Fernando Untoja
Las viejas dictaduras del siglo XX tenían un defecto: eran fáciles de reconocer. Uniformes, censura abierta, persecuciones visibles y caudillos que no ocultaban su voluntad de permanecer en el poder. Su brutalidad las delataba. Los sistemas contemporáneos son más sofisticados. Conservan elecciones, parlamentos, tribunales y constituciones. Mantienen intacto el lenguaje de la democracia mientras modifican lentamente sus mecanismos internos. El ciudadano sigue viendo las instituciones, pero cada vez le resulta más difícil influir sobre ellas. Bolivia parece haberse convertido en un laboratorio de esta transformación.
La Constitución de 2009 prometió inaugurar una nueva época bajo la figura del Estado Plurinacional. La promesa era ambiciosa: inclusión, participación, reconocimiento y democratización. Sin embargo, después de más de una década, la pregunta inevitable es otra: ¿se amplió realmente la democracia o se construyó una arquitectura política diseñada para dificultar la alternancia del poder?
La crisis actual no es solamente económica. Tampoco es únicamente política. Es una crisis institucional que revela los límites de un modelo que, bajo la promesa de representar a todos, ha terminado concentrando poder en una compleja red de dependencias políticas, corporativas y burocráticas. La característica más notable de este sistema no es la fortaleza de sus instituciones, sino la creciente subordinación de estas a estructuras de movilización permanente. En una democracia republicana, el ciudadano constituye la unidad fundamental de la representación política. En cambio, cuando las organizaciones corporativas adquieren una posición privilegiada, la relación entre el Estado y la sociedad cambia profundamente. El individuo pierde relevancia; la organización gana poder. La consecuencia es visible.
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Quien gana una elección debería gobernar. Quien la pierde debería prepararse para una nueva competencia electoral. Sin embargo, cuando la movilización permanente se convierte en instrumento de veto político, la alternancia deja de ser una posibilidad efectiva y se transforma en una simple formalidad jurídica. Los bloqueos, cercos, paralizaciones y conflictos recurrentes dejan entonces de ser expresiones espontáneas del malestar social para convertirse en mecanismos capaces de condicionar o impedir decisiones de gobierno.
El monstruo comienza a revelar su verdadera naturaleza. No necesita abolir las elecciones. No necesita cerrar el Parlamento. No necesita eliminar los tribunales. Le basta con vaciar lentamente su autonomía. Las instituciones permanecen en pie, pero cada vez dependen más de una lógica externa a ellas. Conservan su forma original mientras otra voluntad habita en su interior.
La economía tampoco escapa a esta dinámica. La expansión constante del aparato estatal, la inseguridad jurídica, la desconfianza hacia la inversión privada y las limitaciones explícitas o implícitas a la inversión extranjera terminan debilitando la capacidad productiva del país. Cuando la riqueza deja de crecer, aumenta la dependencia respecto del propio Estado.
Es un círculo perfecto. La dependencia fortalece al poder. El poder amplía su capacidad de control. Y ese control genera nuevas formas de dependencia. Mientras tanto, los partidos políticos se debilitan. La competencia programática pierde importancia frente a la capacidad de movilización. El debate público es desplazado por la presión corporativa. La ciudadanía es sustituida gradualmente por organizaciones que afirman hablar en nombre de todos.
Y aquí aparece la paradoja central del Estado Plurinacional. Nació prometiendo pluralidad, pero corre el riesgo de producir uniformidad. Nació prometiendo participación, pero puede terminar reduciendo los espacios reales de decisión. Nació prometiendo democratización, pero sus mecanismos internos dificultan cada vez más la renovación del poder. Todo monstruo político posee una característica común: desarrolla un poderoso instinto de conservación. Ya no existe para servir a la sociedad. La sociedad comienza a existir para sostenerlo.
Sin embargo, ninguna construcción institucional es eterna. Las constituciones no producen riqueza. Los discursos no reemplazan la inversión. Las consignas no sustituyen el trabajo. Y las estructuras políticas no pueden desafiar indefinidamente las realidades económicas.
La verdadera pregunta para Bolivia ya no es cómo administrar una crisis más. La pregunta es si el país podrá reconstruir instituciones capaces de sobrevivir a los gobiernos y garantizar una auténtica alternancia democrática, o si continuará atrapado en una estructura diseñada para confundirse con el país mismo. Porque cuando el Estado deja de servir a la sociedad y comienza a servirse de ella, el monstruo ya ha despertado
