Al dirigirse a la multitud en la Plaza Murillo la misma noche de su reelección, el presidente Evo Morales invitó a los dirigentes regionales y cívicos, a la clase media y a “los intelectuales que todavía dudan” a que se acerquen al Gobierno en la nueva etapa que se abre, pero no mencionó de modo concreto a los partidos de oposición.
Lo anterior son frases de protocolo político que no faltan en quienes son elegidos, pero una cosa es decir y otra hacer. Tampoco es la primera vez que el Presidente invita a sumarse a los sectores alejados de su política, como lo hizo luego de su ratificación en el referendo de enero del presente año. En estos casos no se puede esperar que los partidos opositores toquen las puertas del Palacio Quemado para integrarse al carro triunfante, si la iniciativa es sincera debe partir del propio Primer Mandatario con actitud magnánima, que tendría la virtud de ofrecer alguna alternativa de entendimiento en concordancia con su deseo de trabajar por el progreso de Bolivia, expresado en la misma oportunidad.
Para no hablar del espíritu de fraternidad y de olvido de agravios que tanto caracterizó la asunción al poder de Nelson Mandela en Sudáfrica, actitud a la que se debe que esa nación del África Meridional conviva en paz entre blancos y hombres de color y siga en ascenso económico y social, José Mujica, recientemente elegido Presidente del Uruguay, pese a su condición de ex guerrillero convicto, ha ofrecido un gabinete ministerial de unidad nacional y a ese propósito su partido sostiene conversaciones con el líder opositor y competidor electoral, Luis Alberto La Calle.
Ahora bien, quizá no sólo es mucho pedir que se actúe de esa manera en un país extremadamente polarizado como el nuestro y tal vez ello no sea lo adecuado para la oposición ni para el Gobierno, pero sería una señal que en los actuales momentos contribuiría a distensionar la política y, en todo caso, un buen comienzo para una nueva gestión de Gobierno. Nunca está demás tender puentes de buena voluntad.
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El MAS asienta su programa en la implementación de la nueva Constitución, pero nada ha trascendido acerca de sus propósitos al respecto, en vista de que los enunciados de la Ley Suprema pueden ser atenuados o extremados mediante las leyes orgánicas o reglamentarias que hagan falta. Sin embargo, se colige de las actuaciones de los movimientos sociales y de las repetidas declaraciones del Presidente y Vicepresidente que dichas leyes serán rígidas y como consecuencia polarizarán aún más la situación. Álvaro García Linera dijo en la campaña preelectoral que si bien el oficialismo buscaba tener a su disposición dos tercios de la Asamblea Plurinacional, eso no significaba ignorar a la oposición. Tales declaraciones no constituyen consuelo en el ambiente en el que una mayoría aplastante puede “hacer y deshacer”, sin preocuparse por una oposición enpequeñecida y proviniendo de un personaje poco flexible en torno a sus principios y metas políticas.
El Gobierno hizo cuanto pudo y gastó enormes recursos para revertir el apoyo que le negaron 4 o 5 departamentos en los 4 años que concluyen, con el confeso propósito de controlar los 3 Poderes del Estado, lo que en buenas cuentas dibuja intenciones totalitarias que sólo tienen que ver con una apariencia democrática. No es deseable un panorama semejante pero existen más que meros indicios o supuestos al respecto.
En ese plano, el papel opositor se reduciría a mero espectador y por pasiva, si se quiere, cómplice de actos legislativos unilaterales y excluyentes de los sectores que llevaron la peor parte electoral. Si tal fuera la situación, al Plan Progreso -segunda fuerza política- no le quedaría otra alternativa que abandonar el Parlamento, pero está claro que los legisladores de otras tiendas quedarían como aval “democrático” del oficialismo. Lo deseable es que las palabras anticipadas del Vicepresidente se hagan realidad y en el debate se puedan incorporar los puntos de vista opositores, naturalmente siempre que éstos fueran coherentes y meditados. Con ello se habría logrado un mínimo respeto a las minorías y se gobernaría no para determinados sectores como hasta el presente sino para los bolivianos en su conjunto.