Chávez y sus aprestos bélicos


Tal vez haya llegado el momento de considerar la posibilidad de que los vientos de guerra que anuncia Chávez sean algo más que insustanciales delirios



los_tiempos_beta Editorial Los Tiempos

Las opiniones de quienes observan y analizan el escenario geopolítico latinoamericano están divididas entre quienes creen que las amenazas bélicas de Hugo Chávez no deben ser tomadas en serio pues sólo serían bravuconadas que nunca se plasmarán en hechos, y quienes por el contrario temen que estemos ante un individuo verdaderamente capaz de desencadenar una guerra.

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Para los primeros, Chávez es sólo un alaraco incapaz de respaldar con actos los exabruptos provenientes de su espíritu lenguaraz. Se burlan de quienes toman en serio las pulsiones bélicas del caudillo venezolano y proponen responderlas sólo con sonrisas despectivas.

Otros observadores, en cambio, consideran que las muchas dudas que se ciernen sobre el estado de salud mental de Hugo Chávez no deben ser motivo para minimizar sus recurrentes llamados a la guerra, mucho menos cuando van acompañados de una desenfrenada carrera armamentista en la que invierte ingentes recursos económicos.

Hasta hace un par de días, ambas hipótesis parecían probables. No había nada que permita suponer que Chávez esté dispuesto a pasar de las agresiones verbales contra Colombia, a las agresiones físicas, pero tampoco se había algo que permitiera descartar esa posibilidad.

Pero eso cambió el pasado jueves cuando además de proferir una sarta de insultos contra el Presidente colombiano, el caudillo del “Socialismo del Siglo XI” ordenó la destrucción de dos puentes fronterizos sobre el río Táchira.

Según la explicación del general que tuvo a su cargo la voladura de los puentes, el jefe de la segunda división venezolana de Infantería del estado Táchira, la decisión fue tomada porque "no están contemplados en ningún tratado internacional". Es decir, eran “ilegales” y eran utilizados, además, por paramilitares y grupos subversivos, para el contrabando de combustible y para el ingreso de precursores para el narcotráfico. El Ministro de Finanzas venezolano fue más imaginativo. Afirmó que los puentes fueron destruidos para dar una prueba del compromiso de su país en la lucha contra el narcotráfico.

Ante tan descarada provocación, el Gobierno colombiano hace sus mejores esfuerzos para mantener la calma y no responder. Espera que los organismos internacionales llamados a preservar la paz intervengan en el conflicto y que algunos países de la región, como Brasil o Chile, hagan de mediadores para detener la escalada bélica.

Pero hasta ahora nadie se pronuncia con la firmeza que el caso parece merecer. El único mandatario que ha asumido una posición nítida al respecto ha sido Gobierno boliviano, que sin dudar un instante ha dejado abierta la posibilidad de que Bolivia se involucre en una guerra de escala continental.

Y mientras todo eso ocurre, se hacen cada vez más frecuentes las noticias relativas a un intenso y enorme tráfico de armas a lo largo del istmo centroamericano. Según investigaciones que merecen fe, entre Nicaragua y la selva de Honduras y Salvador se han detectado ya aprestos bélicos cuya fuente de inspiración y financiamiento no es difícil sospechar.

Así las cosas, tal vez haya llegado el momento de considerar la posibilidad de que los vientos de guerra que anuncia Chávez sean algo más que insustanciales delirios.