Hemos normalizado lo anormal. Hemos aceptado lo inaceptable. Hemos tranzado con lo innegociable. Y, durante años, como sociedad boliviana, hemos aceptado la presencia de los nuevos ricos del narco. Hablamos sin tapujos de ellos, porque son verdades aceptadas por todos, como lo es que los cocaleros son narcotraficantes o, por lo mínimo, socios comerciales con la venta de hoja de coca a los cárteles del Chapare. Hemos aceptado que la Policía es una organización criminal y corrupta, por lo que debemos convivir a diario con sus extorsiones callejeras y ver cómo generales y directores de la FELCN son apresados por la DEA y encarcelados por sus vínculos con el narco.
Hemos quedado boquiabiertos que un narco como Marset, les cante las de san quintín a los policías y a un ministro de Estado – de Gobierno, nada menos -, con insultos y amenazas de “hablar” para generar un terremoto político y policial. Hemos aceptado toda esta inmundicia y nos ha sobrepasado como ciudadanos. Como bolivianos. Como gente de bien. Aunque suene cursi.
Hemos aceptado la mediocridad de funcionarios públicos – cerca de 500 mil numerarios en todo el país que embadurnan a diario las instituciones deficitarias y corrompidas, y que nos ahogan con un costo cercano a los 20 millones de dólares por día para el pago de sus salarios -, que con su habitual matonaje hacen de la vida diaria de las empresas legales y de gente honesta verdaderos calvarios. La coima y la negligencia de todos los días es la cultura que se ha instaurado y que, de una manera u otra, hemos consentido.
Hemos aceptado las malas decisiones de la clase gobernante, que, como toda élite de poder, avasallaron, violaron derechos, pisotearon las leyes y nosotros, desde nuestros lugares, hemos concedido espacios, votos y apoyos sociales. Nos hemos sentido avasallados en todos los frentes, en todas las áreas. Hemos capitulado frente al descarado atropello y abuso.
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Hemos dejado de ser una sociedad crítica. Abandonamos nuestra principal voz que es el rechazo social de todos estos maleantes de turno y de aquellos que fueron pasajeros. Todos demostraron su cultura política estragada, vetusta. Hemos abierto la puerta a estos estrafalarios de la política, para que a diario acometan contra nosotros los ciudadanos.
Lo que estamos viendo hoy es el resultado de malas decisiones que tomó Morales, Añez y ahora Arce. Vamos más de 16 años sufriendo a manos de una clase política nefasta. Desde siempre, estos palurdos se hicieron del poder, porque nosotros así lo quisimos, y los entronamos para que luego, desde sus sitiales generen corruptelas, crisis económicas, sociales y una larguísima lista de fe de erratas voluntarias en todo su quehacer como autoridades.
Hemos dejado que la peste crezca, se reproduzca. Que nos envuelva y con su olor fétido nos confunda y se aproveche.
Lo peor está por venir.
Durante muchos años nadie vigiló las fronteras ni el espacio aéreo para controlar el narcotráfico. Las políticas del MAS siempre fueron cómplices de los narco cocaleros. Se les abrió parques y reservas naturales. Asesinaron para construir una carretera – la del Tipnis – sólo para acceder a nuevas tierras donde sembrar la maldita hoja de coca. Aquella que no paga impuestos. Que no genera una economía formal. Aquella que no genera empleos dignos. Aquella que es aliada del narco y de los narcos.
Hemos dejado que esta clase desclasada construyan e impongan una “paz mafiosa”. Una en la que corruptos y narcos junto a sus fiscalizadores, jueces y policía trancen. Acuerden. Pacten negocios ilícitos sin ninguna condición. Sin ningún castigo. Y ahora que están encumbrados y poderosos, reclaman por lo pagos que hicieron por su protección y descarados elevan quejas públicas a las autoridades por no haber cumplido la parte de su trato. Hasta en eso, hemos dejado que nos vean las caras y se burlen de todos nosotros. Es que es normal que lo hagan. Nos sorprendería que fuese lo contrario.
Desde hace más de 20 o 30 años que los narcotraficantes operaron casi libremente – sin violencia abierta – en Bolivia. Y lo hicieron gracias a esa “paz mafiosa” entre infectos. Hubo y hay asesinatos, sicariatos y cobros de deudas violentas. Sin duda. Y algunas muy trágicas como la del naturalista Noel Kempff Mercado. Pero el ejército y la policía no implementaron, en todos estos años, una lucha frontal y decidida. No hubo los enfrentamientos que en México y Colombia se llevaron en los ochenta, noventas y entradas del milenio. Aquellos mega operativos de desmantelamiento de cárteles y que dio paso a que los narcos comenzaron a pelear contra el Estado. Acá sólo hay escaramuzas. Las fuerzas del orden, literalmente, se tropiezan con las fábricas de droga y las desmantelan sin un solo disparo. Y eso es muy extraño. Nadie deja que su fábrica sea destruida. A no ser que seas parte de una “paz mafiosa”.
Ahora están todos alborotados. Están miles de policías y de inteligencia detrás de un solo narcotraficante. ¡De uno solo! Y les está ganando por goleada. Es la mala hora del Gobierno y de la policía en medio de esta “paz mafiosa”.
