José María Linares, del banco Santander: Bolivia tiene un potencial enorme, pero sin reformas no atraerá inversión


José María Linares, vicepresidente de Banco Santander y responsable de su banca corporativa y de inversión, analiza las oportunidades de Bolivia tras el cambio político: ve potencial en minerales, energía y demografía, pero advierte que sin reformas, estabilidad y adopción tecnológica, el país puede rezagarse.

 



Fuente: Brújula Digital

Raúl Peñaranda U.

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José María Linares es quizás el ejecutivo boliviano de cargo más alto a nivel internacional: este economista es vicepresidente de Banco Santander y responsable de Santander Corporate & Investment Banking, que es la división que maneja financiamiento, inversión y asesoría para gobiernos y grandes clientes globales. Su base está en Londres.

En su consistente carrera, primero estuvo durante 17 años en banca de inversión en J.P. Morgan, donde ocupó diversos cargos de responsabilidad en Nueva York, Hong Kong y Londres. Inició su carrera profesional cubriendo valores latinoamericanos en Morgan Stanley en Nueva York.

Se incorporó a Santander en 2017 con el objetivo de liderar la transformación y expansión global de la entidad, en un área que ha superado todas las metas prefijadas. Formado en la Babson College y en la Universidad de Columbia, es también miembro del Consejo Asesor del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y del directorio de la Universidad Privada Boliviana (UPB).

Llegó a Bolivia a hablar con autoridades nacionales y para atender asuntos personales. Solo mantuvo entrevistas exclusivas durante su visita, con Brújula Digital y Brújula Streaming. Esto es lo central del diálogo sostenido.

Primero, ¿cuál es tu impresión sobre las nuevas posibilidades que se abren para Bolivia después de un modelo de 20 años?

Yo creo que en toda mi vida ha habido dos oportunidades de optimismo en Latinoamérica. Una en los años 90. Era el momento de las privatizaciones, de gobiernos promercado. Ese ciclo concluye bastante rápido. Y creo que hoy comienza otro en Latinoamérica, y también en Bolivia, y espero que no termine de la misma manera.

Te lo pongo en contexto: me fui a vivir a Hong Kong para manejar el negocio en JP Morgan en 2001 o 2002. En ese momento, la diferencia entre Asia y Latinoamérica no era abismal; hoy lo es. La razón es que Asia continuó haciendo reformas e invirtiendo en su crecimiento, mientras Latinoamérica ha sido un vaivén de cambios ideológicos y de gobiernos antinegocios. Entonces, la pregunta es: ¿qué queremos? ¿Prosperidad y progreso o continuar siendo pobres? Por una serie de razones, Latinoamérica tiene hoy una segunda oportunidad que me hace optimista. Pero, si no se toma, es un camino a la prehistoria.

¿Y Bolivia cómo se inserta ahí? Porque tiene una economía pequeña, muy dependiente de materias primas. ¿Qué oportunidades tenemos de hacer más o hacer mejor las cosas? Por ejemplo, Bolivia exporta 5.000 millones de dólares en minerales. Perú exporta 97.000 y Chile cerca de 60.000, con una geografía similar.

Voy a ir de lo macro a lo micro. Hay tres grandes tendencias en el mundo. Primero, pasamos de la globalización a la regionalización. Para bien o para mal, Estados Unidos va a liderar Latinoamérica. Y América como continente tiene ventajas enormes sobre el resto del mundo, y Bolivia está en el centro de Sudamérica.

Segundo, la transición energética. Puedes ser optimista o pesimista, pero está ocurriendo y será cada vez más relevante. Eso implica un cambio monumental en la organización industrial. Bolivia tiene elementos esenciales: minerales críticos y acceso a energías alternativas, como la hidroeléctrica o la fotovoltaica, que debemos potenciar enormemente. Tenemos agroindustria.

Tercero, el tema poblacional. El resto del mundo está envejeciendo; Latinoamérica tiene una población joven. Si estas variables se manejan correctamente, Bolivia tiene un potencial enorme, pero necesita de las reformas de las que estamos hablando. Sin ellas no se avanzará.

Hay un último punto que atraviesa todo: la inteligencia artificial. El mundo está cambiando de forma radical. Para mí, es el gran liberador. Si no nos subimos a ese proceso, nos vamos a la prehistoria, porque la diferencia entre quienes la adopten y quienes no será mayor que cualquier otra en la historia.

La inteligencia artificial será un cambio tan profundo como lo fue la imprenta. Yo soy optimista, aunque muchos son pesimistas. Yo la utilizo mucho: he pasado de ser José María a ser “súper José María”. Si se usa correctamente, puede ser un gran nivelador, aunque también tiene riesgos. Quedarse fuera implicará una desigualdad mucho mayor que en el pasado.

Bolivia está entrando en una etapa de cambios y reformas, pero también tiene una sociedad que se moviliza contra esas medidas. ¿Cómo equilibrar esa necesidad de reformas con un país proclive al conflicto?

A ningún ser humano le agrada el cambio. Sin embargo, Bolivia llega, tras el cambio de gobierno, a un punto crítico en el que el país ya no puede sostenerse. Esa es la realidad. Usando las palabras del 85, el modelo está agotado, el Estado está quebrado y la distorsión de precios es enorme. Casi podemos decir que el “país se nos muere”.

La falta de inversión en los últimos años –no solo industrial y tecnológica, sino también social y educativa– nos ha llevado a este punto. Un problema de 20 años no se resuelve en cinco meses.

Yo no soy político; le corresponde al gobierno manejar su comunicación. Desde mi perspectiva como banquero, lo primero es estabilizar la economía. Hoy no la está. El gobierno no tiene dólares y esa es una situación muy difícil. Además, el contexto global es complejo: si el precio del petróleo sube a 150, que es una posibilidad, sería un problema gravísimo.

El déficit fiscal ha bajado, y hay que reconocerlo. Algunos dicen que era 17 %, otros 15 %, otros 12 %; ahora está en 9 %. Está mal, pero mejor que antes. La inflación está en 14 %, viniendo de 20 %. Hay progreso, aunque quisiéramos que fuera más rápido.

Luego vendrán las leyes: minería, hidrocarburos. Me hubiera gustado verlas antes. Pero el primer paso es la estabilización económica.

¿El segundo paso cuál sería?

El segundo paso es la participación de organismos multilaterales, como el Fondo Monetario Internacional. Como sabes, formo parte del consejo asesor del Banco Interamericano de Desarrollo, y estas instituciones deben participar en el proceso.

El tercer elemento, que en realidad corre en paralelo, es la seguridad jurídica para las inversiones. El capital global no actúa por nostalgia: evalúa retorno y riesgo. Bolivia necesita derechos de propiedad, seguridad jurídica y seguridad ciudadana. Sin esa base, es muy difícil atraer grandes inversionistas.

Luego, se hace cada vez más difícil importar combustibles y el precio interno, debido al conflicto geopolítico, está cada vez más lejos del precio internacional.

De todos modos, a tu pregunta sobre la oportunidad de Bolivia, yo digo que es enorme: minerales, agricultura. Y si me dices “¿solo eso?”, Perú y Chile hacen exactamente eso.

El punto clave es que esto toma décadas. Ojalá sean décadas de cambio sostenido y no el ciclo de subidas y bajadas de los últimos 30, 40 o 50 años y que han mantenido al país en la pobreza.

¿Cuál es tu percepción –y la del banco– sobre lo que debería hacer el gobierno en el corto plazo?

Hay una diferencia muy marcada entre la percepción local y la internacional. A nivel local, para mi sorpresa, el optimismo que se generó con el cambio de gobierno ha caído mucho, tanto en la calle como entre empresarios.

En el ámbito internacional, en cambio, todavía se ve con optimismo el proceso en Bolivia y en la región. Y no exagero al decir que el Grupo Santander es uno de los bancos más importantes en Latinoamérica, y tenemos una visión directa del mercado.

Hasta hace unos días, yo no tenía ninguna duda de que Bolivia tenía acceso a los mercados de capital en dólares. Lo digo porque hace dos o tres días emitimos más de mil millones de dólares para una provincia argentina con una calificación inferior a la de Bolivia, a una tasa por debajo del 10%. Eso da una referencia clara.

Todos sabemos que Bolivia enfrenta escasez de dólares. En un entorno donde el precio del petróleo está en 126 y podría llegar a 150 rápidamente, yo habría levantado ese financiamiento ya. Creo que aún estamos a tiempo.

¿O sea que se puede conseguir dinero mediante mercado de capitales, por ejemplo a través del banco Santander y otros, y no necesariamente a través del Fondo Monterio Internacional?

Ambas son vías posibles. Santander es una empresa privada que levanta capital todos los días en los mercados globales; tenemos el pulso del flujo de inversión. Por supuesto, la competencia también lo hace.

Nosotros, al igual que otros bancos, tenemos la capacidad de movernos rápidamente. Llegar a un acuerdo con el Fondo Monetario es lo correcto, pero toma más tiempo por su proceso burocrático.

En un contexto en el que el gobierno necesita dinero de forma inmediata, el financiamiento del Fondo no es instantáneo. En cambio, acceder a los mercados de capital a través de instituciones como Santander puede ser más rápido.

¿Y cuál es el problema de esa vía?

El principal problema es la volatilidad. Un día hay liquidez y al siguiente no. Hace pocos días el mercado estaba completamente abierto; hoy ha sido un día muy difícil.

Un fin de semana largo, como el de este fin de semana por el 1 de Mayo, añade incertidumbre, porque el mercado está cerrado y no se sabe qué puede ocurrir el lunes, cuando se reabra, especialmente en un contexto geopolítico complejo.

¿Y la opción de acercarse al Fondo?

El acceso a mercados y recursos es solo una parte. La siguiente etapa es trabajar con el Fondo y otras multilaterales.

Por ejemplo, en Ecuador estructuramos una operación junto con el Banco Interamericano de Desarrollo, con un esquema de “first loss”, que permitió reducir en 200 puntos básicos el costo de financiamiento soberano (el “first loss” –primera pérdida– significa que una de las partes, en este caso el prestamista, asume las primeras pérdidas en caso de que el deudor no pague).

Pero Bolivia también tiene que hacer su parte: aprobar las leyes necesarias. ¿No hay problema en que Bolivia sea un país extractivista? ¿No debemos avanzar hacia la diversificación económica?

Obviamente debemos avanzar hacia la diversificación. Pero no es un problema ser un país extractivista. Cada país debe jugar con sus ventajas competitivas. Bolivia tiene recursos naturales esenciales.

¿Quién habría dicho hace diez años que el oro llegaría a más de 5.000 dólares la onza troy? ¿O el cobre, o la plata? Bolivia debe aprovechar esa ventaja.

Pero tú ha has señalado que Bolivia exporta un décimo de los minerales de sus vecinos, en la misma formación geológica.

La hoja de ruta que mencioné antes debe ocurrir, pero no lo resuelve todo. Bolivia tiene que enfocarse en la productividad, que es bajísima en el país, y a largo plazo eso pasa por la educación. Por eso acepté ser director en la UPB: la educación es clave para corregir estos problemas.

Entiendo la urgencia del corto plazo, pero si esto se agota en cuatro años, todo habrá sido irrelevante.

Ya en el pasado la receta liberal no funcionó en Bolivia. ¿Por qué debería ser diferente ahora?

Lo que se necesita es tener paciencia. Los frutos llegarán, lo han demostrado los países de Asia y los vecinos Chile y Perú. Para mí, la distinción entre izquierda y derecha es anacrónica. Lo importante es si el gobierno es pronegocios o no. Ha habido gobiernos de derecha que han sido antinegocios.

El problema de Latinoamérica es la falta de continuidad en las reformas. En Asia ha habido más consistencia. Y no olvidemos algo: los gobiernos no crean riqueza; la consumen mediante impuestos. La riqueza la crean los empresarios, desde grandes hasta pequeños.

Lo crucial es construir un entorno empresarial que trascienda generaciones. Si no, seguiremos repitiendo esta misma conversación.

Sobre la productividad: Bolivia está muy por debajo del promedio regional. Una de las razones es porque la informalidad reduce la productividad. Si se considera solo el sector formal, la productividad es mucho mayor. Entonces, ¿la pregunta es cómo formalizar ese mundo informal. Ese es uno de los grandes desafíos?

Sí. Yo creo que los pequeños empresarios no quieren ser informales; los hemos llevado a serlo. ¿Por qué? Por el sistema impositivo. Lo he tratado de leer antes de venir para entenderlo y es prácticamente imposible. Entonces, si todo es una traba para operar, el resultado es que se van a la informalidad. Pero si a esos pequeños empresarios les dices: “vas a pagar el 5 % de impuestos” –me invento la cifra– y con eso los formalizas, van a preferir estar en la formalidad.

Como ves, no hay una solución única que resuelva todo. No hay una “bala de plata”, pero el gobierno tiene responsabilidades claras: implementar las leyes faltantes, reducir la corrupción, garantizar seguridad ciudadana y derechos de propiedad, aumentar la productividad. Y tiene que acelerar en todo eso.

Quiero pasar a una última pregunta sobre la banca internacional, que es tu área. ¿Cuáles son los desafíos o problemas que puede enfrentar en los próximos cinco años?

Primero, la banca internacional está hoy en una posición muy fuerte. Si miramos la crisis de 2008, los ratios de capital actuales permitirían absorber una crisis tres o cuatro veces mayor y seguir en pie. Eso demuestra la solidez del sistema, no solo de Santander.

Hemos reportado resultados recientemente, los mejores de nuestra historia, y la competencia también está en buena forma. Llegamos a este momento en una posición muy sólida.

Esto se debe, en parte, a una sobrerregulación, que ha reducido la capacidad de los bancos de prestar. Ese espacio ha sido ocupado por el llamado “crédito privado”. El crédito privado o “informal” está mucho menos regulado que la banca. Existe cierta opacidad –si cabe el término– porque, al no estar regulado, no se sabe exactamente dónde están los riesgos.

Otro de los problemas es la geopolítica, que siempre va a influir, pero eso es una constante y no lo podemos controlar.

Luego está la digitalización y la competencia de bancos digitales. Si no nos transformamos, corremos el riesgo de desaparecer, como les ocurrió a empresas que no se adaptaron a los cambios tecnológicos.

Y también la inteligencia artificial. Si no adoptamos esta tecnología de forma estructural y urgente, surgirán modelos de negocio mucho más eficientes que los actuales.

En resumen, llegamos a este momento con una gran fortaleza, pero con riesgos importantes: el crédito privado o “banca en la sombra”, posibles eventos internacionales, la digitalización y la inteligencia artificial.

José María Linares (izq.) conversa con Raúl Peñaranda, director de Brújula Digital/Vasil Anastasov

 

José María Linares/Vasil Anastasov

 

BD/RPU

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