La insurrección de octubre: El primer gobierno comunista


 

Cuentan las crónicas de octubre del año 1917, que en Eurasia, estallaba la segunda fase de la revolución rusa. Tras ocho meses de convulsión social, huelgas, protestas en las calles e inestabilidad política, el partido Bolchevique (facción radical del partido Socialdemócrata ruso), planificó y ejecutó finalmente un asalto exitoso contra el gobierno provisional presidido por el socialista Alexander Kerenski, haciéndose con el poder y comenzando una nueva era en la política mundial, patentando el sello inconfundible que se distingue en todas partes del planeta.



A finales de febrero de aquel mismo año, un grupo de mujeres trabajadoras de las fábricas de la capital, se habían congregado en el centro de Petrogrado (actual San Petersburgo), para reclamar el fin de la monarquía zarista y de la participación rusa en la Gran Guerra, logrando que las protestas se generalizasen por la ciudad y el resto del país, dando inicio a la revolución rusa. Entre otras cosas, los violentos altercados que se registraron durante aquellos días, derivaron en la caída del zar Nicolas II, poniendo punto final al Imperio de los Zares y con ello, el regreso de Vladimir Lenin, exiliado ruso que capitanearía el segundo espasmo revolucionario.

A principios del año 1917, la población rusa estaba cansada de la guerra y el hambre, sumada a la diatriba de Alexander Shlyapnikov (líder del movimiento bolchevique tras la ausencia de Lenin), que convertían en polvorín las ciudades. Las protestas se habían masificado y comenzaron a aparecer las banderas rojas que llamaban a derrocar a la monarquía.

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Tras la toma del Palacio Táuride (sede de la Duma), los dirigentes socialistas se reunieron y conformaron el Sóviet de Petrogrado, con el propósito de establecer un régimen provisional en remplazo del zar. Este consejo estaba liderado por un grupo de socialistas moderados que, de acuerdo a la doctrina marxista, tenían la intención de entregar el poder a un grupo de demócratas burgueses, para que la revolución burguesa se convierta en la antesala de la revolución del proletariado.

El gobierno recientemente constituido tenía la tarea de conducir a Rusia en el desarrollo de la guerra, comenzando a trabajar en la elaboración de reformas radicales. El príncipe Lvov se encontraba a la cabeza y lo secundaba el ministro de justicia Alexander Kerenski, miembro de los sóviet, quienes abolieron las leyes relacionadas con la libertad de expresión y de reunión. Los grupos más radicales creían que no era necesario pasar por la etapa democrático – burguesa, aspecto que les producía bastante descontento, comenzando a deteriorar internamente las acciones del gobierno provisional.

Las relaciones entre las facciones radicales y moderadas comenzaron a deteriorarse, por lo que los bolcheviques liderados por Vladimir Lenin, intentaron perpetrar un golpe de mando el 4 julio del mismo año, tras exigir que Rusia se retire inmediatamente de la Primera Guerra Mundial y aprovechándose del discurso que seducía a la población, buscaron derrocar a su propio gobierno. Ante el fracaso de su intento golpista, Lenin tuvo que exiliarse nuevamente, pero esta vez lo haría en Finlandia.

Tras despuntar el siglo XX, Rusia era considerada una gran potencia, por lo que lo que aconteciera en aquel país, importaba a todo el mundo. La formidable expansión territorial, fortalecida por los años de gobierno de Catalina la Grande, le permitía extenderse desde el mar Báltico hasta Alaska, dominando las costas Árticas del Mar Caspio. En superficie era la mayor del mundo, comparada con aquellos otros países que conservaban colonias en América, África y Asia hasta entonces.

El discurso socialista había calado en la población, por lo que las demandas y exigencias de los trabajadores ponían en serios aprietos al régimen provisional, los gobiernos regionales habían comenzado a mandarse de forma independiente, provocando una terrible crisis de autoridad y de ausencia de las instituciones. Un nuevo intento golpista liderado por el general Kornílov, nombrado jefe del ejército por el propio Kerenski, significó el tiro de gracia al frágil gobierno provisional.

Los bolcheviques aprovecharon esta situación para recuperar su imagen del fallido intento de julio. Desde Finlandia, Lenin apuró a sus partidarios para que organicen la insurrección; preveía que si la transmisión del poder se hacía a través del parlamento de los sóviets, el resultado sería una coalición conformada por los partidos políticos, entre ellos los mencheviques o socialdemócratas,  que se habían declarado sus enemigos.

Durante la madrugada del 25 de octubre, sin que mediase resistencia alguna por parte de las fuerzas militares o policiales, con un pequeño contingente humano, Vladimir Lenin procedió a la toma del Palacio de Invierno, sede del gobierno provisional. Esto ocurrió debido a que todos se habían anoticiado de lo que acontecía y no asumían que los bolcheviques pudiesen durar mucho tiempo en el poder. Tuvieron que hacer frente a lo que ellos mismos habían desencadenado, huelgas, violencia en las calles, tuvieron que luchar para controlar Moscú y contaban con poco apoyo al interior de Rusia.

El momento de cumplir las promesas había llegado: pan, tierra y paz. Lenin retiró a Rusia de la guerra a través de la firma del tratado de Brest-Litovsk perdiendo el 34 por ciento de población, entregando a Polonia, Finlandia, Estonia y Lituania su independencia de forma incondicional, perdió el 32 por ciento de su industria agrícola y más de la mitad de sus industrias, el 89 por ciento de sus minas de carbón.

Las pérdidas alcanzaron a más de dos millones y medio de kilómetros de territorio, unos 55 millones de habitantes quedaron fuera del antiguo Imperio de los Zares, perdió además petróleo y hierro, teniendo que pagar una indemnización por la guerra de seis millones de marcos. Internamente, sus problemas no se habían resuelto, el ejército blanco, liderado por el general Kornilov, libraría una guerra civil durante algunos años contra el ejército rojo, hasta poder consolidar el primer Estado comunista de la historia.

Los eventos de la Revolución Rusa no constituyen un caso aislado o un episodio más de la historia, a día de hoy son el espejo en el que pueden reflejarse los acontecimientos políticos y sociales de varios países alrededor del mundo. Las divisiones internas derivan en caos y violencia innecesaria. La historia nos enseña que las verdaderas revoluciones son aquellas que promueven cambios significativos, sin perpetuar ciclos de conflictos interminables.

El balance de las consecuencias derivadas del sismo que significó aquel gobierno comunista para el mundo, sigue generando replicas a más de un siglo de su llegada al poder. La influencia que alcanzó es innegable, debiendo estudiarse con detenimiento las consecuencias.  Es menester replantear nuevos escenarios a partir de las experiencias del pasado para evitar caer una y otra vez en los mismos errores, debemos darnos la oportunidad de comenzar a escribir una nueva historia.

 

Carlos Manuel Ledezma Valdez

Escritor, investigador y divulgador histórico