Ana Rebeca Prada*
Después de algún tiempo he vuelto a ver Barry Lyndon (1975) de Stanley Kubrick, cinta basada en la novela homónima de Thackeray. Esto me ha devuelto a un interés central mío: la adaptación cinematográfica de la literatura.
Algunos directores, como Kubrick, han partido casi enteramente del repertorio literario para crear las más grandes obras del cine a nivel universal —pienso en Ojos bien cerrados, basada en la novela de Arthur Schnitzler, y La naranja mecánica, en la de Anthony Burgess. Muy temprano en su carrera Kubrick renunció a los guiones originales y se acercó a la literatura.
Barry Lyndon es un personaje que en una frenética, accidentada y temeraria secuencia de eventos vitales asciende a los niveles más altos de la sociedad inglesa del siglo XVIII. Interesantemente, Kubrick convierte la primera persona de las memorias del Barry Lyndon original en el relato en tercera persona de un narrador omnisciente; así, asistimos a lo largo de la cinta a una voz en off que nos recuerda en todo momento la fuente de la misma. Pero ésta no es sino una de las transformaciones realizadas por el director: moldea a su gusto la trama literaria, convirtiendo finalmente la obra en suya, en propia. Rebaja la degradación y crueldad del personaje de Thackeray, y convierte a Lady Lyndon en una melancólica y distante víctima (cuando en la novela logra divorciarse y librarse de él). Hay muchos cambios sustantivos de este tipo. Lo definitivo es que éstos tienen que ver con las necesidades visuales de sus películas: Kubrick afirmaba que lo visual era lo único que importaba —haciendo que “entrara directamente al subconsciente con un contenido emocional y filosófico”—. Soñaba con un cine que fuera una “experiencia subjetiva intensa que llegara al espectador como lo hace la música” —de manera de saltarse la razón y el lenguaje—.
Saltarse el lenguaje literalmente. En el caso de Barry Lyndon, la crítica ha determinado la disparidad entre el narrar del narrador y la densidad de los personajes y de las imágenes que arman sus mundos y que nosotros seguimos embelesados. Kubrick estaría haciendo un comentario en torno a lo inútil de las palabras frente a la exquisitez y potencia de la imagen y la complejidad de los personajes. Lo que nos cuenta el narrador es pobre e insuficiente frente al deslumbrante artificio que se arma visual, musicalmente, dramáticamente.
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De este modo, además de realizar eventos cinematográficos de primer orden, Kubrick habría intentado recordar al espectador la necesidad de mirar, de ver, de sentir —las imágenes, la música, el armado dramático—, antes que escuchar las palabras o, por lo menos, antes de darles tanto crédito. Lo paradójico es que su cine se arme a partir de tremendos edificios de palabras —precisamente— como es, por ejemplo, Lolita, la asombrosa novela de Nabokov.
*Crítica literaria
La Razón – La Paz