Repsol promete invertir 1.500 millones de dólares. Todo dependerá de las condiciones que ofrezca el Gobierno, por ahora muy inciertas.
No sorprende que haya sido la petrolera española Repsol la primera en responder al renovado optimismo existente en relación a la industria gasífera boliviana, acosada por la pérdida de mercados, una prolongada sequía de inversiones, la tambaleante, corrupta e ineficiente administración de YPFB, lo que en conjunto se ha traducido en la disminución de la producción petrolera, de 51 mil barriles diarios a los 47 mil entre 2005 y 2008.
En una visita relámpago a La Paz, el presidente de Repsol, Antonio Brufau se ha comprometido nada menos que frente al primer mandatario del país, invertir 1.500 millones de dólares en Bolivia en los próximos cinco años, cifra que podría significar multiplicar por seis o siete veces la producción de gas de los campos en los que opera la compañía en el departamento de Tarija.
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El viaje de Brufau se produjo pocos meses después del encuentro entre el presidente Morales con el Rey Juan Carlos, en Madrid, quien no dejó pasar la ocasión para exigirle respeto y seguridad jurídica para las inversiones españolas en Bolivia. Morales contestó con su clásico “queremos socios, no patrones”, slogan que parece haber quedado para las marquesinas, pues luego de la modificación de los contratos petroleros firmados en el 2006, las transnacionales han recobrado –gracias a la introducción de tres anexos- muchas de las ventajas que fueron adquiridas durante el proceso de capitalización.
Para Brufau, el encuentro con Morales, con quien se mostró muy complaciente y olvidadizo de las amarguras sufridas no hace mucho en Bolivia, es por demás estratégico, pues no sólo ayuda a mantener buenas relaciones con una administración que se ha portado hostil con las transnacionales, sino que además, está consolidando su presencia (en parte como dueña, dicen los entendidos), en el bloque Caipipendi, donde se encuentra el megacampo de Huacaya, uno de los cinco mayores descubrimientos de gas del mundo en el 2008. Repsol conserva la “soberanía” sobre esas reservas, pese a todos los avatares que ha significado para la empresa la nacionalización, y el hecho de proyectarlas a futuro en las actuales circunstancias políticas, es de una significación estratégica invalorable.
¿Qué significado tiene para los bolivianos el anuncio de Repsol? Ninguno, mientras en el país siga manteniéndose la actual conducta gubernamental en el manejo de los hidrocarburos. La promesa de Repsol no ha sido la única en estos años. La voluntad de cualquier inversionista siempre tiene que poner por delante el clima político reinante en un país, la seguridad jurídica y todo el contexto económico y de manejo de la industria, que en el caso boliviano tiene al Estado y más precisamente a la inefable YPFB como protagonistas fundamentales.
Mientras siga reinando la ineptitud que ha perdido mercados, la que corrió a las inversiones, la que minó la credibilidad de Bolivia como proveedor de gas y la que ha obligado al país a importar gasolina y GLP para no dejar desabastecida la demanda interna, lo de Repsol no deja de ser una buena intención. Mientras tanto, las reservas de gas se quedarán en el subsuelo hasta que existan condiciones óptimas para monetizarlas. Repsol puede esperar.