones que se han hecho sobre las expectativas de los emigrantes bolivianos se sabe que muy pocos de los que se marchan de Bolivia desean volver, a no ser para hacer turismo o visitar a sus familiares. Los que han intentado el retorno definitivo se han topado con la misma realidad que los expulsó, de ahí que muchos, tal vez la mayoría, terminan rompiendo los lazos que los une con el país. La mejor prueba de ello es la falta de documentación para registrarse en el padrón biométrico, pues lo que más les interesa no es conservar el carnet de identidad o el pasaporte bolivianos, sino conseguir la residencia definitiva en el extranjero. En estas condiciones, las pretensiones del MAS, que ni siquiera se preocupó de un aspecto tal esencial, resultaron ser simplemente una fanfarronería y un acto de ineficiencia abismal.
En definitiva, el registro y la votación del 6 de diciembre, han sido para los emigrantes bolivianos actos muy ajenos a su realidad pues son incapaces de mejorar sus condiciones de vida. Ha sido un acto de retribución de la indiferencia que recibieron cuando vivían dentro de Bolivia y que la siguen sufriendo ahora.