
A pesar que fue escrito hace más de 6 años atrás, es reconfortante y necesario volver a recordar algunas ideas del ensayo provocador “La civilización del espectáculo” del premio Nobel Mario Vargas Llosa. La razón: define a esta como un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar al aburrimiento, es la pasión universal, y si bien este ideal de vida es legítimo, convertir esa natural propensión en un valor supremo tiene consecuencias inesperadas.
El argumento para sostener que dicha obra es de lectura necesaria en estos tiempos cuando los gatos ladran, se sustenta en la idea de que la crítica que despliega, dada la prosa perspicaz como efecto de su madurez intelectual, puede llegar a golpear hasta la conciencia más aletargada con su contenido iconoclasta que abarca diferentes temáticas como el sexo: al señalar que hacer el amor en nuestros días, en el mundo occidental, está mucho más cerca de la pornografía que del erotismo; la política: cuando indica que al compás de la cultura imperante, la política ha ido reemplazando cada vez más la ideas e ideales y el debate intelectual, por la mera publicidad y apariencias; y sobre la religión: aclarando que mientras se mantenga en el ámbito privado no es un peligro para la cultura democrática sino, un complemento irremplazable.
Si bien Vargas Llosa es un crítico inquietante, sugiere que la crítica, actualmente, no ocupa el papel central de antaño en el mundo de la cultura cuando asesoraba a los ciudadanos en la difícil tarea de juzgar lo que oían, veían y leían; en contra sentido, hoy en día es una especie en extinción a la que nadie hace caso, salvo cuando se convierte en espectáculo. Prueba de ello, es que en la civilización de nuestros días es normal que los hornillos, los fogones y las pasarelas se confunden dentro de las coordenadas culturales de la época con los libros, los conciertos, los laboratorios y las óperas, así como las estrellas de la televisión y los grandes futbolistas ejercen sobre las costumbres, los gustos y las modas, la influencia que antes tenían los profesores, los pensadores y los teólogos.
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En su reflexión final, manifiesta que en el pasado la cultura fue una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad cruda, ahora, es un mecanismo que permite ignorar los asuntos problemáticos y sumergirnos en un momentáneo paraíso artificial.
Considero que las diferentes temáticas del ensayo, no obstante que las convicciones ideológicas de Vargas Llosa son admirables para unos y despreciables para otros, están más vigentes que nunca y pueden ser tomadas como campanadas útiles para despertar de la siesta larga y de la complacencia de vivir sin autocuestionarse y cuestionar, para no caer a las profundidades del marasmo intelectual y espiritual que nos puede empujar la pasión universal, si es que todavía no hemos caído.
Investigador Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales-JOM-UAGRM* Politólogo/[email protected]