En cada momento que pasa, se piensa que la renaciente versión democrática, puede llegar a situación terminal; las expectativas aumentan en ese sentido al menos para dos millones de votantes que cruzan los dedos de las manos, esperan que el Presidente Rodrigo, renuncie y se vaya. Las movilizaciones sociales fueron planeadas por meses, desde que asumió el nuevo gobierno, así este fuese un ejemplo elogiable de aciertos. Ante esa perspectiva, al Presidente Rodrigo le faltaron mediadores políticos expertos para anticiparse a los problemas, prevenir las avalanchas humanas, evitar por todos los medios un estallido social.
Se afirma que el dinero para sostener los bloqueos proviene del narcotráfico; de ser así, es peor, porque esa fuente de fondos es inagotable, está ligada al consorcio internacional.
Analistas de otros países preguntan si los revoltosos protestan por la infracción de normas constitucionales, altos principios éticos conculcados, vulneración de derechos humanos, o alguna otra razón grave que justifique la intransigencia, que incluso se nieguen al diálogo, y a discutir sus verdaderas razones por las cuales agudizan los cercos a las ciudades, provocan la escasez de alimentos, oxígeno, medicamentos, y son despiadadamente inmutables ante las alarmas de ambulancias que transportan enfermos y heridos en situación crítica; mujeres arrodilladas pidiendo que cese el castigo, ancianos tristes arrastrando los pies para vencer la distancia infinita de su abandono.
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A pesar de tales actitudes extremas, quedan todavía los condescendientes, para quienes los bloqueadores se replegarían ante las primeras arremetidas policiales. Por el contrario, ahora se las que tienen que ver con quienes saben ser estrategas opositores, en calles y caminos: su trinchera de lucha conocida.
Los violentos confabulados dominan la situación, ellos resolverán, cuando les plazca, si asisten o no al diálogo con los ministros. La coyuntura es tan extrema que las poblaciones —o partes de ellas—, dejan de preocuparse por la democracia; son miles de familias pobres que soportan la desdicha, esperan que de cualquier manera llegue el final. “No importa quien gobierne, queremos que nuestros hijos coman”; eso sucede en Bolivia, una nación castigada por los propios bolivianos.
Al mismo tiempo, otros involucrados en el colapso, esperan más favores a los ya recibidos, lanzan acaloradas críticas por lo que no hizo el gobierno. Sus conminatorios pronunciamientos exigen que el Presidente Paz termine con los bloqueos; sus advertencias inoportunas aumentan la debilidad del gobierno, al cual dicen apoyar.
“Durante la presidencia de Jaime Paz Zamora (1989-1993), no se registró represión estatal que dejara una cifra oficial de víctimas fatales”; al parecer, ese hecho pesa mucho sobre las decisiones de su hijo Rodrigo Paz; los policías actuaron bajo la instrucción de evitar situaciones extremas, solo será necesario controlar el desorden mientras se rindan y acepten el diálogo, habría reflexionado alguien, con voz de autoridad. Sin embargo, y dadas las circunstancias, considerar que, como habría dicho Maquiavelo: “El que permite el desorden para evitar una guerra, tiene primero un desorden y luego una guerra”.
Mario Malpartida
Periodista.
