Bolivia destila vileza, y ese infortunio tiene dueños. El caso del operador internacional Cerimedo (asesor de los Bolsonaro, de Milei, de Paz y Noboa, celebrado en Mar-a-Lago por Trump) ha dejado al descubierto una trama que la izquierda continental intenta develar y condenar con urgencia y estupor; granjas de bots, guerra sucia digital, manipulación industrial de la opinión pública, fábricas de verdades. Se nos dice que esto es un atentado contra la democracia, si lo es; pero conviene recordar que, en política, esto no es una anomalía, es una práctica persistente, un modo de operar sobre la conciencia, solo es una innovación tecnológica frente a las viejas practicas.
La manipulación de la verdad es tan antigua como el ágora. Sócrates lo advirtió con una claridad que todavía conmueve, porque desnuda la fragilidad de un sistema que creemos perfecto. La democracia ateniense no murió por la fuerza de las armas, sino por el inverosímil control de la retórica y el caos que provocaron los sofistas y leguleyos de la época. Vendían el arte de hacer fuerte el argumento débil y débil el argumento fuerte. Hasta hoy, gran parte del derecho se funda en la argumentación y la hermenéutica maliciosa, esa que tuerce la razón según los intereses y construye verdades a medias.
No buscaban la verdad, buscaban la victoria. Usaban la técnica de la oratoria, esa que Aristóteles enseñó en su Retórica, no para iluminar, sino para dominar los mecanismos psicológicos y emocionales que mueven a las masas. Oratoria y retórica, enseñadas por filósofos y cofrades en todas las épocas, en la teología y en el derecho, para imponer absolutos que no resisten el examen. Con la oratoria, los sofistas y los inventores de la verdad se alzaban con el poder. Y el demos, el pueblo, aplaudía la mejor actuación. El kratos dejaba de ser voluntad colectiva para convertirse en el triunfo de los que mejor dominaban la téchne, el arte, el oficio, la habilidad práctica de decir usando los medios posibles.
Así nació la democracia, desarmada y frágil, arrimada a lo más efímero y poderoso de la humanidad, la palabra. Esa palabra que construye realidades y convierte la ficción en arte, en mentira, en espectáculo, en política. Solo a veces, la palabra asoma apenas, en un tenue reflejo de la realidad.
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Platón vio ese abismo y propuso su república gobernada por los mejores. Pero su aristocracia era de conocimiento, no de dinero ni de populismo. Su error fue creer que el conocimiento podía protegerse de la retórica, del sentido común y del dinero. Hoy, si queremos publicar conocimiento, debemos rendir tributo ante los consensos hegemónicos y pagar para ser visibles. La validación del saber tiene dueño, y la verdad pesa del lado del poder. Esa aristocracia de los sabios nunca pudo gobernar. Porque la política no se mueve por la verdad, sino por la verosimilitud. Y la verosimilitud se fabrica, se compra, se impone.
Sócrates fue el primero en evidenciarlo y denunciarlo. Terminó acusado de corromper a la juventud y bebió la cicuta por sostener sus sospechas contra un sistema que se pretendía perfecto. El poder del pueblo, manejado por la lengua de los más hábiles en la técnica de construir verdades circunstanciales, no tolera testigos indeseados.
Roma entendió esto mejor que Atenas. El Senado no debatía la verdad, deliberaba sobre el poder y la intriga, a la vez que, administraba la apariencia. Los cónsules no gobernaban con justicia, gobernaban para los poderosos y se hacían ricos. La plebe no era informada, era alimentada con pan y circo, con celadas criminales, rumores de amantes. La opinión pública no existía como espacio libre, sino como espectáculo calculado, lleno de tragedias y comedias. Y cuando la República cayó, no lo hizo por la invasión de un ejército extranjero, sino por la corrupción de su propia aristocracia. Julio César no fue el verdugo de Roma. Fue la expresión más clara de un régimen que se caía a pedazos.
La Iglesia lo supo antes que nadie, durante siglos, el púlpito fue la red social más poderosa de Occidente. Allí se predicaba la obediencia, se vendían indulgencias, se administraba el miedo y se legitimaba el poder. La promesa divina era el mejor producto del mercado. Los Borgia llevaron esa lógica al paroxismo. Papas que mezclaron la fe con el crimen, la política con el veneno, el dogma con el deseo.
Alejandro VI no necesitaba bots. Le bastaban la bula, la espada y la amante. Y el pueblo, devoto y aterrorizado, obedecía. Al extremo de que el Papa Formoso fue desenterrado y enjuiciado por prácticas «non sanctas» en el año 897. Un cadáver en el banquillo de los acusados, el espectáculo político en su forma más pura. ilimitada.
La Reforma de Lutero fue, en ese sentido, una revolución mediática de innovación tecnológica. La imprenta fue la granja de bots de su tiempo. La Biblia traducida al alemán, impresa en millares de ejemplares, leída en voz alta en las plazas. Una batalla cultural en toda regla. Los príncipes lo entendieron, la fe se volvió territorio político y la palabra impresa, arma de guerra.
Maquiavelo lo teorizó sin pudor. La persuasión y la fuerza son caras de la misma moneda, y la moneda es el poder. El Príncipe no necesita ser virtuoso, solo necesita parecerlo. No necesita amar, necesita ser temido. La política no es ética, es técnica al más puro estilo medieval, confabulación, rumor y desconcierto de absolutas verdades devenidas en divinas. Y la técnica exige apariencia, control de la narrativa, administración del miedo, promesas inalcanzables e ilusorias.
Robespierre lo llevó al escenario de la calle, del populacho enardecido, la virtud y el terror, decía, son inseparables. La guillotina fue su algoritmo. Un espectáculo popular de cabezas rodando en la plaza, transmitido en directo por los panfletos y los rumores. El mensaje no estaba en la hoja de acero, sino en la multitud que miraba y aprendía a obedecer a sangre y excarmiento.
Marx y Engels lo convirtieron en programa y panfleto. El Manifiesto Comunista no es un tratado de filosofía. Es una pieza de propaganda genial, una batalla cultural, dirían sus adversarios de la vereda de enfrente. Una declaración de guerra simbólica contra el orden burgués, y su anunciado triunfó como tal. Millones de militantes en todo el mundo aprendieron a pensar con sus categorías, a hablar con su lenguaje, a marchar con su ritmo. La burguesía, sin saberlo, aceleraba la llegada del socialismo a partir de su propio desarrollo y de sus contradicciones internas. Esa era la dialéctica de la historia con la que invadieron el modo de pensar de la mitad de la humidad.
Gramsci le puso nombre a ese proceso, hegemonía; según él no hace falta tomar el poder por la fuerza cuando se puede conquistar el sentido común del bloque social revolucionario movilizado por los intelectuales orgánicos que recrean la verdad para la toma del poder. La hegemonía es la victoria sin batalla, la rendición sin grito, se construye en la escuela, en la prensa, en la cultura, en la iglesia, en la universidad. Bourdieu añadió la precisión sociológica que el capital simbólico, no es otra cosas que el poder de nombrar, de clasificar, de legitimar y de crear la verdad desde las cenizas de la opresión. Quien controla los símbolos controla la percepción del mundo. Y quien controla la percepción controla la acción y el destino. Por tanto, puede naturalizar las anomalías y conviertir la injusticia en paisaje.
Los totalitarismos del siglo XX lo sabían mejor que nadie, Goebbels convirtió la propaganda en política de Estado. Su frase manida, una mentira repetida mil veces se vuelve verdad. De este modo el enemigo no es un adversario, es una enfermedad y la realidad es un campo de construcción de otras verdades. El pueblo, bien educado por la radio y el cine, terminó pidiendo su propia servidumbre y sirviendo a sus verdugos. Mao hizo lo propio con el Libro Rojo, un texto breve, repetible, portátil y millones de militantes reproduciendo el mensaje, que más revolución que la Revolución Cultural China. Un manual de dogmas para disciplinar a cientos de millones, la revolución dejó de ser armada y se hizo cultural.
Hoy, la derecha extrema ha aprendido de todos ellos, Cerimedo es la síntesis contemporánea, es el marketing por los medios posibles de este tiempo, desinformación, big data, redes sociales, bots. Un operador que vende a sus clientes el mismo producto que todos los regímenes han comprado a lo largo de la historia, la manipulación de la conciencia. Y su ex pareja, al delatarlo, también es un signo de los tiempos, los grandes líderes y los grandes operadores caen por faldas, por abusos, por descontrol del poder. Strauss-Kahn, Berlusconi, Trump.
Nunca olvidemos a Epstein el suicidado en la cárcel màs segura de USA. El poder no solo corrompe la política, también corrompe la alcoba, cómo no.
Por eso no debería sorprendernos lo que ocurre. La democracia nunca fue un espacio de diálogo racional. Fue, desde su origen, un campo de batalla donde la palabra es arma y la verdad es botín. Lo que cambia son los modos, la tecnología. Antes el púlpito, después la imprenta, luego la radio, la televisión, ahora las redes. El objetivo sigue intacto, que el otro, el ingenuo el que consume información de basurero, piense lo que yo quiero que piense, o que calle, o que desaparezca.
¿Y entonces? ¿Qué hacer? ¿Rendirnos al cinismo y aceptar que la manipulación es inevitable? No, porque si hay una lección que nos deja la historia es que la resistencia también se hace con palabras, con ideas, con memoria. No se trata de encontrar una verdad pura o absoluta. Se trata de no rendirnos a la mentira, no aplaudirla, no hacerla noticia, no reproducirla, no financiarla, no votarla.
Finalmente, no convivir con ella. Se trata de desmontarla y saber que los miserables caminan sobre testeras, púlpitos o redes; y que los invisibles, los que están detrás, lo digitan todo, con o sin algoritmos, a través de la tecnología gris que fabrica verdades y distorsiona realidades.
Volviendo al principio, Sócrates no murió por defender una verdad absoluta. Murió por negarse a aceptar que la verdad fuera solo cuestión de retórica. Prefirió la cicuta antes que el cinismo. Esa es la verdadera batalla cultural. Y es la única que vale la pena dar.
