Lecciones de la historia en tiempos del coronavirus


La historia es la mejor consejera que existe, pues quien la conoce está mejor preparado para enfrentar los desafíos del presente y del futuro.

La actual pandemia del coronavirus ha puesto de cabeza al mundo entero, al punto que ha dejado al descubierto temas importantes que siempre fueron postergados y que ahora resultaron ser demasiado importantes, como la salud, la producción de medicamentos e insumos médicos, la educación o la fragilidad del sistema económico y del comercio mundial.



Todavía es muy pronto para declarar “ganadores” y “perdedores” en esta nueva forma de guerra del Siglo XIX, pero al cabo de medio año, bien podemos hacer ya un análisis de lo hecho por cada país.

Un caso que merece particular atención es sin duda el alemán. Un manejo muy equilibrado del tema sanitario y del tema económico, acompañado de una capacidad hospitalaria única en el mundo, capaz incluso de enviar aviones especiales para recoger pacientes críticos infectados con Coronavirus a países vecinos con sistemas de salud colapsados y brindarles luego la atención respectiva.

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De igual manera, la canciller Angela Merkel, cosechó elogios de la prensa y la comunidad internacional por sus alocuciones claras, sobrias y objetivas, contrastantes con las de otros líderes mundiales, cargadas de emocionalidad, buscando culpables o minimizando el impacto de la pandemia con burla y sarcasmo.

Seguramente para muchos, un pueblo tan organizado y disciplinado como el alemán, no podría haber obtenido otro tipo de resultados. Y si, en buena medida es cierto, pero en este caso el peso de la historia también tuvo un rol significativo.

A finales del siglo XX, el Imperio Alemán había alcanzado tal nivel de desarrollo tecnológico y económico que puso en jaque la hegemonía del mismísimo Imperio Británico, que por aquel entonces era la potencia dominante en el mundo y vivía aún el auge y esplendor de la era Victoriana.

Su capital, Berlín, era la cuarta metrópoli más grande del globo y además sede de notables instituciones, así como también un importante escenario de la política y economía mundial.

Una de esas notables instituciones es, hasta el día de hoy, el célebre hospital universitario “Charité”, el cual en aquella época vivía el que probablemente haya sido su momento histórico más importante.

En sus amplios pabellones coincidían muchos de los más grandes estudiosos de la medicina como Robert Koch, premio Nobel y descubridor del Bacilo de la Tuberculosis, Emil von Behring y Paul Ehrlich, ambos premio Nobel y co-descubridores de las vacunas contra la Difteria y el Tétanos. O Rudolf Virchow, conocido como uno de los padres de la Patología moderna y la Higiene.

A lo largo del tiempo, el Charité fue un silencioso testigo de grandes acontecimientos históricos, como la caída del Imperio Alemán al finalizar la primera gran guerra, la crisis financiera internacional de 1929 o las terribles consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.

Precisamente en este último pasaje de la historia sucedió un hecho increíble. Para conocerlo será necesario viajar con la imaginación hasta 1945, año final de la guerra. Para entonces, Berlín era ya un inmenso mar de escombros y cenizas donde el hambre, las enfermedades y la muerte se codeaban con los tanques y soldados del Ejército Rojo que de forma arrolladora tomaba la ciudad poniendo fin a la dictadura del Tercer Reich.

La toma de la ciudad implicó también la toma de todas sus instituciones estratégicas, donde las sanitarias tenían desde luego alta prioridad, dada la innumerable cantidad de bajas y heridos en ambos bandos.

Cuando los soviéticos llegaron al Charité fueron testigos de un hecho asombroso.

La infraestructura del hospital había sufrido una destrucción superior al 80%, en forma total o parcial. En economía de guerra que permitía un suministro muy limitado de agua potable, electricidad, alimentos y medicamentos, el personal se dió modos para mantener en funcionamiento y continuar atendiendo 800 camas.

Los incesantes bombardeos aéreos de los aliados obligaron a convertir un sótano de aproximadamente 50 metros cuadrados en quirófano con 4 mesas quirúrgicas, donde 2 equipos de médicos y enfermeras trabajaban día y noche en turnos alternados de 12 horas cada uno.

El sudor provocado por el calor y el hacinamiento se mezclaba con el olor a sangre, pus y la gangrena de un sinfín de extremidades amputadas, haciendo de este lugar un verdadero infierno y paradójicamente también un lugar de vida y esperanza para muchos.

Aún en medio de tanta desgracia, por cada operación realizada, se escribía a máquina el respectivo protocolo operatorio y se guardaba en archivo para futuros estudios o trabajos estadísticos. Gracias a ello es que el historiador Christian Hardinghaus publicó en su libro de 2019 (ver información al final) datos de gran valor histórico, como por ejemplo, que entre el 22 de abril y el 2 de mayo de 1945 se realizaron en el Charité 2740 procedimientos quirúrgicos.

Desde luego, este milagro médico-organizativo tiene nombre y apellido. Ferdinand Sauerbruch, un consagrado cirujano de fama mundial, quien por aquel entonces era el director de la institución. Un líder con la capacidad de mantener de pie la moral, la esperanza y la vocación de servicio en sus subalternos en medio de la catástrofe más grande vivida por la humanidad hasta el día de hoy.

2 semanas después de la capitulación de Alemania, el gobierno Soviético de ocupación, lo nombró “Consejero y jefe de Sanidad de la ciudad de Berlín” y años más tarde, luego de su muerte en 1951, Ferdinand Sauerbruch fue incluido en la lista de los cirujanos más influyentes del mundo durante el siglo XX por sus grandes aportes a la medicina, entre los que destacan innovadoras técnicas en cirugía de tórax (“tórax abierto”) y el desarrollo de prótesis para mutilados de guerra, trabajos iniciados durante la Primera Guerra Mundial.

La actual pandemia no puede compararse ni de lejos con la catástrofe que significó lo vivido por la humanidad durante y después de la Segunda guerra Mundial. Esta pequeña historia, entre miles que pueden contarse, es un claro ejemplo de que con organización, disciplina y vocación de servicio se puede salir adelante aún en los momentos más difíciles.

La historia es la mejor consejera que existe. Y para las nuevas generaciones, sin duda, una fuente inagotable de experiencia y sabiduría.

 

 

*Médico especialista en Medicina del Trabajo- Stuttgart, Alemania

Referencia:

“Ferdinand Sauerbruch und die Charité“

Autor: Christian Hardinghaus

Europa Verlag GmbH & Company KG, 08.02.2019

ISBN 3958902693