Bolivia en un carnaval permanente


 

Bolivia es un carnaval, sus políticos juegan a mofarse de la realidad y la población se deja llevar por unos días de feriado detrás del sarcasmo del Rey Momo. Cuando estamos más desconcertados y desorientados, sin guías reales para afrontar una realidad brutal, sin un futuro despejado y con un tiempo detenido, llegó el Carnaval. Cuando estamos al borde de la desesperación crítica de afrontar una de las peores crisis económicas y nada parece una posible solución, llegó el Carnaval. El Carnaval, una gran obra de teatro en la que todos participamos para llevar a cabo rituales y hacer catarsis, nos lleva a un viaje fantasioso de realidades existenciales.



Cambiamos de disfraz y con nuevas vestimentas actuamos con mayor libertad y sin tanto agobio por no perder la compostura. Ahora, sí podemos decir lo que sea, total, solo estamos representando un personaje que desaparecerá en una semana. No hay honor, dignidad, lugar que cuidar, todos somos iguales en Carnaval.

No tenemos que preocuparnos de las reservas del Banco Central, de las fuentes de energía, de las leyes del oro y otras que desesperadamente Tilín y su hijo Marcelitio buscan aprobar. Solo por pocos días, tampoco es grave por una semana, porque en realidad igual después tampoco será problema para nadie, solo que no podremos decirlo porque en ese otro escenario debemos fingir que si contamos con “estadistas competentes y datos reales del gobierno” …

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Debemos tener fe, esperanza y caridad, en fin, debemos. En Carnaval no, estamos exentos de todo fingimiento. Ideal es que pudiéramos exhibir con desparpajo nuestro desencanto bailando y cantando en las calles, pero somos fiesteros, pero no incautos, pero ni siquiera eso podemos hacerlo.

En la calle puede que una bala no disfrazada, sino de verdad no nos deje disfrutar la Semana Santa y los próximos feriados, porque la inseguridad cunde y la justicia no existe. Pero el Gobierno insiste en un carnaval permanente en su Poder Judicial, para nada quieren enterrar a su famoso pepino.

Escojamos bien el personaje que vamos a representar y dejémoslo actuar libremente porque no va a afrontar ninguna consecuencia. Es el mecanismo liberador de la purificación que Aristóteles nos hablaba en su Poética, cuando mencionaba que el hombre por dos cosas trabaja: la primera, por el sustentamiento, y la segunda era por conseguir unión con hembra placentera. Si lo dijera yo, se podría tachar, más lo dice un filósofo, no se me ha de culpar.

Personajes hay muchos, tenemos los típicos y los que se han destacado. Tenemos al huEvon de la corneta quien culpa a su padre por haberle sacado su instrumento y lo llevó a convertirse en pedófilo y corrupto político; El iracundo Tilín, quien en poco tiempo demostró que odiar a una región hace bien para recoger simpatías de la pobreza cultural de una nación estancada en el tiempo colonial; El descreído Tongo, quien arrastra un disfraz permanente en su vida peculiar solo con el afán de verse ridículo ante los ojos del pueblo que lo eligió por equivocación; El sarcástico portavoz de una presidencia insignificante llena de taras; El mentiroso consuetudinario que maneja el narcotráfico a su antojo a vista y paciencia de los viciosos; La Medusa ministra quien esconde serpientes en sus pensamientos con la maldición de convertir a los cruceños en una colonia socialista; El ladrón que vive protegiendo a su pandilla de los asaltos que hacen a través de las obras públicas; El demagogo Inca que quiere hablar y hacerle el amor a las piedras; El iluminado pelotudo que acapara la pelea entre masistas; Hay psicópatas y locos por montón, en una tierra que no encuentra un norte en la gobernación.

Una amplia gama, en este sentido, tenemos los anaqueles bien surtidos. Vaya y escoja el suyo, seamos creativos, esa es la cura de nuestros males, reírnos mucho y hacer como que nada es suficientemente importante como para tener una visión clara de país y una estrategia posible para rescatarlo. Pero eso dejémoslo para cuando nos recuerden que “polvo eres y en polvo te convertirás” siempre hay rituales, aguafiestas, eso que llamamos “logieros”

Pero díganme si no es lo mismo que venimos viviendo, aunque sabemos que todo el año no es carnaval. Estamos constantemente viendo cómo se actúa con desparpajo sin sufrir consecuencias; los mandatarios roban, matan, mienten con unos disfraces permanentes de mansas palomas. Pero para los fiscales y jueces, los asesinos siempre serán los inocentes.

Reyes momos al interior de la alcaldía, que provocan vergüenza en la población que padece profundamente en un país donde nada funciona, una población que batalla con una vida cada vez más precaria. Pero nada, el Rey Momo y por definición el bruto más grande, por elección en un estruendo, decretó más días de serpentinas y máscaras en un corso fracasado.

Este Carnaval igual nos coloca un espejo enfrente, no para mostrarnos un contraste, sino para mostrar nuestro horror sin disfraz de un país fracasado y de un gobierno mediocre. En este tiempo detenido, llegó carnaval para despojarnos de un disfraz, para devolvernos el rostro del trágico teatro que estamos representando, que es simplemente el de un Estado Fallido.

Podemos seguir adornando los hechos, creer que vamos bien y que tenemos al Rey Momo acorralado. Podemos seguir creyendo como ciertos nuestros deseos y haciendo catarsis con cada sanción que se le dicte a un perseguido cruceño.

Alegrarnos porque SAGUAPAC trajo el agua para los globos, o, porque hoy la CRE no pudo entregar factura alguna y COTAS no sabe de servicio alguno.

Creer que nuestra libertad depende de la voluntad de un solo hombre recluido entre cámaras en Chonchocoro, y que, con hacer un gesto, borraría instantáneamente a los indeseables enquistados en la Casa Grande del Pueblo, es tema solo de carnavales.

Por lo pronto y por unos días nos disfrazaremos con la magia de los deseos cumplidos en los sueños, pero pasados los mismos, despertaremos con la conocida angustia de la lucha en una difícil realidad de la falta de dólares.

Disfrutemos del Carnaval y de sus fábulas. Una de ellas que sea la fábula política que siempre termina en una moraleja donde la fuerza hace al derecho. Aprendamos a no argumentar nada razonable contra quien posee la mayor fuerza o piensa que la tiene.

Argumentar en contra un gobierno, usando las más razonables de las premisas y las más sólidas de las conclusiones… enfrentará un problema serio. La razón de nada vale contra la fuerza y la concentración del poder judicial, siempre nos llevará a un mayor esfuerzo.

La historia patética carnavalesca de nuestro país, nos señala la lección a aprender: el que es sabio, aprende de las desventuras del resto. Algo que parece no haber entrado en la cabeza de muchos. Los gobiernos son como el león. La más poderosa institución de la sociedad es una tentación para muchos que creen que pueden obtener favores gubernamentales en equidad de condiciones. Si no, simplemente veamos lo bien que se tratan los corruptos masistas y los desvergonzados ucesistas. 

 

Alberto De Oliva Maya