Al conteo del último voto, después de una campaña política reñida, queda la impresión de que los participantes viven en países distintos. Comparten territorio, historia, idioma, símbolos, costumbres y hasta los mismos problemas, pero cuando llega el momento de elegir, las diferencias se vuelven tan profundas que el otro deja de ser un compatriota que piensa distinto y es percibido como una amenaza. Qué mejor ejemplo que Brasil y sus últimas elecciones presidenciales. Una elección cerrada, con una sociedad partida en dos grandes bloques, promete una segunda vuelta sumamente cerrada e intensa. Probablemente unos pocos puntos porcentuales terminarán decidiendo quién ocupará el Palacio del Planalto. El candidato que gane tendrá de su parte sólo a una parte del país. La otra parte se quedará esperando un error, para saltarle al cuello.

El mundo parece estar sometido a esta dinámica. Competencias estrechas, sociedades polarizadas, candidatos que representan mucho más que una propuesta política y campañas que convierten al adversario en la encarnación de todos los peligros posibles. Ya no se trata solamente de elegir entre programas, sino entre visiones de mundo. La política se ha convertido en una disputa cultural.

Cada candidato intenta decirle a una parte de la sociedad ‘tú eres nosotros’, al mismo tiempo que afirma con pasión ‘ellos no son como nosotros’. La operación consiste en construir una identidad a partir de la diferencia. Para saber quiénes somos necesitamos dejar en claro quiénes no somos. El problema radica en que esta diferenciación deja de ser una forma de reconocimiento, pues se convierte en una razón para excluir.



Las campañas electorales contemporáneas más exitosas se sostienen sobre este mecanismo, pues el miedo resulta mucho más movilizador que la esperanza. Es más fácil reunir a una multitud contra una amenaza que convocarla alrededor de un proyecto complejo. Así, cada elección termina presentándose como una batalla definitiva, como sobrevivencia. Si gana el otro todo estará perdido.

El adversario ya no es alguien que tiene otra idea acerca del país. Es quien puede destruir aquello que consideramos esencial. Puede ser una amenaza a la democracia, a la seguridad, a la libertad, a la igualdad. O un regreso a un pasado edénico, la única posibilidad de recuperar un país que sienten perdido.

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La segunda vuelta en Brasil no hace más que profundizar esta tendencia, porque reduce la complejidad de una sociedad a una elección binaria. Toda la diversidad de la primera vuelta queda reducido a dos opciones. La ciudadanía deja de discutir sobre múltiples futuros posibles, debe decidir entre dos grandes relatos. La elección se convierte así en un plebiscito sobre identidades. Sin embargo, lo cierto es que ninguna sociedad está realmente dividida en dos.

Brasil es mucho más complejo que sus candidatos. En la extensión gigantesca de su territorio conviven generaciones distintas, regiones con historias diferentes, clases sociales, migrantes, campesinos, habitantes urbanos, empresarios, trabajadores, jóvenes, ancianos y grupos culturales que no necesariamente comparten la misma idea de nación. La política, sin embargo, necesita simplificar esa complejidad para poder competir. He allí la paradoja, pues cuanto más estrecho es el resultado electoral, más grande parece ser la distancia entre los ciudadanos.

Una diferencia de dos o tres puntos puede decidir quién gobierna, pero igual transforma en minoría a quienes perdieron. Esa gente seguirá existiendo. Continuará viviendo en las mismas ciudades, trabajando en las mismas empresas, viajando por las mismas carreteras, llevando a sus hijos a las mismas escuelas. Continuará teniendo derecho a pensar diferente. La elección termina, pero la división permanece.

El gran desafío es qué hacer con la mitad que pierde. El ganador puede obtener la legitimidad institucional para gobernar, pero no recibe automáticamente la legitimidad cultural para representar a toda la sociedad. Una cosa es ganar una elección. Otra, bastante más difícil, es reconstruir una comunidad después de haberla dividido durante meses en busca del cetro. Así es inevitable que gane quien gane, queda una herida abierta.

Una herida que nunca termina de cerrar, pues los derrotados recuerdan la derrota y los vencedores no olvidan el peligro que, según ellos, lograron detener. Cada grupo construye su propia memoria de la batalla y la transmite a la siguiente elección. De esta manera, la política deja de ser solamente una disputa por el futuro y comienza a convertirse en una administración permanente del pasado.

Tal vez, por eso, el verdadero resultado de una elección no debería medirse únicamente en votos. También habría que preguntarse cuánto queda de la capacidad de una sociedad para reconocerse después de la elección. Porque una democracia saludable no es aquella en la que todos piensan igual. Es aquella en la que quienes piensan diferente todavía pueden reconocerse como miembros de una misma comunidad. La política necesita adversarios, no enemigos.

Brasil, como tantas otras sociedades, se encuentra nuevamente ante ese dilema. La segunda vuelta decidirá quién gana. Pero la pregunta verdaderamente importante comenzará al día siguiente. ¿Cómo gobernar un país en el que casi la mitad de la población no votó por el ganador? La respuesta exigirá comprender que una nación no es la suma de los vencedores. También está hecha de los derrotados. Y que, después de cada elección, todos siguen viviendo en el mismo país. El país de todos.

 

Por Mauricio Jaime Goio.